Vimos arder un árbol de Arturo Arango

Vimos arder un árbol de Arturo Arango

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Escritores, Ediciones UNIÓN, literatura cubana
  • Los personajes del texto tienen sus ojos en la realidad, sin aviso de utópicos sueños para arreglarla.
    Los personajes del texto tienen sus ojos en la realidad, sin aviso de utópicos sueños para arreglarla.

Era tan perfecto el plan, que resultó un desastre. “Qué ingenuos éramos, Dios mío, qué tontos”.
Una misma cola, Arturo Arango

Centellante, atrevido, por momentos erótico, capaz de dar caza a situaciones rutinarias para recordarle todo lo maravilloso que tiene respirar una Isla en la forma que todos los días se despierta una Isla. Así puede comenzar cualquier texto sobre Vimos arder un árbol (UNIÓN 2015) de Arturo Arango; porque este libro retrata el territorio de la “cubanidad” que diverge en los narradores contemporáneos.

Tiene dos pilares deliciosos, uno: imágenes de la instalación El árbol que no me pudieron nombrar, de María Cienfuegos; y cada uno de los personajes que recorren el libro con el garante de mostrarse tal y cómo son.

Las imágenes de la instalación:

Ocho hologramas mezclados con la escritura, ofrecen la sensación de estar ante algo cortado. El dispositivo que se ve debajo y al centro, delata su artificio; sino corremos con la suerte ignota que nos llevaría a la imagen del árbol ausente. Árbol destinado a la escritura. Los trazos me recuerdan la grafía dieciochesca de la epístola. En el discurso ecológico, tiene sus contradicciones; puesto que la tecnología, que es muy sofisticada e industrial, necesita muchos de esos árboles que no le pudieron nombrar a la artista. Pero esto solo apoya la ficción explosiva de Arturo Arango.

Vimos arder un árbol está divido en dos partes proteicas. La primera una serie de cuentos preciosos que atrapan de manera directa al lector y, literalmente, no lo sueltan hasta que se siente la ausencia de oxigeno, y necesitamos respirar de nuevo. En ellos, Arturo Arango, logra enmarcar sin tanta confitería esa sensación carnavalesca y decadente que posee en las entrañas la vida de una Isla completamente tomada por vapores que ahúman el mundo acaecido. La segunda, un cuento largo o noveleta que tiene como centro un ojo de ciclón, un entierro, la promesa de un viaje, la reconstrucción de lo que fue la historia de una familia en el sur occidental de la Isla.

La narración es, en todas las ficciones, muy objetiva. Como decía, sin adornos. Lo que nos deja en un ámbito muy blanco, listo para que los rostros de los personajes sean nuestros rostros. Mezclándonos con ellos, llegamos hasta el sopor de Humberto, al miedo de Silvia, a las interrogaciones que diariamente asaltan. Porque, a pesar de un dejo a veces esperanzador, los personajes (redondos, citaría López Sacha a Foster) que intervienen en las narraciones (Humberto y Silvia) tienen sus ojos puestos en la realidad que vencen día tras día, sin aviso de utópicos sueños para arreglarla.

Es bueno lo que logra Arturo Arango, venido de la experiencia audiovisual, pues es autor de los guiones de filmes tan emblemáticos como Lista de espera; Aunque estés lejos; El cuerno de la abundancia (en colaboración con Juan Carlos Tabío, 2000 y 2003, respectivamente) y Café amargo (en colaboración con Xavier Rivery, 2015). También de las novelas: Una lección de anatomía (Letras Cubanas 1999); El libro de la realidad (Tusquets 2001); Muerte de nadie (Casa de Teatro 2004 y Tusquets 2004). Los libros de cuentos La vida en una semana (UNIÓN 1989); La Habana elegante (UNIÓN 1995); ¿Quieres vivir otra vez? (UNAM 1999) y los ensayos Reincidencias (Abril 1989); Segundas reincidencias (Capiro 2002); Terceras reincidencias (Unión 2013); En los márgenes. Acercamientos a la poesía cubana (Matanzas 2015). Así, dueño de un ojo que no sobrepasa, logra que el diseño de la historia de las narraciones por más universal que parezca tenga esa ancla en la realidad cubana.

Vimos arder un árbol tiene la pretensión de estar en la memoria de los lectores, ubicándose en su imaginario. Las situaciones que reflejan son cubanas, partícipes de la historia reciente de la Isla. Su lectura es diáfana y sugerente. Contiene empatía, busca reflejarse. Es como si esa experiencia cinematográfica, incluida, le ayudara a perfilar y no abultar. Como en los buenos cuentos, sin que exista intención pedagógica uno puede sacar conclusiones. Que serán disimiles, grotescas, viles, buenas, optimistas, cosmogónicas, talentosas, enérgicas, pero conclusiones. Algo de lo que alegremente, algunos autores (a veces canonizados por las editoriales de la Isla) tienden a saltarse a la hora en que el lector tiene en sus manos un producto finalizado como el libro.

Aunque este título ya vio la luz antes, en el 2012, bajo la editorial Surplus Ediciones, no deja de parecerme atractiva la idea de que un libro que refleja tanto el universo de presiones que embargan (embragan) a la Isla se publique antes bajo una visión más, cómo decirlo, continental; que sea como un golpe, un sitio incómodo al cual debemos asirnos para la supervivencia; que atrape por la constancia de la palabra en su momento más epifánico: su lectura; que nos detenga la vida al sol, porque en la noche cuando estamos minimizando los ruidos de La Habana, quién no gustaría ver arder un árbol.