UNA DEUDA CON ALICIA ALONSO

UNA DEUDA CON ALICIA ALONSO

  • Una deuda con Alicia Alonso. Miguel Barnet. Foto: Archivo UNEAC
    Una deuda con Alicia Alonso. Miguel Barnet. Foto: Archivo UNEAC

Tengo una deuda con Alicia Alonso, pero ¿quién no tiene una deuda con Alicia Alonso?

Alicia Alonso violentó el mercurio de la pereza tropical para instalarse en el vacío, que es el movimiento perpetuo. Por lo tanto una deuda con Alicia Alonso es una deuda impagable. La mía, sin embargo, se puede subsanar en parte porque ella, afortunadamente, está viva y entre nosotros; aclaro que entre nosotros porque Alicia nos va a sobrevivir a todos, en una sobrevida que como la poesía no conocerá lo finito.

Y es que Alicia rebasó los límites de la edad cronológica para pasar a la edad sin edad que es la mítica. Pero ya eso lo saben todos. Como saben también que ella comenzó a bailar con todo el cuerpo, en una unidad de armonía perfecta y que luego se concentró en los pies y en el tronco para más tarde dedicarse a las manos que querían alcanzar la dimensión del resto de los miembros. Alada, aérea, finalmente todo su cuerpo reclamó de ella su extensión para convertirla en la más pura y completa expresión de la danza.

Su lenguaje es coloquial, directo y sugerente a la vez. Sus manos hablan por todo el mecanismo de su cuerpo y trasmiten cada uno de los signos que este le dicta. “No hay arte que celebre la mano más noblemente que la danza”, escribió Michel Tournier. El pie es un valioso contrapeso de todo el cuerpo,

pero la mano es la que emite señales vivas y misteriosas. Es la mano, en comparación con el resto de los miembros, la que marca la elocuencia de la imagen. Solo en los grabados hindúes de antiguas teogonías he visto manos tan expresivas como las de Alicia. Si la posición erguida es la que hace al hombre, la posición curva, barroca, hace al bailarín. Pero ahí no radican las secretas claves de ella. Si se dice que Alicia Alonso es un milagro, ese milagro consiste en la voluntad de ser cuando el cuerpo quiere vencer al espíritu. Entonces surge una fuerza interna, trepidante, que solo conocen algunos elegidos. Esa fuerza es la que genera el milagro Alicia Alonso. Voluntad de la posición curva, barroca, del movimiento oscilante, del llamado interior, acabado.

Pero debo volver a la deuda. Se trata de un acontecimiento histórico que presencié en 1984 y que nunca he reseñado: la fiesta gigante del Centenario del Metropolitan Opera House.

Hacía frío en Nueva York. Pero yo no quise valerme de mi amistad con ella para pedirle una butaca esa noche e hice la cola para el “standing room”. De pie, en lo último del lunetario vi desfilar una inmensa constelación de artistas de todo el mundo.

Debo decir que a mi lado había muchos compatriotas que como yo pasaron una noche fría y de lluvia para conseguir el boleto del “standing room”. Unos iban a ver a la artista, otros a la leyenda, los más a Alicia Alonso. Yo, desde luego, me encontraba entre los últimos.

En el escenario del Met esa noche la nonagenaria Lilian Gish trató de alcanzar una rosa. Otros, la imitaron.

Desde mi puesto allá atrás donde la gente hace comentarios en alta voz y mastica chiclets, oí decir en inglés que ella había nacido en los Estados Unidos, pero en ese momento no riposté. Seguramente oí otras cosas que ahora mismo no recuerdo.

Lo que sí está claro, nítido, vigorosamente grabado en mi pupila para siempre es la salida de Alicia al escenario aquel bordeado de rosas y tulipanes.

Nadie esa noche pudo imitarla. Nadie recibió una ovación más sentida que la que se le tributó a la cubana Alicia Alonso.

Yo no sé si el “standing room” es un lugar apropiado para un galardonado de la Guggenheim Foundation. Pero sí sé que fue el lugar más idóneo para ver a Alicia Alonso en su magistral salida a escena. Allí pude hacer comentarios, aplaudir como en los gallineros, espetarle al judío americano que tenía a mi lado que ella era cubana como yo y muchas cosas más.

Encarnó una Giselle inolvidable, frágil, romántica, desolada. Hubo un momento mágico en que ella quedó detenida en el aire como un albatros atrapado por el lente instantáneo de un fotógrafo.

Las manos enjoyadas de las damas de las primeras filas, que yo percibía desde mi humilde sitio en el teatro, no cesaban de aplaudir. El Metropolitan encendió sus luces de súbito, y ella, sin quererlo, con saludos discretos y elegantes, encandiló la imagen del resto del elenco que esa noche celebraba los cien años del teatro más popular del planeta. Yo sentí muchas cosas. Sentí,

pues, una cercanía necesaria, arropadora.

Como tantos allí grité bravo por primera vez en mi vida, ya que no pertenezco a la grey de los balletómanos para quienes ese calificativo es un estandarte con el que claman su júbilo ante la artista y también su fanatismo.

Grité bravo varias veces, no sabría decir si en mi júbilo no había también una dosis de justificado y honroso fanatismo por una mujer tan grande. Quizás esa haya sido otra de las deudas saldadas con Alicia Alonso. Terminada la función pasé el Niágara de custodios, acomodadores y público al camerino de la bailarina.

Tenía el pelo suelto, el cuerpo en reposo, el rostro cansado, era otra y la misma, la artista, la leyenda: Alicia.

El frío de Nueva York esa madrugada no me molestó. En el metro recordé a Mackandal, el personaje de Alejo Carpentier en El reino de este mundo, quien mediante un fenómeno de licantropía se convirtió en un majá para evadir al enemigo y también por el gusto de ser otra cosa.

Yo había sido testigo minutos antes de ese mismo fenómeno de licantropía. Según cuentan las leyendas algunos humanos se vuelven güijes o mariposas o quién sabe qué por razones que tampoco conocemos a fondo.

Y como creo en las leyendas porque como decía Paul Valery son más necesarias que las historias, Alicia Alonso, esa noche, al menos para mí dejó de ser una mujer sobre un escenario para convertirse en una isla, en un país, en Cuba.