Yo vi la música. Harold Gramatges

Música

Yo vi la música. Harold Gramatges

  • Portada del libro
    Portada del libro

Fue una tarde, en los jardines de la UNEAC, cuando escuché a Harold Gramatges narrando un rosario de entretejidas anécdotas, las cuales brotaban de sus labios con el usual tintinear santiaguero con el que acostumbraba armonizar su original fraseo… En el ámbito de aquella tertulia, se me ocurrió y, sin muchos miramientos, le propuse por qué no llevar al papel esos relatos interesantes, o sea, publicar un anecdotario suyo… Me respondió que algunas personas ya estaban escribiendo sobre su vida.

No transcurrió mucho tiempo. Cierto día, encontrándome en las que otrora fueron las oficinas del Maestro, se me acercó su asistenta y me comunicó que Harold estaba interesado en hablar conmigo. En esos momentos, el Maestro Gramatges se hallaba disfrutando de una actividad donde se divulgaba parte de su obra impresa…

— Profesor, ¿deseaba usted hablar conmigo?

— Sí, muchachón… llégate por casa, cuando puedas.

Y así fue que en la mañana del lunes 30 de junio de 2008 estaba yo sentado frente a aquel hombre de figura quijotesca, vestido con guayabera, y de cuyos ojos brotaba un manantial de inquietas ansiedades. Harold deseaba hablar, le urgía contar lo que, hasta esos instantes, no había trascendido… Parece que presentía el final y no tenía tiempo para formalidades.

Inclinándose sobre un aparejo metálico que le servía de apoyo para trasladarse por el interior de la casa, me convidó a que lo siguiera. Intuitivamente, traté de ayudarlo, pero pronto vino a mi mente aquella vez que intentando auxiliar a Nicolás Guillén escaleras abajo, el ímpetu de su voz me detuvo: “¡No lo hagas… parecería que soy un anciano!”.

Sí, tenía que comprender yo que hombres como ellos son “genio y figura hasta la sepultura”.

Mientras nos trasladábamos de la saleta hacia la sala, el Maestro comentó ser enemigo acérrimo de los gritos. Esa expresión, de repente, me paralizó; sentí como si un fuerte latigazo electrizara todo mi cuerpo. Mi compañera de los años, quien trabajaba con él, y que conocía bastante acerca de su carácter y sus costumbres, me había reprochado, en cierta ocasión, haberle hablado en voz alta. Muy bien recuerdo su advertencia: “Al Maestro no le gusta que le hablen gritándole”. Y pensé: “¿Será este un reproche por aquello?”… Pero, no, pronto llegó mi salvación…

— El caso es que yo tenía un amigo que acostumbraba siempre a gritar: ¡Ay!, cuando se acostaba… ¡Ay!, cuando se levantaba… ¡Ay!, para sentarse. Pero ahora, ahora… ¡yo soy el que grito!

Al escuchar estas palabras, me vino el alma al cuerpo.

Una vez acomodado en su sillón, y sin tiempo para preámbulos, Harold tomó la palabra por asalto. Enseguida, me comentó no haber olvidado aquella conversación en los jardines de la UNEAC, meses atrás, cuando le sugerí compilar su anecdotario, contar sus vivencias, y se refirió a cierto grado de desilusión suya en relación con aquel proyecto (frustrado, incluso, frustrante) de determinadas personas que se empeñaron en escribir sobre su vida… A partir de entonces, la línea quedó clara… la suerte estaba echada. Comenzó una cadena de encuentros que, a la postre, trascenderían en el libro Yo vi la música. Vida y obra de Harold Gramatges. Premio Biografía y Memorias 2008 de la Editorial Ciencias Sociales.

Casi a diario, cuando llamaba indagando si el Maestro estaba con ánimo para recibirme, su respuesta era inmediata… afirmando que me esperaba con placer. En más de una ocasión, lo hallé deprimido, por una u otra razón, mas siempre concluía la jornada con aquel cántico: “Me encontraste en baja, pero me dejas en alta”. Él disfrutaba y se iluminaba hurgando en sus recuerdos, relatando todas estas anécdotas… contando su vida y su obra.

No se proponen estas páginas ser un testimonio ni una biografía “de verdad”, a pulso o escrita, rigurosamente, bajo los cánones de ese género literario. No, no se ciñe esta narración a la teoría de las biografías… más bien es una semblanza contada —quizá, mejor, compuesta e interpretada— con la voz, el ritmo, el estilo, la musicalidad y la impaciencia de quien la narra: Harold Gramatges, el Maestro.

Tal vez, Yo vi la música… se trate de una herejía… por haberse consumado azarosamente, sin mediar “partitura” alguna entre el genio entrevistado y el animoso entrevistador. Esto es, las preguntas, para nada, fueron pre-elaboradas, sino que brotaron al calor de la narración, con las vueltas y más vueltas de la propia intimidad del diálogo culto y, a un tiempo, popular, muy ameno, polémico por momentos… muy sincero.

Pero… el Maestro llevaba prisa… Sí, había premura. Él anhelaba, antes de su “partida” definitiva, narrar todo lo que no había podido contar. Al parecer, se sentía herido, había que avanzar con rapidez.

Por momentos, teníamos que parar, su organismo se lo imponía… y nos deteníamos y luego retomábamos o, quizá, al otro día… Y fue así como, en casi seis meses, Harold Gramatges me relató de sus noventa años lo que para él resultó ser… “el privilegio de vivir”.

De la cinta al papel. De modo que Yo vi la música…, en la intimidad de Harold en cuanto a su aserto del “privilegio de vivir”, es una narración de carácter biográfico que propone un acercamiento a la vida y obra de una figura talentosa de nuestra cultura criolla.

 Preguntas y respuestas sobre temas, incluso, no preconcebidos, van descubriendo a este Maestro de la Cultura y la Revolución cubanas, y desentrañando su vida y su obra, en todas sus aristas que, indisolublemente, están hilvanadas con nuestra Revolución y nuestros tiempos. De modo que so pretexto de esta inusual “biografía musical” se va, asimismo, contando, por momentos, una especie de semblanza sobre nuestra Isla, en especial, referida al contexto cultural.

Sirvan, además, estas páginas póstumas que —a manera de confidente— tuve la gran oportunidad de compilar, como un noble recordatorio, un justo obsequio, de la figura carismática e hidalga, digna, de este santiaguero, por nacimiento, y universal, por reconocimiento, embajador de la música y la cultura nacionales, y del patriotismo de los cubanos.