Alejandro Quintana, conductor estelar de espacios juveniles

Alejandro Quintana, conductor estelar de espacios juveniles

  • Alejandro procede de la radio, un medio por donde debe transitar toda persona que desee ejercer esa noble profesión. Foto tomada de archivo
    Alejandro procede de la radio, un medio por donde debe transitar toda persona que desee ejercer esa noble profesión. Foto tomada de archivo

Conversar con el joven locutor Alejandro Quintana Morales, conductor de los espacios vespertinos Tengo algo que decirte y Das más (lamentablemente, eliminado de la parrilla de programación), deviene un placer inefable para mí, ya que, no solo como crítico, sino también como amante del buen decir, disfruto al máximo la profesionalidad, la seguridad en sí mismo y la perfecta dicción que lo caracterizan ante las cámaras del Canal Educativo, donde labora ese bisoño profesional de la palabra hablada, que —en mi opinión— mucho promete como comunicador.

Alejandro procede de la radio, un medio por donde debe transitar toda persona que desee ejercer esa noble profesión, fuente inagotable de ética, humanismo y espiritualidad, ya que debe entregarse a ella en cuerpo, mente y alma, como lo hace el conductor habitual de dichos espacios audiovisuales, que —según los hallazgos de encuestas realizadas por el departamento de Investigaciones Sociales del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), gozan de un porcentaje significativo de teleaudiencia en todo el territorio nacional.

Ahora, le cedo la palabra a mi interlocutor para que interactúe —como él lo hace ante las cámaras— con los lectores de nuestro Sitio Web.

¿Cuáles fueron los factores motivacionales que inclinaron su vocación hacia el arte-técnica de la locución, y concretamente, hacia la conducción de espacios dirigidos a la juventud?

En primer lugar, tengo que mencionar las diversas posibilidades de comunicación que percibía en el arte de la locución, una vocación que al inicio se me presentaba borrosa entre la frontera de la actuación, el periodismo o la locución en sí. A veces pienso que influyó la oportunidad de incursionar, en primera instancia, como locutor en la emisora Radio Minas, de mi municipio (Minas de Matahambre) a la edad de 11 años, pero siempre supe que comunicar, liderar espacios de entretenimiento y reflexión era lo mío y eso no apagó mi pasión por el arte de la representación y el periodismo. De niño, me encantaba contar historias, crear mundos fantásticos que luego compartía con mi familia y otros que guardaba en la privacidad. Creaba personajes y jugaba a interpretarlos, "escribía guiones", reunía revistas y leía en voz alta mientras estaba en el baño, imaginaba un set de televisión o una cabina de radio y lo más curioso es que tanto disfrutaba interpretando mis historias como construyéndoles personajes a los demás, entre ellos mi madre, que seguramente me transfirió las cualidades histriónicas.

Otra de las motivaciones fue la necesidad de exteriorizar aquellos elementos de nuestra lengua materna que a escala social estaban siendo mutilados y mal utilizados. Hablar bien en la escuela, en una fiesta, con amigos, e incluso con algunos familiares podía hacerme ver como un bicho raro o un ser de otro planeta. Sin embargo, en los medios de comunicación veía el escenario perfecto para cultivar mi dicción, entonación y articulación sin recibir miradas cuestionadoras. La radio me brindó, entonces, esa gran suerte de ser mejor hispano hablante y de servir como referente para la audiencia, lo que nunca esperé fue que ese escenario se extendiera a la cotidianidad y que el buen decir tuviera que ir conmigo no solamente dentro de una cabina de radio sino en todos los espacios de mi rutina si quería ser locutor, buen locutor.

¡Los espacios juveniles! Éstos me cautivaron con mayor fuerza en el medio televisivo y con ellos hice mis primeras apariciones en la pantalla chica. No digo que no disfruté hacer juveniles en la radio, los hice y recuerdo con cariño Gente Joven, Disco Hit, entre otros, pero la dinámica de la televisión a la hora de hablarles a los jóvenes es fascinante.

Con Das Más descubrí que las acciones físicas atrapan a los jóvenes y los involucra con la historia del programa, los seduce la acción, los disparates que los conductores o actores podemos cometer delante de las cámaras, que no está mal caerse de una patineta, de una bicicleta o gritar de miedo mientras visitas los fosos de los leones del Zoológico Nacional. Comprendí que el discurso ante la cámara te aleja de la juventud y que los colores, la fotografía, el vestuario y hasta el maquillaje son recursos estéticos imprescindibles para este tipo de producto. Con Raúl Daniel, el director de ese reconocido espacio, aprendí lo que se debía y lo que nunca debía hacer, cómo conseguir el tono adecuado para una determinada escena, crear una dinámica con los invitados que propiciara la buena energía, construirnos papeles diversos según la historia y hacerlo desde el vestuario, los objetos, y los accesorios. Me ayudó grandemente la comodidad y la confianza que me transmitía mi colega Indira Camelia, actriz y locutora, con ella viví momentos inolvidables y encontré un apoyo inestimable que desde la sinceridad, la profesionalidad y el cariño me hacía saber cuando algo no me salía bien o debía llevarlo por otra ruta, confiaba ciegamente en su criterio pues llegamos a compenetrarnos muy bien, algo que valoro muchísimo en este arte.

Luego pasé por otros espacios juveniles como Razones y Hoy para mañana e incluso sustituí a mi colega Yumié Rodríguez en el programa infantil de participación Voy por 10, un gran reto, un monstruo mayor como califico a los infantiles, una experiencia engrandecedora […]

De acuerdo con su criterio, ¿qué indicadores técnico-artísticos y personográficos deben caracterizar a un profesional de la palabra hablada que orienta su labor creativa hacia la programación juvenil?

Anteriormente, hice alusión a ciertos indicadores que deben prevalecer en un conductor de espacios juveniles como el vestuario, el maquillaje, los accesorios y las acciones físicas, a eso voy a agregar la humanización de esos profesionales frente a la cámara, la naturalidad a la hora de enfrentar un guión nos hace más cercanos a los televidentes. Tienen que pensar como jóvenes, sentir como jóvenes y actuar como jóvenes. ¡A este público le sorprende todo! Por ende, como intérpretes, les tiene que sorprender también lo que cuentan con palabras o acciones. He tenido escenas llenas de adrenalina como un salto en paracaídas, con animales salvajes, hacer deportes extremos o practicar natación, todos me han sorprendido detrás y delante de las cámaras por la acción que traen incorporada, pero otras historias han sido menos intensas y he tenido que luchar contra mis gustos y buscar puntos atractivos que logren que me interese hacia esa práctica, esos son los más difíciles, los que no te atraen como individuo, pero te retan como profesional. Los conductores de programas juveniles deben ser carismáticos, sencillos, sin caer en banalidades deben estar pendientes de las nuevas tecnologías e incorporarlas a su práctica y discurso. Me gusta hablar de juventudes; por lo tanto, ese profesional tiene el reto de representarlas a todas las que viven, aman, crean y sueñan en el archipiélago cubano […] el conductor es una multitud de juventudes, con símbolos estéticos, culturales e idiomáticos que las representen, pero todos bien colocados y sin exagerar.

En los diferentes medios (radio y pantalla chica), donde ha incursionado hasta ahora, ¿cuál de ellos prefiere y por qué, dado el hecho de que cada uno de ellos tienen sus especificidades y atractivos especiales?

La radio me abrió las puertas al mundo [...] la televisión es mi mundo. Esto es algo que siempre he dicho cuando me preguntan sobre esos dos medios. Me atrevo a afirmar que la radio es ese lugar a donde siempre voy a regresar. Cuando hacía solamente radio pensaba que no encontraría otro espacio más cómodo de creación que ese, veía la televisión como un lugar donde se obtiene reconocimiento, pero no placer, donde se triunfa pero no se es feliz, un lugar frío, apagado y sin la espontaneidad de las cabinas. Sin embargo, el tiempo me demostró lo contrario. Hoy amo la televisión, y más aún, la que se hace en tiempo real. He aprendido a separar los códigos y a disfrutar cada hora en pantalla que se va como un segundo que no regresa. La magia de la radio te hace cómplice, misterioso, confidencial, la magia de la televisión te hace real, te hace confiable, te hace cercano y te hace amigo. Soy un locutor de la radio y la televisión, ya que no obstante haber transitado por el cabaret y las ceremonias, no siento su ausencia como cuando me faltan los micrófonos o las cámaras.[…] En la televisión o la radio eres tú y un aparato, aunque haya millones de personas que escuchan tus palabras, el estudio calla, en completo silencio, mientras invades cada hogar, transporte o espacio público, es como un juego de niños en el que nadie te ve, pero todos te observan. Sí, puede que sea pasión...o que aún siga siendo niño

En el discurrir de su breve lapso en su trabajo en esos medios, ¿podría narrar alguna anécdota que le haya dejado una huella indeleble en su memoria poética?

Guardo con cariño momentos inolvidables y valiosos desde que comencé en los medios. Anécdotas simpáticas y otras para reflexionar invaden mi memoria cada cierto tiempo, ya decía que me encanta contar historias, imagínate rememorar aquellas que viví!.... En la radio, sucedieron los mayores apuros de mi carrera, pues en ese medio se trabaja más a menudo en tiempo real, pero en televisión han sido aterradoras. Recuerdo que en una escena del programa juvenil Das Más Indira y yo debíamos hacer la despedida a caballo luego de demostrar una cuantas maniobras en el rodeo. Yo tenía el control de mi caballo pero Indira moría de miedo y sin muchas experiencias similares se aventuró a practicar, todo estaba supuestamente montado para filmar, y cuando dan la acción y comienza la carrera su caballo aumenta considerablemente la velocidad, ella se asusta y suelta las riendas, algo que empeoró la situación, porque perdió el control del animal y el mío al ver aquella situación le siguió los pasos y a correr se ha dicho, solo recuerdo de aquel mal momento los gritos de Indira y sus saltos por el aire encima del caballo. Más de diez hombres tuvieron que ayudar a controlar la situación y si bien salimos sin daños tengo que reconocer que también morí del susto […].

¿Algo que desee agregar para que no se le quede nada importante que decirles a los lectores que admiran y respetan la profesión que ha seleccionado libre y soberanamente?

Seré sincero al decirle que siento, que en los últimos años, en Cuba, la profesión de locutor no ha sido lo suficientemente valorada como lo era en el siglo XX cuando prevalecía un respeto mayor hacia el arte y la técnica de la locución. Nuestro país ha tenido la suerte de contar con excelentes profesionales de la palabra, maestros que hoy forman a las nuevas generaciones desde las aulas, pero hemos perdido terreno y hoy, cualquiera conduce un programa. La frontera entre el locutor, el actor y un músico, se ha perdido. Es por ello que muchos espacios televisivos o radiales fracasan y los directores son los máximos responsables de que sucedan esos penosos casos, en los que es notable la ausencia de la figura del locutor. No me opongo a que un actor o un músico pueda ser locutor, al contrario, los hemos tenido y muy buenos, ahora mismo me viene a la mente Edith Massola, Jorge Martínez, Amaury Pérez, devenido extraordinario comunicador, Irela Bravo o Tamara Castellanos, todos con formación actoral o musical, pero debidamente preparados por la academia de locución y que han sabido encontrar su estilo y el espacio correcto con una acertada dirección. A veces siento pena cuando descubro que muchos colegas con talento están desempleados y que en tal canal ya no quieren locutores, prefieren periodistas, o que los directores han adoptado como tendencia contratar a actores. Siempre he dicho que en un diálogo radial o televisivo el locutor tiene que marcar la diferencia, desde la dicción, la articulación, el vestuario, la proyección. Un locutor de escuela se identifica con facilidad. El locutor tiene un sello que lo distingue, que hace que el público diga, esta es la figura que guía el programa. El locutor no crea personajes, pero tiene que conocer y saber dominar sus emociones, su mundo interior […] Siento la necesidad, lo digo como joven representante de esta profesión, de que se fortalezca el gremio de locutores desde las propias organizaciones artísticas. Hoy no se nos reconoce en la Asociación Hermanos Saiz (AHS), pues no nos consideran creadores ni artistas […]. Sin embargo, tengo que agradecer a otras instituciones que han sabido representarnos dignamente como la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la agencia de representaciones artísticas ACTUAR y CARICATOS […]. Los locutores no solo reproducen [sino] tenemos que llevar a cabo una exhaustiva investigación antes de desarrollar un tema, si nos limitamos solo a preguntas y respuestas se nos cierran las posibilidades. Debemos dominar una técnica vocal y colocarla en cada espacio según sus características, el guionista propone, el locutor crea, le da vida al texto, le pone emociones y marca las intenciones, hace suyo el programa, juega con los elementos técnico-artísticos y tiene la compleja misión de seducir a la audiencia.

Aún nos queda conquistar un mayor respeto desde nuestras instituciones, solo nos reconforta la admiración y el cariño de un público culto y educado en términos artísticos que recuerda con nostalgia la vieja escuela y que sabe discernir dentro de la convulsa industria del arte: "el talento del locutor".