Zoila Lapique y el ajiaco musical cubano

Zoila Lapique y el ajiaco musical cubano

Lo decía por el año 2008, cuando todavía su sabiduría musical no alcanzaba las nueve décadas de existencia. «Me gustaría que me presentaran como una investigadora de la cultura cubana. Don Fernando Ortiz decía que Cuba era un ajiaco; creo soy parte de ese ajiaco musicalmente y, aunque tengo un mosaico de sangre, eso no quita que me sienta esencialmente cubana».

Para entonces, ya estaba Zoila Lapique Becali irremediablemente seducida por el sonido del siglo XIX en Cuba, mixtura resultante de la transculturación en la isla caribeña, tierra alimentada por ritmos españoles, africanos, franceses, ingleses y de otras tantas latitudes.

La llamada cubanidad se erigió desde entonces como una interrogante entre tanta fusión idiosincrática de unos pueblos y otros, una interrogante que devino en certeza muchos años después. Aquel entramado cultural, tan indefiniblemente definible, hizo del archipiélago un referente artístico del travestimiento musical, receta tan surtida de ingredientes como las de un ajiaco criollo despojado de purezas y esquematismos, el sabor de la «mezcolanza» cubanamente hablando.

Dicha sensibilidad por el arte iría en crescendo desde una infancia marcada por las óperas italianas, operetas francesas y vienesas, las bandas de regimientos ibéricos y las zarzuelas españolas, todas provenientes de una victrola familiar que le introdujo a Enrico Caruso, Titta Rufo, Fedor Chaliapin y otros nombres importantes del panorama musical.

«Pretendí estudiar violín, pero en realidad no me gustaba mucho aprender música, en cambio tenía cultura musical, porque en mi casa se escuchaba buena música. Mi tío materno (Ramón Becali, el primer cronista de cine) traía compañías españolas de operetas y zarzuelas a Cuba. Recuerdo que, en 1938, apenas tenía ocho años de edad, mi familia iba a las funciones de ópera y no me llevaban. No me quedaba más remedio que escucharlas por la radio», decía la musicógrafa a la periodista Alina Lotti en una entrevista para el periódico Granma.

Zoila Lapique estudió bibliotecología en la Sociedad Económica Amigos del País de La Habana, espacio donde confluía la intelectualidad nacional y entre esta Fernando Ortiz, personaje constante e influyente en la vida de la Premio Nacional de Ciencias Sociales 2002. A él y a Alejo Carpentier dedicó el primer libro que hizo sobre música colonial.

En su desandar por los registros históricos y la prensa de la época supo de una Sinfonía en Do y del Scherzo capriccioso de Ignacio Cervantes, de la primera ópera cubana, compuesta por Laureano Fuentes, de las habaneras de José White y Eduardo Sánchez de Fuentes. Un viaje a través del tiempo que le permitiría construir un retrato musical de la isla a partir de la conexión de datos, fechas, personalidades y obras descubiertas en la riqueza documental de los lugares donde trabajó. Uno en particular fue la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional, donde obtuvo el grado de Investigadora Titular como especialista en Cultura cubana, sobre todo de los siglos XVIII y XIX.

De acuerdo a Araceli García Carranza, quien compartiera con la estudiosa sus años de trabajo en la Biblioteca Nacional, Zoila «acumula, descubre y redescubre datos históricos». En el homenaje que se le realizara a la Licenciada en Historia en la XXI Feria Internacional del Libro de La Habana, esta afirmó que Lapique Becali fue determinante en la terminación de la obra El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals y a ella se le debe la determinación de las dos etapas de la contradanza.

Otras figuras de las ciencias sociales cubanas han destacado la impronta de la musicógrafa. Ana Cairo Ballester definió su vocación y amor por el estudio de la historia cuando dijo: «con ella no solo se aprende a trabajar la historia, sino algo que ha caracterizado y debería caracterizar a la intelectualidad cubana: la generosidad sin límites».

Natalia Bolívar, por su parte, la ha recordado como aquella joven integrante del grupo de Mujeres Oposicionistas Unidas, formado por militantes de varios partidos y del Movimiento 26 de Julio, en la etapa de la lucha revolucionaria.  Durante este periodo Zoila y sus compañeras prestaban ayuda a los presos políticos, en el pago de casas de paso para los clandestinos que no podían asilarse en una embajada. Inclusive su casa se convirtió en el sitio de confección de un boletín de la organización.

Muchas son las anécdotas de la Premio Pablo Hernández Balaguer de Musicología 1974 y el Nacional del Investigaciones Culturales 2010. De su inmensa curiosidad por el universo musical cubano resultaron volúmenes como Cienfuegos: trapiches, ingenios y centrales, coautoría con Orlando Segundo Arias; Música, compositores e intérpretes: 1570-1902, La memoria en las piedras y Crónicas del tiempo no perdido.

Sin embargo, hay una historia en particular de cuando conoció al etnólogo Fernando Ortiz durante una conferencia en el Aula Magna de la Universidad de La Habana y así lo relataba al diario Granma:  

«Ese día escuché los toques de la religión yoruba. Cuando todo terminó nos acercamos a Don Fernando, me preguntó si me había gustado la conferencia y la música. Yo le respondí: más me deleito con Beethoven. Le solté esa respuesta, porque lógicamente no tenía plena conciencia de la personalidad que tenía delante. Eso lo comprendí al cabo de los años».

Apenas entonces comenzaba la historia de una joven cuya ópera favorita era Aida de Giuseppe Verdi y el Concierto en re, op. 61, para violín y orquesta, de Ludwig van Beethoven, un gusto por las sonoridades clásicas que terminaría transmutándose con los sabores de la cubanidad de los siglos XVIII, XIX y XX. Aquella curiosidad constante la convertiría en una de las más importantes historiadoras del ajiaco musical cubano.