Dani Hernández: Premio Lorna Burdsall 2019

Dani Hernández: Premio Lorna Burdsall 2019

  • Los jóvenes que se inician en el estudio del ballet clásico deben tener en cuenta que la carrera del bailarín es muy corta y sacrificada a la vez. Foto: Nancy Reyes
    Los jóvenes que se inician en el estudio del ballet clásico deben tener en cuenta que la carrera del bailarín es muy corta y sacrificada a la vez. Foto: Nancy Reyes

Desde hace más de una década, he podido seguir de cerca la fecunda trayectoria artístico-profesional en el campo del ballet clásico de la pareja integrada por los primeros bailarines Anette Delgado y Dani Hernández, figuras insignia del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Patrimonio Cultural de la Nación.
Por otra parte, he sido testigo de mayor excepción acerca de cómo han escrito —con letras indelebles— su leyenda profesional y personal, no solo en el arte de las puntas, sino también como un matrimonio unido en el arte y en la vida por un vínculo indestructible: el amor a Ainhoa, su encantador retoño, y a la danza clásica, a la cual se han entregado en cuerpo, mente y alma desde que eran estudiantes de esa disciplina artística.
Anette y Dani han sido galardonados con el Premio Lorna Burdsall, que otorga la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ella lo recibió en 2015 y él cuatro años después. En esta ocasión, mi interlocutor es uno de los mejores bailarines de la emblemática compañía, tan cubana como universal, que jerarquiza la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, miembro de honor del Consejo Internacional de la Danza.
¿Podría explicar, en apretada síntesis, cómo se produjo su llegada al mundo de la danza clásica?
Di mis primeros pasos en la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso, de la ciudad de Remedios, provincia de Villa Clara, y luego, me trasladé para La Habana, donde cursé estudios en la Escuela Nacional de Ballet (ENB), y ahora, estoy concluyendo —al igual que Anette— la licenciatura en Arte Danzario, en la capitalina Universidad de las Artes (ISA).
En la ENB fui discípulo de los maestros Fernando Alonso (1914-2013), Ramona de Saá, Mirta Hermida y Marta Iris Fernández, quienes con afecto filial y férrea disciplina modelaron mi personalidad, y consecuentemente, me convirtieron en lo que soy hoy.
Gracias a las inolvidables enseñanzas de esos grandes maestros me otorgaron Medalla de Plata en el Concurso del Encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet, que tuvo lugar en La Habana, en 2006. Y en 2010-2011, fui seleccionado por la prestigiosa revista Dance Europa entre los cien mejores bailarines del mundo. Reconocimientos que no solo me honran a mí, como artista y ser humano, sino también al BNC, a la Escuela Cubana de Ballet, de la cual me considero heredero de su fértil legado pedagógico, así como a la cultura caribeña.
¿Qué significa para usted haberle sido otorgado el Premio Lorna Burdsall, que confiere la Asociación de Artes Escénicas de la UNEAC?
Un gran compromiso, la realización de mayores esfuerzos y sacrificios para seguir manteniendo, en la cima de la montaña, lo logrado hasta hoy, y al mismo tiempo, continuar perfeccionando la técnica académica, la interpretación teatral, así como intelectualizando y espiritualizando —como me recomendara mi inolvidable maestro Fernando Alonso— los movimientos corporales en que se estructura el arte danzario en general, y el ballet clásico en particular, y por supuesto, seguir dando lo mejor de mi yo, el auténtico, el verdadero, para alcanzar las metas que me he trazado en mi carrera artístico-profesional.
¿Qué caminos recorrió después de su graduación en la ENB?
Desde mi egreso, en 2006, o sea, hace 13 años, de la ENB, de la que guardo en mi memoria poética (como sé que le agrada decir a usted) recuerdos imborrables, ingresé al BNC, que dirige la eximia ballerina, quien —según el poeta y escritor Eliseo Diego (1920-1993) — “es la danza”. En el seno de esa agrupación, fui promovido en 2009 a primer solista, y en 2011, a la mayor categoría artística (primer bailarín), a la que puede aspirar un integrante de la septuagenaria compañía.
Con el BNC he actuado en países de América y Europa. En 2007 y 2008, fui Artista Invitado al Festival Internacional Mujeres en la Danza, en Ecuador, en 2008 y 2010 al Festival Internacional de Ballet de Cali, en Colombia, entre otros. En 2018, participé —junto al BNC, artistas y agrupaciones teatrales y musicales cubanas— en el Festival de las Artes, que tuvo como sede el Kennedy Center, en Washington, Estados Unidos, y este año estuvo dedicado a la cultura insular, así como en el XXVI Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso.
¿Cuáles son los papeles que le agrada interpretar?
Yo prefiero desempeñar los papeles protagónicos de los ballets románticos y clásicos. Desde que empecé a estudiar ballet, he acariciado siempre ese sueño. Con mucho esfuerzo, sacrificio y horas robadas al sueño y a la diversión infanto-juvenil para dedicárselas a la barra, a los ensayos, a las clases, he convertido mi sueño en realidad, tanto en mi país como en el exterior.
¿A qué se debe esa “química especial” que los distingue a Anette y a usted en las tablas de cualquier teatro nacional o foráneo?
Tenemos muchas cosas en común. El amor inmenso que le profesamos a la danza clásica, así como estar conscientes de que no son, al decir del doctor José O. Suárez Tajonera (1928-2008), Premio Nacional de Enseñanza Artística, “los battements a la barre ni el virtuosismo técnico [al que —por supuesto— no renunciamos ni renunciaremos], los que producen el milagro del vuelo. Es la dimensión espiritual […]” que le aportamos a toda obra que, como pareja de baile, llevamos a escena.
Los gustos afines que nos unen en el arte y en la vida conyugal, la forma (eso sí no lo voy a revelar), en que les insuflamos “vida” en las tablas a los personajes protagónicos de los clásicos de todas las épocas y todos los tiempos. Es todo eso […], y muchísimo más. Tanto que no sería posible reseñarlo en los estrechos límites de una entrevista periodística.
¿Qué emociones le ha generado el hecho de ser el progenitor de una pequeña princesa que hace muy poco tiempo acaba de ver la luz de la bóveda celeste?
Esa es —sin duda alguna— mi mejor obra: ser el padre de Ainhoa Hernández Delgado; por ello, envío al universo dicha y felicidad por todos los poros del cuerpo y el alma. En realidad, no creo que haya palabras más elocuentes en la lengua española para describir las emociones que experimento por poder ver materializado, en esa tierna criatura, el fruto más acabado de un amor que nació, floreció y se consolidó en nuestra esfera afectivo-espiritual.
¿Algo que desee añadir para que no se le quede nada en el tintero?
Los jóvenes que se inician en el estudio del ballet clásico deben tener en cuenta que la carrera del bailarín es muy corta y sacrificada a la vez. Hay que olvidarse, desde muy temprana edad, de muchas cosas agradables que influyen en el desarrollo de la personalidad infanto-juvenil […]. Pero —como bien dice el doctor Manuel Calviño— “vale la pena” realizar el esfuerzo, renunciar a lo que sea necesario, porque —al menos para Anette y para mí— bailar es vivir.
Por último, agradecerle a usted por haber devenido nuestro cronista y entrevistador particular (risas).