Allende y su último combate como soldado de la dignidad latinoamericana

Allende y su último combate como soldado de la dignidad latinoamericana

  • Salvador Allende.
    Salvador Allende.

El gobernante civilista se transformó en un soldado, con las armas en las manos, para defender los derechos del pueblo y sacrificar su vida para hacer realidad el juramento reiterado varias veces ante su pueblo.

Este año se ha conmemorado el 43 aniversario de la muerte heroica en combate del presidente Salvador Allende, el salvador salvado por la historia, quien fuera victima del artero golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Factores internos y externos jugaron su papel nefasto para impedir el desarrollo de la primera experiencia del arribo al poder y la esperanza de construcción del socialismo por la vía pacífica y tradicional del juego político de la democracia representativa.

Como expresara certeramente Fidel dos años antes, en el estadio nacional de Santiago de Chile, el 2 de diciembre de 1971, al término de su visita al país, “en Chile está ocurriendo un proceso único. Algo más que único: ¡insólito!, ¡insólito! Es el proceso de un cambio. Es un proceso revolucionario donde los revolucionarios tratan de llevar adelante los cambios pacíficamente. Un proceso único, prácticamente el primero en la historia de la humanidad —no decimos en la historia de las sociedades contemporáneas—, único en la historia de la humanidad, donde tratan de llevar a cabo el proceso revolucionario por los cánones legales y constitucionales, mediante las propias leyes establecidas por la sociedad o por el sistema reaccionario, mediante el propio mecanismo, mediante las propias formas que los explotadores crearon para mantener su dominación de clase.

Ahora bien: la cuestión que obviamente se plantea —visto por un visitante este proceso— es si acaso se cumplirá o no la ley histórica de la resistencia y de la violencia de los explotadores. Porque hemos dicho que no existe en la historia ningún caso en que los reaccionarios, los explotadores, los privilegiados de un sistema social, se resignen al cambio, se resignen pacíficamente a los cambios”.

Por su parte, Allende en su primer discurso la noche del 4 de septiembre de 1970, una vez confirmada su victoria como candidato presidencial, expresó algunas ideas que es válido recordar en esta ocasión, como lo será también las ideas pronunciadas momentos antes de su muerte, el 11 de septiembre de 1973.

“¡Qué significativa es, más que las palabras, la presencia del pueblo de Santiago, que interpretando a la inmensa mayoría de los chilenos, se congregan para festejar la victoria que alcanzamos limpiamente, el día de hoy, victoria que abre un camino nuevo para la patria, y cuyo principal actor es el pueblo de Chile aquí congregado!

Le debo este triunfo al pueblo de Chile, que entrará conmigo a La Moneda el 4 de noviembre.

La victoria alcanzada por ustedes tiene una honda significación nacional. Desde aquí declaro, solemnemente que respetaré los derechos de todos los chilenos. Pero también declaro y quiero que lo sepan definitivamente, que al llegar a La Moneda, y siendo el pueblo gobierno, cumpliremos el compromiso histórico que hemos contraído, de convertir en realidad el programa de la Unidad Popular.

Pero, si no tenemos un pequeño propósito de venganza, de ninguna manera, vamos a claudicar, a comerciar el programa de la Unidad Popular, que fue la bandera del primer gobierno auténticamente democrático, popular, nacional, y revolucionario de la historia de Chile.

Hemos triunfado para derrocar definitivamente la explotación imperialista, para terminar con los monopolios, para hacer una profunda reforma agraria, para controlar el comercio de exportación e importación, para nacionalizar, en fin, el crédito, pilares todos que harán factible el progreso de Chile, creando el capital social que impulsará nuestro desarrollo.

Lo he dicho: mi único anhelo es ser para ustedes el compañero Presidente.

Chile abre un camino que otros pueblos de América y del mundo podrán seguir… y abrirá el cauce para que los pueblos puedan ser libres y puedan construir su propio destino.

Solo quiero señalar ante la historia el hecho trascendental que ustedes han realizado, derrotando la soberbia del dinero, la presión y amenaza, la información deformada, la campaña del terror, de la insidia y la maldad…, juntos, con el esfuerzo de ustedes vamos a hacer un gobierno revolucionario.

La revolución no implica destruir sino construir, no implica arrasar sino edificar; y el pueblo chileno está preparado para esa gran tarea en esa hora trascendente de nuestra vida.

Este triunfo debemos tributarlo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la Revolución chilena que vamos a realizar.

En cuanto al no reconocimiento de la victoria por la derecha más reaccionaria, Allende subrayó: “Pero ella no será jamás capaz de reconocer la grandeza que tiene el pueblo en sus luchas, nacida de su dolor y de su esperanza… En nuestro discurso lo dijimos: somos los herederos de los padres de la patria y juntos haremos la segunda independencia: la independencia económica de Chile.

“A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero Presidente”.

Son muchas las verdades que tienen que ser rescatadas en nuestra América y proclamadas como patrimonio común. Allende legó a Chile, tanto en su primer discurso del 4 de septiembre de 1970 como en su último discurso del 11 de septiembre de 1973, y en especial en ese breve, sereno y profético mensaje antes de morir, unas ideas que deben quedar como una huella indeleble en las conciencias y en el espíritu de sus ciudadanos.

Primero que todo resalta el destinatario del mensaje, es decir, los trabajadores y el pueblo de Chile. En segundo lugar, su convicción firme, en medio de la vorágine y la tempestad que desataba la traición, de la fe y la confianza en los destinos futuros de Chile. En tercer lugar, el vaticinio revolucionario basado en la firme creencia y convicción de que la resistencia del pueblo vencería a la larga aquel “momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse”. En cuarto lugar, vislumbraba en su mensaje, la época nueva en que, una vez derrotada la reacción, “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Era la predicción de Allende sobre el triunfo posible de su causa en el futuro, y la conversión de sus sueños en una realidad. En quinto lugar, reafirmó sus ansias de vivas para Chile, el pueblo y los trabajadores como eternos protagonistas de su historia. Finalmente, en sexto lugar, expresó su certeza de que su sacrificio no sería en vano, y que el futuro castigaría al menos moralmente la felonía, la cobardía y la traición de aquellos que pretendían entronizar la política de odio y crimen.

En pocos momentos de la historia, un hombre, enfrentado a un destino adverso y en urgente agonía, ha reflejado con tanta clarividencia el sentido mayor de su vida dispuesta a la inmolación por el presente y futuro de su país.

Allende dejó un legado de trascendencia histórica para su país y el mundo. Esta significación especial se sustenta en varias razones como las siguientes: demostró el valor sublime de un político auténtico y su gran amor por la causa de su pueblo, frente a la fuerza bruta de los traidores; puso de manifiesto la consecuencia existente entre su juramento y declaraciones publicas al pueblo durante su mandato y su decisión de morir dignamente por hacerlos verdaderos; hizo patente que en un revolucionario socialista auténtico hay mas dignidad y honor que en todos los fascistas y traidores juntos, defensores a ultranza de la democracia burguesa; demostró que los sueños e ideales de los revolucionarios verdaderos, constituyen, a la luz del futuro, el alma y el aliento de la vida de los pueblos y, finalmente, el gobernante civilista se transformó en un soldado, con las armas en las manos, para defender los derechos del pueblo y sacrificar su vida para hacer realidad el juramento reiterado varias veces ante su pueblo.

Todo esto encierra la vida, la obra fecunda y la muerte heroica de Salvador Allende. Un salvador del pueblo cuya vida fue tronchada prematuramente por una conspiración reaccionaria y llevada a cabo por fascistas chilenos e imperialistas norteamericanos. La historia en su decurso reivindicador ha salvado a Allende de su derrota y sacrificio en aquel nefasto día del golpe de estado. Hoy Allende es un paradigma como revolucionario visionario y consecuente. Sus asesinos han desaparecido o desaparecerán, sepultados en su propio estercolero e infamia, con la mácula del repudio del pueblo chileno y del resto del mundo.

La historia, rica de las proezas de los mejores hombres en su lucha del bien contra el mal, ha dado tempranamente su fallo perdurable, ha salvado a Salvador Allende y le ha colocado triunfante justamente frente a La Moneda y de pie en las grandes alamedas por donde marchan y marcharán en forma cada vez más multitudinaria los hombres libres de hoy y del mañana.

Después de una larga pesadilla bajo la dictadura genocida de Pinochet, el pueblo de Chile ha podido reivindicar a Salvador Allende. Sin embargo, aún nos quedan una tristeza y una rabia tremendas, que nos hace exclamar, tal como dijera un grande de América, “¡Ah!, si se pudiera borrar la historia, si se pudiera sin ser injusto hacer de manera que los recuerdos de un pasado amarguísimo no estuvieran siempre latentes en el corazón y en la mente del pueblo”. Y es que a pesar de todo lo alcanzado después del derrumbe, que no de su desmantelamiento pleno, de la era Pinochet, aun nos quedan las ansias de justicia y del esclarecimiento de tantas verdades políticas ocultas.

En cuanto al final heroico de Allende aquel día aciago, Fidel expresó su criterio sobre el pronunciamiento de Allende en su intervención aquel 2 de diciembre de 1971:

“Hay algo que nos impresionó hoy profundamente, y fueron las palabras del Presidente, en especial cuando reafirmó esa voluntad de defender la causa del pueblo y la voluntad del pueblo. En especial cuando pronunció esa épica frase: que era Presidente por voluntad del pueblo y que su deber lo cumpliría hasta el día en que cumpliera su mandato o lo sacaran muerto del Palacio Presidencial. Y quienes lo conocemos, quienes lo conocemos, sabemos que el Presidente no es hombre de frases, que es hombre de hechos. Quienes conocemos su carácter sabemos que así es.

“Y cuando se cuenta con ese sentido de la dignidad, cuando el pueblo sabe que puede confiar en el hombre que hoy lo representa y que de tal manera pronuncia en esa lacónica frase su decisión de resistir los intentos del enemigo exterior, en complicidad con los reaccionarios interiores: cuando el pueblo puede contar con eso y cuando los enemigos saben eso, ya eso constituye una seguridad, una confianza, una bandera.”

En conclusión, hoy como mañana, Salvador Allende es y será una bandera que flota sobre nuestras tierras junto a las banderas específicas de cada uno de los países de nuestra América.