El mundo de Lisandra o El framboyán de las despedidas

El mundo de Lisandra o El framboyán de las despedidas

  • Foto tomada de Radio Musical Nacional
    Foto tomada de Radio Musical Nacional

Elaine Vilar ya nos tiene acostumbrados a la sorpresa.

Para esta joven escritora no existen límites si de escribir se trata. Su manera particular de hacernos llegar la historia, resulta especial en esta ocasión al dar vida a Lisandra, una niña de nueve años que vive feliz en su pueblo pequeño, con su abuelo querido y sus padres.

Un mundo de fantasía debe volcarse a la realidad ante el destino inmediato de un viaje sin regreso. La emigración y sus implicaciones en la vida de una familia son el centro de atención. El fenómeno, si así puede llamarse, pasa a los ojos de Lisandra, y es desde su filtro que logramos apreciar los matices…

El libro gira en torno a la emigración. ¿Cómo ha sido para ti el trabajo de abordar este tema que resulta complejo ante la mirada común, y llevarlo precisamente a la voz de una niña?

El tema en sí no es complejo: la emigración es un proceso natural que ha sucedido desde que la palabra y el mundo tienen nombre. Una diría que algo tan antiguo no debería ser tabú, pero la verdadera dimensión de los eventos está siempre dirimida por sus actantes y por las múltiples aristas de la realidad que la palabra emigración abarca. Con probabilidad —y no temo en este caso a la generalización, aunque por lo común soy parca al respecto— no exista un ser humano que desconozca el peso (espiritual, material, emocional) de la emigración. En este mapa de los acontecimientos, es innegable que los cubanos hemos vivido a profundidad —a veces como llaga, a veces como cura— ese proceso que incluye la añoranza, el desarraigo, la pérdida de ciertos referentes y también la posibilidad de nuevos comienzos. Era un paquete grande de historias el que quería hacer coincidir en un mismo libro, y se hizo necesario seleccionar, desechar, reescribir. Desde el principio, cuando concebí el proyecto de la novela, supe que el personaje central sería una niña llamada Lisandra (los nombres de mis personajes siempre aparecen de repente). Fue algo instintivo y te confieso que no lo pensé demasiado porque confío en esos primeros impulsos, en esas primeras señales que parten del corazón y del cerebro. La historia se construyó como una forma de mostrar el mundo de Lisandra. Un mundo que incluye los dilemas adultos y sus repercusiones en la vida de los niños. Un mundo que habla también de la muerte física y simbólica, de soledades y alegrías, de retornos y partidas (y de nuevo retornos). Quería que mi novela hablara de Cuba, sí, pero también del mundo que existe más allá de nuestra Isla, de nuestras fronteras de agua y tierra.

El resto del proceso de escritura, más allá del levantamiento de información, de la sumatoria de experiencias y entrevistas, de la búsqueda en los anales familiares y de historias de amigos, se concentró en escuchar esa voz interior (quizás la propia voz de Lisandra) que intentaba mostrarme un refilón de su mundo.

Puedes comentarme de los otros temas que tratas: la familia, la identidad, la historia, "la ley de la vida" (esta frase me resulta particularmente atractiva en el texto).

Casi todos esos conceptos que mencionas caminaban imbricados al hilo de la temática central de la novela. Para mí, era fundamental hablar de la familia, de la identidad, de la historia de la Cuba que conozco, del país que he vivido. Entre estos temas fueron colándose otros: la muerte, la depresión, la soledad, incluso el aborto. Quizás no llegaron juntos pero sí enlazados, tejido parte de otro tejido que me interesaba conocer (y más que eso, abordar en mi trabajo; y más que eso, compartir con el público).

Es cierto que lo que denominé en el texto “la ley de la vida” puede interpretarse de muchas maneras (de acuerdo al gusto del lector, asunto ese que me fascina: posibilitar la intervención del público dentro del material de mi obra, hacer que el texto final se construya sobre la experiencia compartida de la novela y la realidad del receptor). Pero, para mí, esa frase resumía todo aquello que aparece como inevitable en la vida de un niño, todo aquello que imponemos a nuestros hijos, las opiniones que les escatimamos, la palabra que les negamos, la violencia silenciosa que lanzamos sobre ellos con nuestros actos. O, simplemente, recoge esos eventos naturales frente a los cuales los seres humanos no tenemos posibilidad de enfrentamiento: por lo común, la muerte. Pero no es la muerte con máscara de Parca, guadaña al hombro, la que se asoma a las páginas de la novela, sino en un aspecto distinto —si se quiere— que bebe mucho de la tradición mexicana de culto a los difuntos y que posibilita un encuentro para los vivos y muertos a través de la memoria, de la celebración de la vida y de los recuerdos compartidos. Esa imagen de la muerte, que no es desacralizadora, pero que sí entiendo como más natural, es la que quisiera que otros encontraran.

Háblame del framboyán como símbolo de lo permanente, las raíces, el hogar...

Es que yo crecí entre framboyanes. Esos árboles estarán relacionados siempre, en mi memoria, con la infancia feliz que tuve, en una calle cualquiera del municipio Playa. Apelo mucho a esos recuerdos del corazón que tienen, de vez en cuando, su asidero en mi escritura. Los árboles de mi infancia son también memoria de mi casa, de mis seres queridos, de mis muertos y de mis vivos, de mis retornos y partidas (de nuevo, siempre mis retornos).

Por otro lado, no es la primera vez que utilizo al framboyán como símbolo; en algunos de mis libros de poesía, este árbol encuentra un asidero entre los versos, nuevamente como vuelta a la infancia, a esa niñez que he intentado rescatar de ciertos abismos de la desmemoria. Con El framboyán de las despedidas, de alguna manera, reciclé el símbolo, la obsesión, la figura de sentido.  

¿Cuánto hay de Elaine y su infancia en esa niña? ¿Cuánto de tu familia en los demás personajes (el abuelo)?

Lisandra se construyó bajo otro molde que no es el mío, sino el de mi madre, el de algunos primos que fueron a vivir a una tierra distinta, se fundamentó en las historias de los tantos amigos que han marchado. Lisandra es la sumatoria de muchas personas que he querido y algunas de las anécdotas del libro —tamizadas por aquí y allá con un poco de literatura —parten de la fotografía sin par de la realidad (esa que el mejor de los textos se empeña en calcar). Aunque sí, lo reconozco, hay una esencia mía en esa niña, fundamentalmente en su relación con el abuelo, en sus recuerdos de una perrita muerta a la que quiso. Estoy yo en la Lisandra que busca una biblioteca como el mejor consuelo. Pero hay pocos tintes propios de la persona que soy. Mi deseo era mirar, una vez más, hacia el otro, hacia los otros, hacia sus múltiples historias personales, hacia los ángulos de sus verdades.

Por otro lado, mi abuelo —que hace un año mora en el otro lado de la realidad— sí constituye una esencia sólida que me interesaba (y, por demás, me importaba) contener en la novela, no para construir un texto en base a la remembranza ni a modo de homenaje, sino como forma (tal vez sutil) de recordar nuestro tiempo juntos. La realidad no pudo ser constreñida totalmente —ni en el texto ni en la memoria—, pero creo que fue un intento que sí valió la pena.

Resulta esta una nueva entrega literaria para niños, ¿por qué precisamente este público lector? (que además suele ser muy exigente).

Vivo un nuevo momento en mi existencia literaria, que quizás sea también una vuelta a ciertos orígenes y temáticas que hace años eran acuciantes para mí. Han retornado —y circulado— algunos de los asuntos que forman parte del hilo umbilical de mi creación, entre ellos, los vinculados a la escritura para niños y jóvenes. Ya no es un secreto: cuando escribo literatura infantil me siento libre en dimensiones nuevas (dimensiones de palabra, acción, emoción), no dejo que las circunstancias escriturales ni los temas —por difíciles que puedan resultar frente a ojos ajenos— restrinjan, ni se conviertan en escudo que proteja un cascarón vacío (o huevo fecundado).

Hay una extrema importancia en escribir para los niños… y también urgencia, porque su tiempo es el de ahora, y ese ahora tiene tal brevedad que es casi inexistencia. Siempre me ha preocupado crear para ese momento del presente que se escapa en solo un segundo. Siempre me ha ocupado crear para los niños del hoy. El resto es circunstancial, unión de la madeja, de los temas, espacio para un libro: aparece la idea, una se sienta frente a la página en blanco, deja que fluyan las palabras, y sucede. ¿Sucede qué?, eso no sabría decírtelo, porque el producto del acontecimiento siempre es distinto. Pero al menos, sé, no hay inercia. Con El framboyán de las despedidas se han confabulado una serie de acontecimientos que han convertido a este proceso en doblemente especial: amén de todo lo demás mencionado con anterioridad, me interesaba en extremo la posibilidad de hablar sobre Cuba. De la Cuba que es, de la que fue algún día (tal vez cuando yo era niña) y de la Cuba que esencialmente sueño para el futuro. Me correspondía hablar también de los cubanos, del que se ha quedado en este lado de la orilla y del que se encuentra en una de las múltiples costas de este mundo (que es, por demás, circular). Quería escribir un libro para mis amigos que han emigrado y para los amigos que se han quedado, para quienes han olvidado (si algo así es posible) y para los memoriosos. Buscaba hablar de ellos, o al menos intentarlo, y que los niños —los mejores escuchas del universo— me encontraran.

Tú te mueves entre los distintos géneros literarios y entre los públicos. ¿Cómo te resulta el proceso de creación para la literatura infantil? ¿Qué retos te impone como creadora?

El reto es siempre el mismo para cualquier proceso de escritura, no importa su género ni el público para el cual, supuestamente, va dirigido. El reto es develar algún fragmento de la realidad que movilice, que rompa inercias. El reto es encontrar el propio rostro en la escritura y ser franca con el ser humano que eres más allá de la existencia literaria (y ser honesto, a la par, con el ente creador: no traicionar, no escoger la senda corta). También intento —tarea que no se concentra en el lugar común de aquello de “coser y cantar”— decir algo nuevo, y si no nuevo, al menos hallar el ángulo que permita tomar una foto (creativa) valiosa de esa realidad. Odio las repeticiones sin sentido, sobre todo aquellas que apartan de la posibilidad de lo plural, aquellas que contienen al autor en una zona de confianza (que es, en realidad, un espacio de creatividad agonizante). Y aunque el riesgo por el riesgo (dígase la experimentación hueca) tiene el mismo sin sentido que la repetición, como escritora he tratado de aprender —proceso de aprendizaje que no terminará nunca, preveo— la importancia de la renovación, del registro múltiple, de la escapatoria de la zona de “confort”. Mis saltos (si tal pueden llamarse) de un género a otro me dan una ventaja de dos segundos con respecto a eso de huir del estancamiento, y es una ventaja que trato siempre de aprovechar. Cuando regreso a un género, luego de un tiempo de no andar por sus sendas, me preocupo porque el libro en cuestión, sea cual sea, tenga al menos una semilla de diferencia con respecto al anterior.

¿Cómo ves en estos momentos la producción de la literatura infantojuvenil en Cuba? Desde tu gestión de promotora cultural, ¿qué consideras que le falte?

Soy fiel, como lectora, a la obra de pocos autores. Como escritora (y ocasionalmente como crítico) intento librarme de los gustos personales y apreciar las esencias individuales de creadores que se encuentran distantes de mi quehacer y mi hacer, de mi manera de concebir el hecho (el acto) literario. Con eso quiero decir que, en los últimos años, he detectado a algunos nuevos autores —jóvenes en su mayoría— que, hasta el momento, no me han decepcionado: en ellos encuentro, cuando menos, un intento de movilidad.

Percibo que aún se mantiene una mirada ñoña y, hasta cierto punto, que minimiza al niño lector, en mucha de la escritura que se concibe hoy día. Y no califico lo ñoño en base a los asuntos abordados en la obra, que conste, pues no soy defensora a ultranza de los temas “peliagudos” sí porque sí (de hecho, a menudo me parecen vacíos más allá del intento de tocar una temática que pudiera calificarse de conflictiva por algunas mentes mojigatas). Me refiero al simple hecho de que, a menudo, encuentro historias huecas, carentes de alma (asunto que se olvida tanto en defensa de la técnica), telas sin formas que ocultan vacíos. Pero, advierto, que me sucede igual con buena parte de la literatura con independencia de las fronteras de género (y no soy de las descreídas que afirman que todo tema novedoso ya se ha encontrado y que el fin del mundo se halla cerca). El que escribe tiene la responsabilidad de gestar lo nuevo, de movilizar, de rellenar los vacíos con sentido (no con puras hojas secas).

Como promotora cultural —y no es vana la reiteración— encuentro que carecemos precisamente de eso: de un eficiente sistema de promoción de los libros, de la visibilización oportuna de nuestros autores más valiosos dentro y más allá de las fronteras de nuestra Isla; a eso súmesele que sufrimos ocasionalmente de paternalismo editorial y en ocasiones de desinterés. Hay muchas crisis (y no solo de valores) implicadas en procesos semejantes. La crisis fundamental, a mi entender, se gesta en el centro de los vacíos de muchos de los productores de la cultura, del arte, en los gestores, en los creadores; vacíos que son de sentido, sí, pero sobre todo de espiritualidad.

He escuchado a muchos de mis colegas —jóvenes y no tanto— que no se debaten en estos temas. No sé si para ellos carecen de sentido. O tal vez los consideran asuntos tabúes. O, quién sabe, quizás han evolucionado hasta convertirse en ese creador que yo —si la suerte y la fuerza me acompañan— no quiero, jamás, llegar a ser. Hasta hoy me preocupan —y advierto, me seguirán preocupando— las maneras de concebir el arte, de manifestarlo, de promoverlo, de otorgarlo luego a las caras múltiples del público que aguarda por nosotros (al margen de la página final). Hasta hoy me preocupa —en letras mayúsculas— el devenir de nuestra Cuba cultural y la materia espiritual en que cimentamos nación y creación.