Bendita lluvia: Adrián Berazaín

Bendita lluvia: Adrián Berazaín

Casi 30 minutos, para ser exactos, 28, pasadas las nueve de la noche comienza el concierto. Un poco más de 100 personas en los lunetarios. Ninguno supo el porqué de la demora. Tampoco se da una explicación. Afuera la lluvia es la causante de que no estuviese lleno el teatro. Estoy convencido de que muchas más personas sabían del concierto.

El telón ya está abierto. Los músicos entran, agarran sus instrumentos. Entra Adrián Berazaín (1983) con un utilero para colocarle la guitarra y la línea, y el público aplaude. El pueblo joven avileño sabe reconocer a sus músicos.

El cantautor está vestido al estilo de un lumbersexual. Camisa de cuadros roja y verde, con algo de negro. Un jeans como lo usábamos en los años 80´ y unos zapatos cerrados. El pelo, apenas largo en la parte superior, es el pretexto para llevarse la mano a la cabeza en varias oportunidades.

El primer tema arranca al estilo “marcha” de los AC/DC. La banda es de cuatro: guitarra líder, bajo, batería, voz y guitarra acompañante, más armónica. También hay una máquina de sonido, pero esa tal vez no sea parte del grupo.

Hay un vacío musical que empieza cuando no se escucha la guitarra acompañante, la que ejecuta Adrián Berazaín. Él hace los intentos, parece tocar con deseos, pero no se oye. Pareciera que nadie, ni él mismo, se dan cuenta. Entonces su voz aparece apenas por encima de los instrumentos.

La acústica de este Teatro Principal avileño, los sonidos del aire acondicionado, la mala ecualización, el deterioro de los equipos amplificadores y una mala referencia en el escenario, pueden ser destructores de cualquier espectáculo.

Con la llegada del segundo tema, una balada, pensé que la estructura de aquel concierto iba a ir por los senderos habituales de sus discos: una canción arriba, otra balada, vuelve una arribita, y así…

Pero no hubo tal estructura. Como no hubo palabras de Adrián para ese público avileño que pudo ser más numeroso, pero estaba la lluvia todavía allá afuera. Y nadie tenía la culpa. Pero el público avileño se porta a la altura del momento. Sabe discernir entre molestarse o aprovechar la noche. Aprovecha esa noche de sábado once de noviembre y tararea la tercera canción que no supe nunca su nombre porque nunca se dijo.

Adrián solo se limita a empezar y terminar canción tras canción y como que no quiere que la gente aplauda, porque cuando termina un tema casi de inmediato arranca con el otro, como decimos en el teatro “fajado” con el público.

Sigue apenas audible su voz. Algunas personas a mí alrededor lo gritan. Su guitarra nunca dijo ni un solo acorde.

No fue hasta la séptima canción que Adrián Berazaín se dirige al público avileño, da las buenas noches al invitado del concierto, Mauricio Figueral. Y hasta el avileño de más edad aplaude, porque ese nombre suena, y suena distinto.

Es el momento en que el concierto se torna más comunicativo. Mauricio le habla a su público. Consigue arrancarle unas sonrisas, unos guiños pícaros. Sus tres canciones baten alas por entre los peinados y despeinados. Algunos tararean y otros aplauden acompasadamente. La guitarra de Mauricio sí se escucha, no será la mejor, pero al menos participa.

Como una hora después de haberse iniciado el concierto Adrián ha cantado siete canciones y su invitado tres.

Con una especie de verso rimado a medio hacerse, Mauricio anuncia que Adrián Berazaín regresa a escena. Reaparece el cantante y su utilero que le vuelve a colocar la guitarra y la línea.

Arranca con una canción que es ovacionada por los más de cien oídos presentes. Por encima de lo conocido (2014). Suena la armónica, pero la guitarra sigue muda.

Cuando canta un tema tan “pequeñito” como Si te hago canción (2014), es cuando menos se le oye la voz. A pesar de que en esta segunda parte del concierto se ve a un Adrián Berazaín más dispuesto, y un tanto más comunicativo. Por eso se lleva la mano al pelo muchas más veces que al principio e interactúa con el guitarrista Alonso.

Es un concierto estático. Los músicos, salvo el guitarrista, se mueven solo lo necesario. Y esto frena el espectáculo. Visualmente, lo vuelve aburrido, monótono.

Y aunque pareciera que la música amerita un poco de juego de luces al menos, porque el género lo lleva, todo se queda en la sobriedad de las canciones. Solo los riffs de Alonso, sus improvisaciones, parecen robarse el show. Tony, en la batería, tiene problemas técnicos, por lo que parece que no puede hacer alardes de improvisación.

Adrián Berazaín, ya en los minutos finales, sabe hacer que la gente interactúe con sus canciones y les pide que hagan coro. Los avileños le hacen y lo hacen bien. De inmediato, se quedan maravillados con la canción que el joven interpretara en su nuevo álbum junto al maestro de multitudes Silvio Rodríguez Separadamente juntos (2017).

Es una canción bien interesante. Intimista por naturaleza que amerita sentarse a escucharla, pero no en este escenario. Muy pocos han tenido la oportunidad de oírla, lo que prácticamente se convierte en un estreno. Y gusta.

El club de los corazones rotos (2011) empieza doblando ovaciones. Consigue una atmósfera bien elegante y la gente se engancha con la canción. La tararea. Pienso, así debió empezar el concierto.

No sé si esta es la primera Gira Nacional de Adrián Berazaín, pero debiera concentrarse más en el espectáculo. No tanto en la creación de pirotecnia, sino, más bien, en conseguir entablar espacios de comunicación con el público desde la canción. Para ello existen herramientas.

El concierto termina con Por una camarera, a dúo con Mauricio. La gente está de pie y mueve la cabeza rítmicamente. Ya para entonces Adrián ha dejado de tocar su guitarra. Yo me pongo de pie, cojo el paraguas y salgo del teatro. Afuera llueve. Bendita lluvia.