Capitán Fantástico: otro castillo de cristal

Capitán Fantástico: otro castillo de cristal

Las relaciones paternofiliales, ítem dilecto de la creación audiovisual, dentro del cine norteamericano han observado en ese territorio temático de la familia pobre que viaja a la buena de Dios, los tiempos y la aventura, un cauce próvido para a la larga establecer ajustes de cuentas intergeneracionales de vástagos —afincados en el presente a los pendones del status quo y el stablishment— con progenitores “descarriados”, soñadores, utópicos en su pasado. Padres estos representantes, según la mirada de esos hijos subsumidos por el sistema que antagonizaban aquellos, de un orden de cosas y decálogos de valores, sino hueros o fútiles, cuando menos naives o hasta pueriles, desde el prisma de los descendientes. O sea, descalificación por condescendencia, pura lástima o “superación práctica”.

Así, en películas como la reciente El castillo de cristal (Destin Daniel Cretton, 2017), cuyo relato entronca con el modelo antes referido, la modulación ideológica tiende a registros de interpretación de los fenómenos narrados que abjuran de las “quimeras” de la contracultura, el hippismo, los aires de Woodstock y Mayo del ´68, a favor de la normativa cultural y las pautas de percepción dominantes desde el corazón de centros de poder encargados, a través de su aparato de pensamiento, de empequeñecer o anular cuanto subyace aún de tales ardores.

E, inevitablemente, pese a algunas diferencias en los motivos que animan a los dos paterfamilias personajes centrales de cada título —y de divergencias tanto en la metodología e identificación de los miembros de los dos núcleos familiares con el estilo de vida asumido, como en las formas de traducir la realidad—, El castillo de cristal remite a Capitán Fantástico (Captain Fantastic, Matt Ross, 2016), en su acercamiento a esta familia nómada de padres e hijos menores que reniega de la vida “normal” en las ciudades.

La familia de Capitán Fantástico (uno de los estrenos fílmicos de la semana en Cuba) prescinde de todas las comodidades de la modernidad para optar por un modo de vida de contacto abierto con la naturaleza, consumo de los alimentos que de esta provienen directamente en su granja autosustentable en el bosque, entrenamiento físico permanente y adquisición de saberes por la vía originaria de los libros.

A la manera de Harrison Ford en La costa de los mosquitos (Peter Weir, 1986), Ben (Viggo Mortensen) se aparta de todo vestigio de sociedad. Él cría a sus seis hijos en la foresta, en medio de una prédica de pátina anticapitalista y rechazo del consumismo estadounidense, con preceptos dignos del Manual de supervivencia de Werner Herzog. Cero internet, pero sí conocimiento total de la Constitución de los Estados Unidos; sin rap pero con Bach. Sin electricidad, televisión, comida chatarra, celulares. No celebran la Navidad, mas sí ¡el cumpleaños de Noam Chomsky ¡A la manera de Nanook, el esquimal del documental de Robert Flaherty, cazan para su subsistencia, pero respetando el orden natural de los ecosistemas…

Si bien su conservadurismo es mucho menos expedito y la simpatía con la cual Matt Ross mira (en el guion también escrito por sí) a este singular grupo humano de los padres e hijos de Capitán Fantástico resulta más apreciable que la de Destin Daniel Cretton en El castillo de cristal, sin embargo a la postre la propuesta no será lo tan “revolucionaria” que parece, ni tan claro el proceso de identificación del gestor del relato con los personajes.

No caben dudas de que Ross incordia señales del patrón depredador de consumo de los Estados Unidos, de su fundamentalismo religioso y de la ignorancia que se está empoderando allí a escala dominante, aunque las alternativas propuestas en el relato tambalearán en el sentido de ser comprendidas como factibles o como contrapropuesta aplicable por parte del espectador de ese país, dadas ciertas herramientas dramáticas empleadas para graficarlas.

El ingreso de la madre en un hospital más su posterior suicidio compelen a Ben y su tropa a variar su rutina, al conectar con los mecanismos de un mundo exterior en donde los abuelos maternos de los chiquillos viven en acaudalada mansión. El encontronazo cosmogónico, más que choque cultural, entre el patriarca del bosque y el patriarca de la mansión, en primera instancia, simularía apostar a la idea de reforzar los valores del primero; no obstante, por decantación y confrontación, en verdad sean puestos en entredicho.

A esta altura del relato, el guion acomoda sus fichas, de manera que cuando el receptor ubica en perspectiva el concepto defendido en el bosque, aun sin ser impugnado de forma abierta en ningún momento, sufre una inoculación de ambigüedad que relativiza su nobleza prístina y sobre todo su argamasa sentimental.

En esta zona de focalización urbanita del filme, además, se potencia subliminalmente la idea de lo disruptivo y traumático que puede ser el credo radical de Ben, de cara a cualquier socialización/integración de sus retoños. Por ende, un anatema velado a cualquier amago posible de (auto) exclusión o salida del redil.

El entendido de familia encostrado al imaginario del espectador norteamericano por conducto de su audiovisual tampoco se ajusta con la tesis de padres que traten a sus hijos como adultos y no le destinen un solitario “te quiero” a lo largo de sus vidas; ni que un yerno desvíe a su esposa del contacto con el padre de ella, suegro suyo, a través del tiempo. Ni que un progenitor se finja infartado en el supermercado para distraer la atención y su prole pueda robar, o que ponga en peligro a uno de sus pequeños encomendándole riesgosa misión…, que es en la práctica cuanto hace, con independencia de sus motivos, Ben con su muchachos, más allá de todas las nociones éticas y conocimientos prácticos e intelectuales transmitidos a ellos; y con su compañera, más allá de la comunión espiritual y el amor existente entre ambos.

Ese foso sentimental tiende trampas en la validación por parte del narratario, sobre todo el interno norteamericano, del canon Ben y de cierta forma lo elide por aproximación y de paso lo machihembra desde el costado más emotivo a cosmovisiones pretéritas, ya “superadas” por “afuncionales” o “inoperantes”, para en el mejor de los casos atisbarlo tan solo cual la expresión tardía de un pintoresquismo social “progre” que muy escasa relación guarda con las tablas de la ley en vigor hoy en dicho país.

Lo más curioso y cruel es que esto se hace en un producto que, a primera lectura, hasta asemejaría una rara avis izquierdista, la fulgurante tesis “liberal” de un socialista programático en Hollywood. Mas, lo que en presunción iría camino de reivindicar al sentimiento maverick de ese antisistema natural nombrado Ben, se neutraliza entre sutiles pinceladas de enjuicie inducido o compasión disimulada. Y cuando la gran mirada del espectador se torna compasiva o indulgente desde un techo de racional lejanía se resienten ostensiblemente los pilares de la afirmación.

Como en El castillo de cristal, en Capitán Fantástico uno de los hijos será el menos dado a comprender, asumir y validar la causa del padre; no en balde con preeminencia dentro del relato sus puntos de vista y/o acciones que refuten la solidez moral de la figura paterna. En este caso, Rell, quien de algún modo atizará las dudas que hasta el mismo Ben esconde en cuanto a la posibilidad de triunfo de su proyecto o de su error, “su maravilloso error”.

De tal, en su búsqueda de contrapeso, Capitán Fantástico no llega a molestar siquiera ni a quienes teóricamente dirigiría sus presuntos dardos, los que acaso sonreirán, misericordiosos, ante la exigua anomalía apogramática que les echa en cara cuatro verdades por todos sabidas, pero no supone mínimo peligro de suplantación de esquemas o de seguimiento colectivo: porque los castillos de cristal o bien no llegan a erigirse nunca, como en el filme de Destin Daniel Cretton; o bien son rotos mediante las piedras de la realidad, dirán. Aun cuando corran el riesgo de equivocarse.