Daniel Chavarría y su alianza con el saber contar con profundidad y amor

Daniel Chavarría y su alianza con el saber contar con profundidad y amor

  • Daniel Chavarría (San José de Mayo, 23 de noviembre de 1933-La Habana, 6 de abril de 2018) fue un escritor uruguayo radicado en Cuba desde 1969. Foto tomada de La Demajagua
    Daniel Chavarría (San José de Mayo, 23 de noviembre de 1933-La Habana, 6 de abril de 2018) fue un escritor uruguayo radicado en Cuba desde 1969. Foto tomada de La Demajagua

Vivir y saber contar cada pasaje, hecho, inquietud, aspiración, problema… a través de su modesta épica escrita (como bien confiesa), mas dejando en cada relato —ya escrito u oral y, quizás sin saberlo—, la sapiencia de un hombre que ha logrado introducirnos (con sumo éxito) durante años en los vericuetos de sus personajes y respectivos contextos, ha sido el logro mayor de este escritor uruguayo-cubano. Su novelística, ya trasciende fronteras; su capacidad como narrador de vastísima cultura emula con cualquier consagrado; ironía, jocosidad, tristeza, nostalgia, enriquecen mediante hilos dramatúrgicos cada uno de sus relatos.

Pero, en mi modesta opinión, lo que más le destaca es su posición como escritor, honesta y desinteresada, con el pueblo (suyo también) de este archipiélago caribeño. Daniel Chavarría, siempre en alianza con el saber contar con profundidad y amor.

¿Por qué la novela?  ¿Cuándo y por qué se inició como novelista?

Desde el punto de vista editorial me inicié con Joy en octubre de 1978. Pero sus contenidos no estaban destinados a una novela. Instigado por el enorme golpazo emotivo que me produjo el serial Los diecisiete instantes de una primavera, me propuse un libreto para TV de unos seis u ocho capítulos. Pero cuando tuve definido un  argumento en el que pergeñé, de mi exclusiva cosecha, un aparataje de inteligencia y llené el mundo de espías cubanos, mis amigos me dijeron que eso jamás me lo aceptarían. Los dirigentes de la TV se “apengustiarían” porque eso era vender al enemigo una información que muchos creerían real, y el Ministerio del Interior (MININT) nunca aprobaría mi libreto. Y yo, para santificarme, decidí entonces convertirlo en novela y mandarla justamente al concurso policíaco anual patrocinado por el MININT, donde sabrían perfectamente que todo era un soberano invento mío. Yo estaba seguro de hacerlos reír con mi osada inventiva y quizá hasta les sirviese para desinformar al enemigo. Y así fue. Gané el premio “Aniversario de la Revolución” y, para mi sorpresa, la novela tuvo gran acogida en Cuba y en todo el campo socialista. Y con tan inopinado éxito de publicaciones traducidas a tantas lenguas ¿Qué otro género podía yo escribir en lo adelante sino novelas?

¿Algún antecedente escritor en su familia?

Hasta donde conozco mi árbol genealógico, ninguno.

¿Ha explorado en algún otro género…Poesía, teatro, ensayo?

Desde niño yo hice muchos intentos por escribir, incluida una obra teatral, pero nunca terminé nada. La poesía y el ensayo no son para mí; pero en mis novelas aspiro a dar alguno que otro brochazo poético y abordar criterios con cierto rigor ensayístico.

La novela se identifica con la épica, una de las formas más antiguas de la literatura. Ambas representan las formas más altas de la literatura narrativa. ¿Ha constituido esto su divisa como escritor?

Ya me han hecho esa pregunta y te responderé lo mismo que a uno de tus colegas hace ya una década:

Yo tuve el privilegio, en mi infancia, de oír a gauchos auténticos. Y creo que fue ahí donde nació mi vocación de oidor de cuentos y luego de narrador. Había un bardo magistral, ya sexagenario hacia 1940, que se llamaba Gorostiza. Era uno de los pocos gauchos todavía nómadas que pude conocer. Nunca trabajó para nadie; y durante unas guerras civiles de 1904, había combatido en el mismo bando de mi abuelo. Luego, veinte años de trashumancia por el sur del Brasil, la Mesopotamia Argentina y el Paraguay, le permitieron acopiar un anecdotario que lo convirtió en huésped siempre bienvenido en las estancias de aquella zona, donde no se conocía radio ni televisión. Y hoy creo que sus relatos me infundieron el deseo de desgarrar de mi familia e irme a ver el mundo. Pero recuerdo que yo no pensaba tanto en vivir mis propias aventuras, sino en saber contar lo que el destino me deparase. Fue una repentina vocación por volverme viejo y regresar un día a mis lares cargado de acontecimientos, para que la gente me oyera en silencio, deslumbrada, como a Gorostiza. Y eso hago yo, al inicio de mi octava década de vida. Mi épica es escrita, mucho más modesta, pero por ahí rumbea la cosa.

He leído con interés su libro Y el mundo sigue andando (Memorias). En realidad, su vida es como una novela. Imagino que mucho de lo vivido le ha servido para escribir sus obras…

Un error de los jóvenes con vocación de novelistas es emular con sus venerados paradigmas. Y eso genera decepciones que frustran. El neófito de 18 o 20 años, con muy poca vida digna de contarse, relee sus textos inspirados en García Márquez, Jorge Amado, Borges, y la diferencia suele ser tan abismal que termina por romper y romper sus escritos hasta convencerse de no tener talento y abandonar el empeño para siempre. Yo también cometí ese error durante dos décadas hasta que un día con 45 años, escribí Joy sin imitar a nadie. Ya tenía  voz propia y mucho que contar de mis vagabundeos geográficos o por mis espacios interiores; y sobre todo, no apunté muy alto: escribí una novela de espionaje. Luego descubrí que con técnicas tomadas de mi propia oralidad narrativa, siempre exitosa, podía lograr un gran público y apuntar bien alto. Ya en esa etapa me lancé con cierta confianza a la novela histórica y no me ha ido mal.

Su vida como escritor, ¿cuáles son sus hábitos y ritmo de trabajo?

Madrugón a las cuatro, café, una caminata fuerte de 30 minutos hasta mi panadería; vuelta a mi casa, baño, desayuno, y una tanda de tres horas en mi PC. Sigue un almuerzo frugal, siesta de una hora y otras tres de escritura. Salgo poco, casi no bebo, y mi gran disfrute es zambullir en los avatares de mi propia ficción. A eso, sobre todo los malos escritores, le llaman “crear”; palabra que detesto por lo que tiene de endiosamiento;  sólo la empleo para recordar a los funcionarios de mi sector de que ese es mi quehacer durante seis horas diarias.

Me impresiona que haya escrito maravillosas novelas como El ojo de Cibeles, en la que demuestra un profundo conocimiento del mundo y de la historia de la Grecia antigua,  pero también es autor de novelas policíacas y guiones para cine como Plaff. ¿Cómo logra tales diferencias de contextos?

Tengo que lograrlo porque no acepto dejar de escribir para ganarme la vida con docencia, traducciones, crítica  o periodismo. Eso me obliga a escribir para un público que me da prestigio y satisfacción con mi obra; y también para otro que me costea el sustento y eso calma los nervios.

Estimo que pocos escritores cubanos han recibido tan numerosos premios. ¿Cuáles han sido los más gratos para usted?

Por distintas razones, todos los premios me son gratos. Pero el que más orgullo me da, no se ha instituido todavía y me lo gano todos los años: según me aseguran todos los bibliotecarios consultados, mis obras son las más robadas en la red nacional de bibliotecas.

¿Qué le falta por escribir?

Muchas cosas. La próxima será la biografía de mi compatriota Raúl Sendic, el fundador de la Guerrilla tupamara, en la que estoy apasionadamente enfrascado y espero publicar en septiembre del 2013. Y lo segundo, un libro de entrevistas. Te cuento. Hace unos años una despistada revista francesa, con su visión folclorizante y perdonavidas de este país, me hizo una entrevista y cuando la leí, bajo el título de La Cuba profunda me sentí muy indignado. Habían incluido fotos de niños descalzos en las calles de La Habana, y viejitos desdentados que vendían cartuchos de maní a un peso; baches y paredes descascaradas de algunos barrios. Eso no es nada profundo ni original y en cualquier país de América se pueden obtener fotos más dramáticas de la miseria social. Para mí, la Cuba profunda es la que no ven los turistas de la inmediatez: el Ballet de Alicia Alonso; la restauración del “mierdero” que era La Habana Vieja; el rescate de nobles empedrados ocultos debajo del asfalto y la hidalguía castiza de sus plazas más antiguas, la de Armas, la de la Catedral, la Plaza Nueva; los ilustres conventos, iglesias, santuarios y mansiones señoriales que hoy sirven como hostales para el creciente turismo que visita la Isla; y el haber convertido en museos algunos establecimientos comerciales de la colonia y viviendas de los siglos XVI y XVII; y son Cuba profunda el bailarín Carlos Acosta, primerísima figura hoy día del London Royal Ballet y aplaudido en el mundo entero; por cierto, un patriota con proyectos de ayudar a la cultura cubana; y lo es Cacho, con obras expuestas en importantes museos de EE.UU. y Europa; y los músicos, cantantes, instrumentistas, directores sinfónicos, compositores, y una pléyade de científicos de mérito internacional; y los deslumbrantes campeones olímpicos y mundiales, y no solo en boxeo y béisbol, sino también en la garrocha, el tiro rápido con pistola (en que cualquiera de las armas de alta precisión cuesta 20 mil dólares y el actual campeón olímpico de ese deporte es un holguinero procedente de una familia humilde que jamás habría podido proporcionarle semejante arma); y lo es el ajedrez (con más de veinte Grandes Maestros y dos ellos superiores a los 2 700 puntos; y muchos nacidos en la Ciénaga de Zapata, Cuchuflí Arriba o Remangalatuerca, y no campeones nacionalizados de los despojos soviéticos como los tienen EE.UU., Israel y media Europa. En fin, ¿para qué seguir?

Daniel Chavarría, ¿qué más espera de la vida?

En relación con mi situación personal y familiar, espero seguir la misma vida que llevo en Cuba desde hace 43 años, sin tragedias ni calamidades, sin que me pisotee la bota imperial, en la sociedad más justa de nuestro tiempo, y morirme sin conocer la viudez ni los sufrimientos físicos de la ancianidad. Como ves, soy muy ambicioso.