Cronenberg y Nolan en la Cinemateca de Cuba durante septiembre

Cronenberg y Nolan en la Cinemateca de Cuba durante septiembre

  • Origen, de Christopher Nolan
    Origen, de Christopher Nolan
  • Una historia de violencia, de David Cronenberg
    Una historia de violencia, de David Cronenberg

El mes de septiembre, del 16 al 30, la Cinemateca de Cuba dará continuidad al ciclo denominado Encuesta de la BBC: lo mejor del siglo XXI, con los filmes calificados por dicha selección del medio público británico entre los puestos 46 y 57 e incluidos en la quinta parte de la muestra antológica de la institución cubana.

En ejercicio de seguimiento periodístico, nuestro portal (que desde la primera parte del ciclo ha comentado piezas fílmicas fundamentales de sus diversos segmentos), les propone ahora una aproximación crítica a dos de las obras de par de los autores contemporáneos presentes en esta quinta franja: Una historia de violencia y Origen, dirigidas respectivamente por el  canadiense David Cronenberg y por el inglés Christopher Nolan. 

Deliciosa cruza de cine negro y western

Un crítico europeo arrancaba así su apreciación de Una historia de violencia (A History of Violence, 2005): “El film de David Cronenberg, quizás su mejor obra hasta ahora, me ha recordado mucho a Road to Perdition de Sam Mendes. Preside ambos films un idéntico clima de fatalismo violento que pesa penosamente sobre los protagonistas: la casi imposibilidad de escapar del propio pasado. Tom Stall, un hombre tranquilo de mediana edad, vive en Millbrook, un pueblecito de Indiana, con su mujer y dos hijos, uno, adolescente, la otra, una niña todavía pequeña. Es el dueño de esas típicas cafeterías americanas en que se sirve comida rápida elaborada en el mismo establecimiento.

“Una noche se presentan en el local, a la hora del cierre, una pareja de atracadores itinerantes con numerosas muertes a sus espaldas. Y Tom, en un momento dado, no tiene más remedio que matarlos para evitar que acaben con él, sus dos empleados y unos clientes. su repentina y efímera fama como héroe americano le trae como secuela una terrible tempestad: en la localidad aparecen tres peligrosos gángsteres, empeñados en afirmar que Tom no es otro que Joey Cusack, un peligroso sicario, desaparecido hace años, hermano de un conocido "boss" y con un montón de cuentas pendientes, entre ellas la que los tres mafiosos pretenden saldar. Tom y su familia no salen de su asombro, aunque quizás no todos estén tan seguros de que nada tiene que ocultar. Poco a poco las sospechas se abren paso…”.

Una historia de violencia —cine que puntea aperturas a nuevos registros genéricos en el expediente expresivo del canadiense, tan o más notables en la posterior Promesas del este, de 2007—, es una cruza personalísima de cine negro y western que respeta a partes iguales las señas icónicas demarcatorias de cada territorio genérico dentro de un relato simbiótico jaezado en lo argumental por la necesidad de respuesta de este hombre de pueblo (Viggo Mortensen) ante el arribo allí de estos tipos de turbias metas.

Los visitantes fungen como el elemento catalizador de la salida a superficie de corrientes subterráneas en el yo individual/escenario familiar y de la suerte de “mutación” experimentada por el personaje central, a quien no le queda otra que sumergirse hasta el fondo en una verdadera “historia de violencia” con el fin de preservar la familia fundada: núcleo humano consolidado a despecho de su pasado, e incluso quizá de su propia naturaleza.

Cuanto Cronenberg orla acá es una sugestiva aunque probablemente demasiado subrayada declaratoria de intenciones —por mucho remarcada en su filmografía general, tanto como el tema de la doble identidad—, acerca de la inherencia de fortísimas pulsiones primarias en el fondo ideológico-conductual no ya de un individuo, sino de la especie.

Al percibir el “viraje” psicológico de Tom, no a la manera de una especie de transustanciación volitiva, sino por el contrario, casi al modo de la respuesta consustancial ante determinada situación de hostilidad, está proyectando de algún modo su percepción sobre la tácita condición beligerante del ser humano, solo requerida para manifestarse del mecanismo detonante preciso, según indicarían sus imágenes.

Podrá agradar o coincidirse o no con su proposición, y hasta parecer determinista, pueril o anquilosada visión tal, pero en lo que sí habrá que estar de acuerdo, es en las extraordinarias facultades del director de Zona muerta para construirse una película de esas, que machetean el resuello y no derrochan una escena ni siquiera un encuadre gratuitos a través de sus muy bien montados 96 minutos. Tiempo en pantalla que guarda memorables secuencias, planos-secuencias-planos fijos-contraplanos geniales de Peter Suschitzky, atmósferas deudoras del mejor noir de los ´50, silencios pletóricos de significados y una banda sonora de Howard Shore que ribetean con toques aúreos un tejido dramático hilado con mano clásica.

Cronenberg deja deslizarse entre sus guiños los fantasmas cómplices de algún John Ford, Elia Kazan, Sam Peckinpah o el George Stevens de esa Shane el desconocido que, de niño, le enseñó a conocer la madera violenta del cine y sus hombres.

Su filme, ríspido mas a la vez cargado de sensibilidad y sentimiento, es emotivo y franco. Paradigmático del manejo del tiempo en la narración cinematográfica, a esos quienes lo leyeron “lento” o amodorrado en el ritmo, cabría preguntársele de qué otra forma resultaría viable en pantalla representar las claves para desenredar el ovillo por donde se dobla y pierde el hilo de la paz hasta desembocar en una rueca siniestra de opresión y angustia.

Polisémica, generosa en lecturas, la obra, en opinión de su propio creador a la respetada revista especializada francesa Positif No. 537 (noviembre de 2005), “es una película sobre las consecuencias de las acciones que emprendemos. La violencia es la violencia del protagonista y del lugar del que procede. La violencia no es un ballet, no es la coreografía de un combate de sables en un bosque de bambú. Es negocio. Al igual que los negocios, la violencia es eficaz, brutal, rápida; de una cosa se pasa a otra. Así fue mi acercamiento a la violencia en esta película. Había visto dvds que se pueden comprar en los Estados Unidos y donde se muestra como uno puede entrenarse para matar a gente en la calle.  Encarnan al fantasma paranoico del ciudadano americano. Usted va andando por la calle con su mujer y tres negros se le acercan con revólveres para matarle y violar a su esposa. O bien tiene usted un arma y termina por herirse accidentalmente, o aprende a matar. Este es el objetivo de estos dvds.

“Viggo, en la película, se inspira en estas técnicas para defenderse. Existe toda una especie de filosofía detrás de estos comportamientos. Cuando un hombre aborda a otro con un arma de fuego o un cuchillo, el contrato social se rescinde. Ya no se trata de "parecer". Ni es deporte, ni artes marciales, con reglas y árbitros, sino una cuestión de supervivencia y es la ley de la jungla. George W. Bush construyó así su política exterior. "Quiero a Bin Laden vivo o muerto" —declaró. Es una frase del western. Y si esa es la mitología con la que uno vive, todo está permitido, asesinato y tortura incluidos “.

A diferencia de la mayor parte de los realizadores que trabajan con material adaptado de novelas gráficas, quienes conocen o al menos tienen una idea del punto de partida del cual despegan sus relatos, Cronenberg se enteró que el guión de Josh Olson surgía de la elogiada historieta de John Wagner y Vince Locke (Paradox Press, 1997) a días de finalizar el rodaje, según confesara públicamente.

Olson, en cambio, sí degustó bien las viñetas y no riñe demasiado en su escritura con el primer tercio de la historieta; aunque de ahí en adelante sí ya va casi de a pleno por su cuenta en la creación de motivos argumentales inéditos. Empero, más allá de cualquier circunstancia factual, a una conclusión sí es fiable arribar luego de apreciar largometrajes como este, Road to Perdition o Sin City: hoy por hoy resultan las graphic novels de género negro uno de los blancos de exploración de la pantalla en territorio-comic de más fecundo tratamiento cinematográfico.

Los sueños en el universo Nolan

Origen (Inception, 2010) representaría en su momento el acto último de consecuencia del realizador Christopher Nolan (Londres, 1970) para con un modo de entender el cine. El filme devendría la summa de una ideología artística que en su presupuesto argumental halla la arcilla de la mente humana y su infinito sistema de asociaciones e interconexiones, mientras que en el dispositivo de la puesta en escena supone otros de sus proverbiales actos de fe en torno a las aun a nuestras alturas inconmensurables posibilidades del hecho de narrar en el celuloide.

Desde su debut (Following, 1998), pasando por Memento (2000) e Insomnia (2002), hasta The Prestige (2006), El caballero oscuro (2008), Interestelar (2015) y Dunquerke (2017), este director ha trabajado a placer con un fondo ideico/formal intervinculado por la intención de explorar los vectores de confluencia entre realidad e irrealidad, los confines de lo sensorial y las señas identitarias del más puro territorio onírico. Ello, dentro de estructuras diegéticas menos atentas a la ortodoxia de las construcciones-tipo aristotélicas que a la voluntad de reinventar, reescribir el relato clásico a partir de nociones narrativas proclives al goce subversor de sus coordenadas.

Una vez chupada su savia de décadas con devoción cuasi tarantínica (aunque en dimensión contraria el caso del creador británico) Nolan se abalanza aquí sobre el cine de género con un saco de ideas tomadas de centenares de películas, al cual abre su boca y desperdiga el contenido sobre una historia propia que no recibe vocerío tal a la manera de una lluvia de robos, sino como un aguacero de códigos que este hombre resemantiza, hibrida, modula y redirige hacia una cosmogonía particular. Abierta a admitir por cierto el señalamiento de cualquier influencia, pero ya imbricado todo a un singular universo narrativo sin parangón en el cine comercial anglosajón de este tipo. La peculiaridad estriba, punto Origen, en trasladar a un peldaño de adultez lo que en Hollywood se entiende por producto de entretenimiento masivo del período Transformers.

No obstante, su película —fenómeno universal de 2010, hito de la blogosfera, gran éxito de público respaldado por los especialistas—, no significa la venida de Cristo a la pantalla ni la obra maestra que muchos críticos del planeta defendieron. Resulta, con justicia, la pieza de ingeniería pesada de un creador lúcido, creativo, ingentemente pertrechado del paquete tecnológico del último minuto, de holgadísimo presupuesto y de un notable blasón del star-system (Leonardo DiCaprio), que, muy por arriba de cuanto digo antes, sobresale a consecuencia de su renuncia a caminar el trillo preconcebido del blockbuster emblemático siglo XXI.

Ultraintertextual (la aventura surrealista Dalí-Buñuel, ciertos costados de obsesiones futuristas de Philip K. Dick, algún Borges, la cara más suave o en revés de Lynch, algo del Kubrick de Una odisea espacial ligado con el Ciudadano Kane de Welles, la Matrix de los Wachowsky, La celda, Desafío total, Misión: Imposible, el universo Bond, la saga Bourne y por ahí hasta aburrirnos…), el filme, no interesa por proclamar la cinefagia de Nolan, sus lecturas o la pericia del realizador en reciclar; sino por constituir reflejo crítico de su tiempo, contrariamente a la mayoría de los tanques norteamericanos.

El director/guionista esculpió en Origen su sutil figura denotativa de un orden de cosas donde fermentan la desorientación, las confusiones de fronteras, la disimilitud de posicionamientos alrededor de dos hechos del retablo planetario que recaban máxima atención: corrupción corporativa-gubernamental e incomunicación mayor de un sujeto contemporáneo que, paradójicamente, en presunción estaría más que nunca en fase a través del —solo maquinal— apareamiento de redes sociales digitales, et al. Status quo el cual, no importan las bases caóticas de su estructura amorfa, continúa confiriendo prioridad a la implantación de “la idea”. Y es que las dos horas y tanto de metraje de Origen van justamente de ello: el agente/ladrón onírico Dom Cobb (DiCaprio) viaja entre interminables capas de sueños a por tal: a  “incepcionar” o injertar el miasma de una, cariz de su intención aparte. “La idea es el virus más peligroso”, dice este espía de la mente adormilada.

Nolan sacude la estepa agrestre del mainstream mediante una película que, destello desgajado de la era posmoderna, defiende el simulacro, el artificio en tanto modo de representación cardinal-centro gravitatorio de la tropología discursiva actual. El cineasta enarbola en este thriller de ciencia ficción modélico artefacto de simulación, cuyas huellas -estampadas una y otra vez sobre diversas superposiciones o yuxtaposiciones de niveles narrativos- pisan sobre las viñas de la apariencia, donde todo cuanto cobra relieve va transfigurándose, mutando hacia nuevas formas de explicarse.

Nolan está escribiendo aquí con el lápiz de Abrams en Perdidos o el de Scorsese en Shutter Island, pero a través de estrategias de mayor visualidad (la escena de la calle parisina doblándose al medio: para las antologías), ludicidad, emoción, cinefilia, ardor infantil hacia el cinematógrafo.

Él sabe lo anterior, tiene un prestigio, e intenta —por el qué dirán— contrarrestar semejantes “concesiones” con cierto arrebato solemne que marca un afán de trascendencia y “seriedad” innecesario en realidad al filme. Lo alarga, tiende a enredarlo entre demasiados sueños ensortijados, sin aportar algo. Nada es perfecto, Origen tampoco; pero en Hollywood prefigura resultado de punto y aparte.