Rosita Fornés: desde niña quise ser artista

Rosita Fornés: desde niña quise ser artista

  • Rosita Fornés ha dejado una huella indeleble en la memoria poética de sus fieles admiradores, tanto cubanos como extranjeros.
    Rosita Fornés ha dejado una huella indeleble en la memoria poética de sus fieles admiradores, tanto cubanos como extranjeros.

La vedette Rosita Fornés (Rosalía Palet, New York, 1923), rebosante de energía positiva por todos los poros de su cuerpo, cumplió este domingo 95 años de vida. Esa —entre otras muchas razones— justifica este diálogo con una de las más populares artistas de todas las épocas y de todos los tiempos.

La principal característica que identifica a la Diva de Cuba y América en los escenarios nacionales y foráneos a donde ha llevado su inmenso arte, es —precisamente— la integralidad, ya que ha incursionado con éxito en los más disímiles géneros dramáticos y líricos.

En el teatro, la radio, la televisión y el cine, no solo de nuestro archipiélago, sino también de mucho más allá de nuestras fronteras geográfico-culturales, ha dejado una huella indeleble en la memoria poética de sus fieles admiradores, tanto cubanos como extranjeros.     

¿Cuál fue la motivación esencial que la llevó a entregarse en cuerpo, mente y alma, al arte, en la acepción más amplia de ese vocablo?

Desde niña, sentí marcada vocación hacia el arte. Eso no lo puedo ocultar. Mis juegos predilectos consistían en mis imaginarias actuaciones frente a un auditorio invisible. Ahora bien, esa inclinación artística, que nació en mi más tierna infancia, comenzó a crecer el día en que me presenté a La corte suprema del arte delante del público y canté La hija de Juan Simón, milonga con la cual gané el primer premio. Eso fue, exactamente, a los 15 años de edad, o sea, en 1938.

En los innumerables géneros en los que usted ha sentado cátedra, ¿cuáles son sus preferidos?

Le confieso, honestamente, que he disfrutado todos los géneros en los que he incursionado, porque los he llevado con gran placer al teatro, a la radio, al cine, a la televisión; medios donde —en infinidad de ocasiones— me he presentado […].

Por otra parte, fue la época en que comenzó mi desarrollo artístico-profesional. Se trabajaba mucho y tenía que hacer de todo. No le puedo decir en cuál me sentía mejor. Cuando uno sale al escenario, cualquiera que sea, lo haces para entregar lo mejor de ti [...]. Como el público siempre me ha recibido con cariño, admiración y respeto, me he sentido como pez en el agua en todos y cada uno de los géneros que he cultivado.

¿En cuál o cuáles de sus múltiples facetas se ha sentido mucho más segura o con mayor dominio?

No me avergüenza confesarle que he sido —y soy— muy atrevida. Consecuentemente, aceptaba desempeñar papeles en algunas obras sin haberlos interpretado nunca. A veces, me preguntaba: ¿Me saldrá bien?, y resultaba que sí, que tenía éxito, y fíjese, nunca pensé —ni pienso— que todo me quedaba bien. Al contrario, he sido muy crítica conmigo misma. Hubo actuaciones en las que, una vez finalizada mi intervención, me autocriticaba: Caramba, aquí no estuve bien, debí hacerlo de otra forma; quizás me hubiera salido mejor.

Pero, gracias a Dios, he tenido carisma, ángel o duende (así le llamaba el poeta, escritor y dramaturgo granadino Federico García Lorca), le agrado a la gente, tuve esa suerte; se hacen de la «vista gorda» con las equivocaciones […] cuando las hay, y hasta las aplauden para congratularme. Ese ha sido un peligro real y potencial contra el que he tenido que luchar —a brazo partido— para no perder calidad.

¿Alguna vez tuvo en mente hacer ópera o ese género quedó fuera de su currículum vitae porque nunca se le presentó la oportunidad? ¿Existe en usted alguna frustración con respecto a ello?

Cuando se inauguró la primera temporada del Teatro Lírico Nacional, en la década del sesenta del pasado siglo, hicimos más de cien funciones de Luisa Fernanda, otro tanto de La viuda alegre […], y luego de dirigirme en La revoltosa, el maestro Félix Guerrero (1916-2001) se acercó a mí y me pidió que me aprendiera la Carmen de Bizet. ¡Imagínese!

Yo conocía la obra, la había oído mucho desde pequeña, porque en mi casa se escuchaba mucha ópera, y le dije: Maestro, la Carmen es un peligro muy grande para mí. Además, no podía competir con las magníficas voces que teníamos en aquel momento. Yo soy cantante de operetas y zarzuelas, no de ópera. Él trató de convencerme con el pretexto de que el personaje no solo debe cantar, sino actuar. Insistió mucho, pero no, no la hice [...].

La ópera es un género que respeto mucho. Además, conozco mis limitaciones y sé decantar muy bien hasta dónde puedo llegar y hasta dónde no. ¿Satisfecho?

¿Hubo alguna contradicción intrapsíquica entre su yo, el auténtico el verdadero (Rosalía Palet, tal y como aparece en su inscripción de nacimiento), y el artístico (Rosita Fornés)?

Estoy convencida de que el yo íntimo y el yo artístico jamás entraron en ningún tipo de conflicto, porque tanto Rosalía Palet como Rosita Fornés queríamos ser artistas, y cuando se realizó ese hermoso sueño, fuimos la misma persona.

¿Cómo enfrenta la senectud una mujer que ha sido símbolo inequívoco de belleza corporal, psíquica y espiritual?

¿Símbolo yo? Me acabo de enterar ahora con esa pregunta que usted me formula. No creo que lo sea, nunca me he creído bella. Atractiva sí, y como soy muy presumida —a mis noventa y cinco años de edad todavía lo soy— he dado una buena imagen (o look, como dicen los jóvenes de hoy).  Salgo bien arreglada, y las personas me dicen: “ ¡Ay, qué bien se ve!” […]. He sido, le reitero, muy atractiva, el conjunto me ha hecho lucir bien, pero bella […], jamás.

¿Le parece que en los vericuetos más intrincados de la psiquis y el espíritu humanos tiene alguna deuda o frustración artística?
¿Deuda? ¿Frustración? [...] No… no recuerdo, por lo menos de manera consciente; inconsciente no sé, porque no acostumbro a explorar esos rincones oscuros de la mente humana, donde se oculta la Caja de Pandora, que toda persona lleva dentro de sí, y que es preferible no abrir, para no liberar los demonios que ahí se esconden.

Puede que algunas veces no haya estado bien en una obra, en una actuación, y no haya logrado el resultado que esperaba. Una obra se compone de muchos factores humanos; y a veces, no todos tenemos el mismo lucimiento, y tú dices: Ay, qué lástima, no estuve bien.

Mi vida entera la he dedicado a mi carrera artístico-profesional […]. No me puedo quejar ni lamentar por nada de lo que me ha ocurrido, porque he sido —sin ningún género de duda— una afortunada.

¿Podría relatarles a los lectores alguna anécdota que haya quedado registrada en su archivo mnémico?

¡Cuántas cosas no me habrán sucedido durante más de setenta años de carrera! Ahora, evoco una muy simpática.

Después de haber hecho en Cuba muchas veces la zarzuela Luisa Fernanda, fui a México para debutar como vedette, y estaba centralizando una revista en el teatro Arbezu del D.F., cuando, al llegar a mi camerino, finalizada la actuación, encuentro a dos señores muy respetables (yo iba vestida de bataclán). Esos señores, que resultaron ser el maestro Federico Moreno Torroba (1891-1982) y el libretista Guillermo Fernández Shaw (1893-1965), autores de Luisa Fernanda, me dicen: “Rosita, hemos venido a conocer a nuestra mejor Duquesa Carolina”.

No es capaz de imaginar la emoción que experimenté cuando me dijeron eso. De inmediato, me di cuenta de la indumentaria que llevaba, por lo que solo atiné a asegurarles que cuando hacía la Carolina no usaba trusa. ¡Todos nos reímos muchísimo!

Una penúltima pregunta, ¿Qué representa para usted ser artista?

Ser artista representa, al menos para mí, amar y respetar todo lo que hago en las tablas; y en particular al público, que es nuestra principal razón de ser y existir. ¿Satisfecho?