Una Giselle única e irrepetible

Una Giselle única e irrepetible

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  • Ese ciclo de funciones de lujo son protagonizadas por primeras figuras cubanas y extranjeras. Foto: Antonio Guerrero
    Ese ciclo de funciones de lujo son protagonizadas por primeras figuras cubanas y extranjeras. Foto: Antonio Guerrero

El Ballet Nacional de Cuba (BNC), que jerarquiza la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, miembro de honor del Consejo Internacional de la Danza, incluye una temporada del ballet romántico Giselle en el programa oficial de la edición 26 del Festival Internacional de Ballet de La Habana, para rendirle homenaje a la eximia ballerina.

Ese ciclo de funciones de lujo son protagonizadas por primeras figuras cubanas y extranjeras, y con él se pretende evocar los 75 años del debut escénico de ese mito viviente de la danza universal en la obra cumbre del Romanticismo danzario.

Giselle cuenta una historia de amor, engaño, traición, locura, maldad, envidia y vida más allá de Tanatos (la muerte). Junto a El lago de los cisnes, es el ballet más codiciado y aclamado por los amantes del arte de las puntas y los propios bailarines, quienes lo consideran un sueño y una verdadera prueba de fuego, de la que —lamentablemente— no todos los danzantes salen airosos.

 Las funciones de Giselle tienen lugar en la sala Avellaneda del Teatro Nacional, una de las subsedes de esa fiesta bianual del arte danzario, y entre sus protagonistas se anuncia a los primeros bailarines Rolando Sarabia y Sadaise Arencibia, así como a la primera bailarina surcoreana Hee Seo y al  primer bailarín norteamericano Cory Stearns, quienes vienen a compartir la visión del American Ballet Theatre (ABT) sobre esa obra, cuya vigencia en el repertorio clásico de cualquier agrupación danzaria, a escala internacional, no admite la más mínima discusión.

Otras de las puestas en escena de Giselle presentan en los papeles principales a los primeros bailarines Viengsay Valdés, Grettel Morejón, Dani Hernández, así como a los primeros solistas Raúl Abreu y Rafael Quenedit, entre otros integrantes del BNC.

 

Alicia Alonso fue la primera latinoamericana en prestarle piel y alma al personaje de Giselle y, de acuerdo con la crítica especializada, la construcción psicológica del papel protagónico de esa obra sigue siendo una de las más logradas y mejor elaboradas de todos los tiempos.

Con un poco de leyenda y ligeros toques de misterio, Giselle ejerce un encanto sobre balletómanos nacionales y foráneos y artistas; fascinación que, ni el paso del dios Cronos, logra disminuir, ya que una técnica impactante no alcanza para desempeñar el papel de Giselle, cuyos retos primordiales son el virtuosismo técnico y la interpretación teatral, fundidas en cálido abrazo, estilo impecable, así como entrega incondicional en cuerpo, mente y espíritu al arte danzario en general, y al ballet clásico en particular.

La primera bailarina italiana Carlota Grisi (1819-1889), la primera intérprete del personaje en 1841, hechizó a la audiencia parisina del siglo XIX y delineó algunos matices que sus seguidoras se vieron obligadas a desarrollar y perfeccionar con posterioridad, según la personalidad individual de cada una de ellas, pero sin descuidar los requerimientos técnico-interpretativos propios del Romanticismo.

A la versión cubana de Alicia Alonso la identifica, en cualquier escenario nacional o foráneo, el excelente montaje del drama, el carácter, la fuerza y la comunicación entre todos los personajes. La ingente labor coreográfica y la interpretación personal de ese ballet por parte de Alicia recibieron, en 1966, el Grand Prix de la Ville de Paris, en Francia.

El BNC incorporó esa puesta este año en una gira por Estados Unidos, donde el crítico y periodista Andrew Meacham, en el diario Tampa Bay Times, sentenció desde el título de su crónica: "Ballet Nacional de Cuba embriaga con una espectacular Giselle".

Ahora, quiero detenerme “ex profeso” en la interpretación magistral que hacen de esa joya coreográfica Sadaise Arencibia y Rolando Sarabia, quienes lograron acariciar el centro mismo del mundo interior de un público que, desde hacía más de 14 años, no disfrutaba los saltos espectaculares que —desde la época en que era estudiante de la Escuela Elemental de Ballet Alejo Carpentier— han caracterizado su inimitable forma de danzar, en la que —según las sabias enseñanzas del maestro Fernando Alonso (1914-2013)— intelectualiza y espiritualiza la técnica académica y la expresión escénica (indicadores teórico-prácticos que adquiriera en la Escuela Cubana de Ballet y perfeccionara en compañías estadounidenses), para dominar el clima emocional del auditorio y  acabar rindiéndolo a sus pies, como siempre lo ha hecho y hará en cualquier proscenio del planeta.

Sarabia, quien ha alcanzado plena madurez artístico-profesional, y hace un uso inteligente de los conocimientos teórico-conceptuales y prácticos en que se estructura el ballet clásico, ha interiorizado e incorporado a su estilo danzario de afrontamiento, que al personaje protagónico masculino de Albrecht debe llevarlo a las tablas con el amor y la pasión que singularizan al fogoso Duque de Silesia, quien está dispuesto a morir bailando por agotamiento físico, para encontrarse con su adorada Giselle en el espacio espectral donde moran Mirtha, la malvada Reina de las Willis, escoltada por las doncellas que fallecieron vírgenes.

A Sadaice habría que dedicarle —sin duda— un comentario especial, ya que desarrolla todo un caudal de ternura, candidez e ingenuidad para otorgarle credibilidad a la inocente campesina que muere por un amor, aparentemente traicionado y no correspondido.

La escena de la locura, cuando Giselle descubre la verdadera identidad de Albrecht, develada por el celoso guardabosques Hilarión, quien la cortejaba sin éxito alguno, deviene —en mi opinión— una de las más logradas en la representación de esa gema del ballet clásico de todas las épocas, así como la escena final en la que la Giselle de Sadaise se pierde en los oscuros laberintos de la tumba fría que guarda sus virginales restos y Albrecht cae al suelo transido de dolor.

Con razón, el público local y extranjero los ovacionó con fervor, porque le ofrecieron un espectáculo que —además de acariciar el intelecto y el espíritu humanos— solo suele presentarse en los festivales de ballet celebrados en la capital de la Isla de la Música y el Baile.