Así no, Sr. Obama

Así no, Sr. Obama

Así no se puede, Sr. Obama. Si Estados Unidos ha de cambiar en sus relaciones con nuestros pueblos, esa nos es la vía ni la forma.

Es un hecho reconocible que ante la cercanía de la próxima celebración de la Cumbre de las Américas en Panamá, los Estados Unidos no tenían otra alternativa que distender las relaciones con América Latina y el Caribe si quería mantener la existencia de este mecanismo continental que había concebido con la exclusión de Cuba. Su aislamiento a nivel internacional con relación al tema Cuba no solo amenazaba a las cumbres, sino que ya también la OEA debía poner sus barbas en remojo. Y todo esto reflejaba la condena casi total al bloqueo económico, comercial y financiero en la Asamblea General de las Naciones Unidos. Esos fracasos en la arena internacional contribuían al desprestigio de la política interna y externa de Estados Unidos, sin otra ganancia o beneficio que dificultarle la vida al pueblo cubano, y, en cierta medida, a sectores cada vez más crecientes del pueblo norteamericano y de otros países que aspiraban a relacionarse con Cuba.

Ante esta realidad incontrovertible era necesario, y se puede afirmar que de vida o muerte, reconocer el fracaso de esa estrategia diseñada desde hace más de cincuenta años para destruir a la revolución cubana, y rediseñar otra estrategia cuyos visos se pueden adivinar en el horizonte, pero que todo el mundo que aspiraba a cambios beneficiosos y pacíficos en la región, han saludado como civilizados y razonables, útiles y trascendentes no sólo para las Américas sino para todo el mundo.

Por eso, tras el anuncio de las conversaciones entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba para el restablecimiento de las relaciones entre los dos países, y las acciones y gestos acompañantes, uno se esperaba la existencia de un clima propicio para el intercambio, entendimiento y la cooperación entre los países participantes en la cumbre próxima. Sin embargo, la estrategia lanzada simultáneamente por el gobierno de los Estados Unidos contra Venezuela —primero, por el involucramiento del personal de la embajada estadounidense en un posible golpe de estado en marcha contra el presidente Maduro, y, segundo, por la declaración de Venezuela como “peligro para la seguridad nacional” de los Estados Unidos, realizada por el presidente Obama, con el anuncio de amenazas y medidas y acciones agresivas—, complica y caldea todas las posibles manifestaciones de convivencia armónica entre los integrantes de los polos de naciones de las Américas. A un mes de la cita en Panamá, Obama azuza las discordias entre el Norte y el Sur, y retrotrae el proceso a un grado semejante al que implantó los Estados Unidos contra Cuba cuando impusieron la ruptura de relaciones con ella, sobre bases y fundamentos ficticios. 

Así no se puede cambiar la imagen imperial de los Estados Unidos por parte de los países de la América Latina y el Caribe, ni pensar que se acabaron los tiempos de amenazas e intervenciones atentatorias de la soberanía de nuestras naciones ni considerar que ya no se es patio trasero para la potencia del norte ni que se está dispuesto de buena fe a mantener relaciones respetuosas y normales, y como estados iguales según La carta de las Naciones Unidas, con nuestros pueblos, ni… ni… ni… etcétera.

Así no se puede, Sr. Obama. Si Estados Unidos ha de cambiar en sus relaciones con nuestros pueblos, esa nos es la vía ni la forma. El siglo XXI requiere de una era sin injerencia, sin amenazas, sin agresiones y, en fin, de una paz verdadera.