Emilio Comas Paret: pionero de la narrativa realista insular

Emilio Comas Paret: pionero de la narrativa realista insular

  • El narrador y periodista Emilio Comas Paret (Caibarién, 1942), asesor de la Vicepresidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Foto tomada de Internet
    El narrador y periodista Emilio Comas Paret (Caibarién, 1942), asesor de la Vicepresidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Foto tomada de Internet

Al poeta, narrador y periodista Emilio Comas Paret (Caibarién, 1942), asesor de la Vicepresidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), me unen indisolubles vínculos, no solo profesionales, sino también afectivos. Razones suficientes para solicitarle esta entrevista con motivo de su 75 cumpleaños.

Comas Paret es el autor de varios libros, publicados en la mayor de las Antillas, así como en Alemania, Argentina, China, España y Rusia, entre otros.

Ha recibido varios premios nacionales y foráneos por su decisivo aporte al desarrollo de las letras cubanas y de la literatura en general, más allá de nuestras fronteras. 

¿Cuénteme fue su infancia; época privilegiada en el ciclo vital humano?

Mi infancia fue complicada, fui un niño enfermizo.

En virtud de que nací en un puerto de mar, vi la playa cuando ya tenía como seis o siete años, cuando un médico increíble, el doctor Castillo (tenía en su consultorio un cheslón y practicaba la hipnosis con los pacientes), me mandó a dar “los nueve baños de mar” reglamentarios, prescritos —en aquel período socio-histórico— por los facultativos para combatir las afecciones respiratorias.

Tendría mucho que narrar sobre esa etapa, pero lo estoy describiendo en un nuevo texto que se debe llamar Cuaderno de bitácora.

El 59 y sus finales lo sorprende en Caibarién ¿qué vivencias recuerda de ese momento histórico?

El día antes de mi llegada a Caibarién, en la esquina de la casa habían asesinado a un muchacho y el pueblo ardía. Yo fui al entierro y cuando el carro fúnebre pasó por la esquina del homicidio, un grupo de jóvenes enarboló una bandera cubana y se entonó el himno nacional. La balacera que se armó fue tremenda. Yo corrí hacia atrás no sé cuántas cuadras.

El día 26 comenzó el combate a las cinco de la mañana. Mientras duró, papá no me dejó salir, pero a las cinco de la tarde, cuando cesaron los disparos, Mercedita, mi vecina, me dio un brazalete del 26 de Julio que tenía escondido, me lo puse y con mi bicicleta fui a ponerme a las órdenes de “El Vaquerito”, quien tenía su comandancia en la estación de radio de Caibarién.

Al otro día trajeron a los soldados del tren blindado de Santa Clara y los metieron en la Playa Militar de Caibarién, y me dieron la misión, junto con otros muchachos, de comprarles comestibles a aquellos soldados; cosa que hice en mi bicicleta durante todo el día.

Luego se fueron las tropas para la batalla de Santa Clara y los camiones con voluntarios del pueblo, pero, claro, yo no fui. 

Triunfa la Revolución y se vincula a ella desde el principio, ¿de qué forma se incorporó al naciente proceso revolucionario?

Ya entonces estaba en el Instituto de Remedios, ingresé en la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), estuve en la Asociación de Estudiantes y ante el llamamiento masivo realizado por la dirección de la Revolución me fui como Brigadista Conrado Benítez a alfabetizar a una región inhóspita, Aridanes, del entonces municipio de Mayajigua. En ese lugar, por el día enseñaba a los niños, porque no había escuela, y por la noche a los adultos.

Entonces un día me mandaron a buscar para iniciar un curso de nivelación en la Universidad Central de Las Villas. Iba a estudiar Ingeniería Eléctrica […].

Terminé graduándome de Calculista Gravimétrico Clase B, disciplina que estudié en La Habana, albergado varios meses en el Hotel Nacional de Cuba. Una verdadera locura.

¿Alguna vez pensó dedicarse a la docencia y cómo llegó a esa decisión?

Nunca pensé ser maestro. Desde chiquito fui gago, luego, con el tiempo y el apoyo de un logopeda, mejoré, pero no tanto como para pararme frente a un aula a impartir clases.

El caso es que pedí la baja del Instituto Cubano de Recursos Marítimos. Era fin de año, tenía una hija y estaba sin trabajo. Mi padre me dijo que no me preocupara, que él se hacía cargo de la familia y de mí, como siempre, pero yo quería algún dinero […]. Mi hermano, a quien le llevo cuatro años, me dijo que su profesora de física de la escuela secundaria básica, donde estudiaba, estaba buscando quien la sustituyera quince días porque quería casarse, me dije, solo son quince días, y no lo pensé dos veces.

Lo hice tan bien que no me dejaron ir de la escuela. Cuando se reincorporó la profesora, me nombraron bibliotecario. Entonces me presenté a una oposición provincial y obtuve una plaza de profesor de Historia y Geografía en otra secundaria básica del pueblo.  

Mientras ejercía como profesor de secundaria básica comienza a escribir, ¿qué lo motivó a seguir esa inspiración?

Yo tengo un viejo amigo, que es algo así como un primo segundo mío, que se llama Rogelio Menéndez Gallo, quien era profesor de Historia, al igual que yo. Todos los miércoles debíamos juntarnos en Caibarién para asistir al Instituto de Superación Educacional (ISE), que nos nivelaba hasta hacernos profesores titulados.

En uno de esos encuentros, Rogelio me enseña unos cuentos que estaba escribiendo, y entonces me dije: yo creo que puedo hacer cosas como las que hace Rogelio, y empecé. Primero plagié un cuento de un escritor uruguayo y traté de ubicarlo en el Caribe cubano, y no me salió mal. Luego pensé que podría escribir sobre los personajes de mi barrio y ahí sale mi primer libro Bajo el cuartel de proa.

Mientras era Asesor Regional de Historia y estudiaba el tercer año en la educación superior ocurrieron acontecimientos que removieron su vida... Bueno, la realidad es que en el año 1975 yo estaba en Caibarién, era miembro del Comité Municipal del Partido Comunista de Cuba (PCC), había ido al Primer Congreso del PCC como delegado, había obtenido el Primer Premio en Cuento en el Concurso Debate Nacional de Talleres Literarios, es decir, estaba en alza, como se dice en la calle.

Así las cosas, en enero de 1976 empezó la situación de Angola, el PCC me pidió que voluntariamente me incorporara como Político a las tropas, y de buenas a primeras me vi en un campamento militar en Matanzas, que le decían La Paloma, con un entrenamiento riguroso, donde aprendí a tirar con cuanto artefacto para matar teníamos a mano, y en 25 días que duró el entrenamiento, perdí 27 libras de peso corporal.

Luego estuve unas horas de pase en Caibarién, donde me recibieron como un héroe sin haber disparado un tiro, y después de estar unos días en las montañas del Escambray con un regimiento de Lucha contra Bandidos, me llevaron a Cárdenas y me montaron en un barco que paradójicamente se llamaba Primer Congreso del PCC, y que ha sido el barco más malo de cuantos he subido, y he subido en algunos. Luego fui a Lobito, Luanda y por último, a Cabinda, donde cumplí mi misión internacionalista.  

¿Cuándo y cómo logras ingresar a la UNEAC?

Cuando regreso de Angola, el PCC me lleva […] como Jefe del Departamento de Ciencias, Cultura y Centros Docentes del Comité Provincial de Sancti Spíritus.

Como en la provincia había algunos buenos escritores, varios buenos músicos y algunos buenos pintores, algún teatrista, etc., en una reunión propuse que hiciéramos la gestión pertinente para constituir la UNEAC en la provincia. Mi planteamiento se aprobó, preparamos la fundamentación y la expuse en una reunión del Departamento en el Comité Central, el cual consultó con el Poeta Nacional Nicolás Guillén, quien aprobó.

Yo no permití que me incluyeran en la relación de miembros, me parecía que podría verse como un oportunismo, y cuando estaba en la antigua Unión Soviética (hoy Rusia), se creó la UNEAC en la provincia.

Cuando regresé, me dieron la noticia de que —por unanimidad de los propuestos— me habían incluido en la lista, y la sede nacional me había aceptado. Por eso soy miembro fundador de la UNEAC de Sancti Spíritus. Creo que fue mejor así. 

Hace ya varios años que trabaja en la UNEAC, ¿cuándo se inició en la institución y qué funciones ha desempañado en su seno?

Estuve cinco o seis años en el Comité Central, y luego, me transfirieron a la UNEAC como vicepresidente del Fondo Económico Literario y Artístico de la propia institución. Un organismo para buscar financiamiento que nunca funcionó y desapareció. Luego, estuve varios años de Director de la Editorial UNION, pasé varios años en la dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura primero y de la Dirección de Aficionados después. Volví a la UNEAC otra vez a dirigir la editorial, ya con el escritor Abel Prieto Jiménez como presidente.

Más tarde fui Jefe de Redacción de la Revista Música Cubana, director del Sitio Web de la UNEAC y ahora que estoy al terminar mis actividades laborales, soy asesor de la Vicepresidencia.

¿Qué lo impulsa a escribir?

Primero que todo la necesidad de comunicarme con la gente, necesito tener contacto con las personas, intercambiar, no pudiera soportar la vida de Robinson Crusoe. Luego, intentar prevalecer en el tiempo y a través de mi obra, aunque quizás yo no pueda verlo, o quizás sí. Irme con la esperanza de que alguno de mis libros alcance notoriedad y les de a los míos la posibilidad del regocijo y algún beneficio económico, que nunca vendrá mal, y que posibilitará que recuerden con más ahínco mis pocas virtudes y nebulicen mis grandes defectos.

Acaba de llegar a los 75 años de vida con buenas condiciones físicas e intelectuales y un dinamismo envidiable para otros de su misma edad. ¿Cómo ve su vida en este momento?

Me deprimo, es condición sine qua non del gremio, pero trato de salir rápido del trauma, porque si persiste llega a enfermarme, quizás me baje el sistema inmune, o sea, las defensas del cuerpo, y en consecuencia, me agarre algún virus, bacteria o agente patógeno. Tengo la experiencia de que cuando terminé La agonía… estuve en cama con fiebre durante varios días.

Las angustias las soporto pensando que los buenos días vividos y los que están por venir, son los únicos que hay que recordar, eliminar los rencores, las venganzas, los odios, todo eso hace mucho bien. Y cuando vengan los problemas, enfrentarlos como en la mar, ponerle proa a la tormenta, pero con el conocimiento de que, en algún momento, la vas a dejar atrás y retornará la calma.

La muerte es una vieja amiga que espera. Recuerdo el excelente cuento Francisca y la muerte, del cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, quien un día me dijo que se había inspirado en un cuento popular búlgaro. Yo quiero que conmigo sea así, que cuando la muerte llegue me encuentre trabajando, haciendo planes, pensando en cómo mejorar el futuro. Y cuando me vaya, ya veremos, no creo que allá la cosa sea tan aburrida como dicen. Quizás se pueda empezar de nuevo, y entonces, volveré a combatir, que es lo que sé hacer. ¿Complacido?