Agujeros en el tejido de la realidad

26 Feria Internacional del Libro de La Habana

Agujeros en el tejido de la realidad

  • Diseño de cubierta, por Ediciones UNIÓN.
    Diseño de cubierta, por Ediciones UNIÓN.

Qué es un cuento? ¿Para qué sirven los cuentos?

Muchas y a menudo confusas son las definiciones que se han dado de este género literario. Digamos, para evadir el problema, que un cuento es una especie de agujero. Un agujero pequeño en el tejido de la realidad.

Si usted es una de esas personas que viven satisfechas en su realidad, uno de esos que nunca se preguntan qué hay más allá de su nariz, o cómo fue antes el mundo, o cómo será mañana, si usted es de esos para quienes imaginar es solo una pérdida de tiempo, quizás preguntará:“¿Para qué sirven los cuentos?”. Y no porque le interese saber, sino para enseguida lanzarnos su amarga respuesta: “No sirven para nada”.

Pero ya sabemos que usted no es una de esas personas, porque esas personas no existen.

Y es que todos nos hemos asomado alguna vez a esos pequeños agujeros para atisbar otros mundos más o menos fantásticos, más o menos exóticos. Todos traemos desde la niñez una semilla de inquietud, un deseo soñador, una curiosidad por mirar a través del tejido de la realidad en que vivimos. Incluso podría afirmarse que, de cierta forma, todos estamos sumergidos en un inmenso cuento.

Porque la realidad, cada una de nuestras realidades, es eso justamente: un cuento largo y a ratos absurdo, o dramático, o triste, que hemos venido construyendo día tras día con fragmentos de otros cuentos. Cuentos que la gente nos hace, cuentos que tejemos como una esfera perfecta en torno nuestro, una esfera confortable que nos protege del vacío o del asedio de otras realidades que se ciernen sobre esta, como capas en una cebolla.

Pero los cuentos, los buenos cuentos, son ventanas en esa red que de tanto proteger nos asfixia.

Pero los cuentos, los buenos cuentos, son ventanas en esa red que de tanto proteger nos asfixia, y que en su afán de confortarnos no hace sino engañar. Los buenos cuentos son agujeros y son también espejos, raros espejos que permiten descubrir, reflejado en el ajeno rostro de un personaje ficticio, algo de nuestro propio rostro: agradable o no, pero en todo caso revelador, porque todo cuento nos deja siempre algo, una duda, una sorpresa, una sacudida que nos aguza la atención. Porque hasta el más simple de los cuentos es más que un mero pasatiempo, es una llamada de otro mundo.

¿Y qué es entonces un libro de cuentos, qué es esta antología de relatos canadienses que se nos ofrece con un título frío:Desde el invierno. Veintitrés cuentos canadienses?

Es un puñado de minúsculos agujeros a través de los cuales nos llega la luz de otro lugar, un lugar distante y glacial aunque, paradójicamente, cálido y reconocible. Un puñado de agujeros que son como estrellas en la oscuridad de la noche, una constelación de escenas breves, de vidas lejanas que, no obstante la lejanía, sufren, añoran y aman lo mismo que nosotros. Porque un buen cuento es siempre una imagen en la que reconocemos lo que somos, o acaso lo que podríamos ser, o lo que hay de común entre nosotros y el resto de los humanos. Es un puente tendido entre una y otra realidad.

Esta antología viene a ser apenas un agujero, una ventana hacia el paisaje mucho más vasto de la literatura canadiense.

En su introducción a esta antología que los compiladores pensaron para el público cubano en 1996 y que se reedita ahora, Margaret Atwood y Graeme Gibson apuntan ciertos elementos generales de la vida en el Canadá actual: la diversidad de lenguas, la multiculturalidad, el peso del clima gélido y de esa enorme extensión territorial casi desierta sobre el carácter de sus habitantes, la influencia a veces incómoda de su vecino del sur. Explican sobre los inevitables límites de la selección: solo 23 autores contemporáneos, narradores de habla inglesa. De modo que, aunque no se quisiera así, esta antología viene a ser apenas un agujero, una ventana hacia el paisaje mucho más vasto de la literatura canadiense, una invitación a buscar, a explorar ese territorio inmenso que es su cultura.

La mayor virtud que puede tener una antología es precisamente servir como puerta: invitar, incitar, despertar la curiosidad de quien lee, provocar el deseo de seguir conociendo y dialogando con ese mundo que se nos insinúa allende el pequeño agujero de un cuento. Esta colección de relatos sin dudas logra ese propósito.

Nota: Palabras leídas para presentar la antología Desde el invierno. Veintitrés cuentos canadienses, compilada por Margaret Atwood y Graeme Gibson, y publicada por Ediciones UNIÓN.
 
Por Daniel Díaz Mantilla
Tomado de la Jiribilla