El Maestro Ernesto Lecuona, comilón

El Maestro Ernesto Lecuona, comilón

  • Ernesto Lecuona. Fot Internet
    Ernesto Lecuona. Fot Internet

Él mismo se llamaba “comilón” porque, el autor de La comparsa y otras danzas famosas, en asunto de comida, solía perder los estribos… Toda su vida luchando contra el sobrepeso de su cuerpo y las malas digestiones pero, ante un sorbeto de chocolate de La Dominica de La Habana Vieja, se acababa la fuerza de voluntad porque, allí mismo, el célebre pianista era un parroquiano más: “repite y pon” decía al garçon señalándole la mesa en evitación de una posible y terrible equivocación de mueble.
Como Samuel Hazard —ver su libro A pluma y lápiz— en los mercados habaneros, el artista Lecuona quedaba hechizado, con el paladar alborotado ante anones, zapotes, ajos, coles, espinacas, calabazas, tomates, ajíes, huevos, cítricos, zanahorias, nabo, boniatos, mameyes, racimos de plátanos, cocos colocados en cubista pirámide, feculentas malangas, papas yucas, calabaza, plátanos --en la ambivalencia de vianda o fruta—, todo apilado en el suelo.

Para las grandes comelatas conque celebraba su santo o su cumpleaños en su casa habanera llamaba enseguida a su amiga Mamá Inés—madre de Bola de Nieve— para que, como narra Ramón Fajardo en su libro Ernesto Lecuona, llevara la jefatura del fogón y los preparativos que él, acompañado de la genial y famosa cocinera, compraba en el Mercado de Cristina los vegetales, las frutas las carnes y, en “la casilla del árabe Tomás”, los dulces secos o pedía esos víveres a Ángel María Cabrera, gerente de La Complaciente, tienda mixta en el cercano poblado de Punta Brava—Avenida 251, entre 46 Y 48— y, al instante llegaba el amplio surtido a la cocina de La Comparsa, el abundante encargo —”todo de primera”—: tasajo de Uruguay, bacalao de Noruega, vinos de La Rioja, mantequilla de Holanda, jamones de Castilla—La Mancha.. en fin…

El espectáculo agrícola siempre lo remitía a la imagen de su ciudad natal con vendedores negros o atezados guajiros de “los lejanos campos" que rodeaban a ”Guanabacoa la Bella con sus murallas de guano” y los productos marinos tan del gusto de Mama Inés.

“Dale, Ernestico, entra y compra pescado”—, le dice o conmina la negra vieja casi empujándolo a entrar en La Pescadería de Mongo—Hurtado— en cuyos mostradores de piedra brillan pargos, chernas, rabirrubias y mariscos de costas cubanas, Yucatán, La Florida o, Tortugas o, más allá donde” Los pescados resplandecen con todos los colores de un arco iris de la mayor claridad y sus brillos son azules, amarillos, rojos, con rayas amarillas y violetas, dorados, etcétera”.

Decir concierto de Lecuona en el Teatro Nacional era decir, después, jugos de frutas, bebidas finas o suculenta cena en el Café El Louvre — hotel Inglaterra, frente al Parque Central — o en los vecinos Cosmopolitan o Washington … A veces el maestro se “embullaba” y la comitiva (Esther Borja, Pedrito Fernández, María de los Ángeles Santana, su hermana Ernestina) lo seguía hasta el Hotel Sevilla, que siempre tenía un chef de cocina dotado de excelente curriculum.

En asuntos de cocina el Maestro Lecuona no era un fundamentalista pues, en su mesa—muy guanabacoesa— coexistían los platos tradicionales con alimentos exóticos, con impacto positivo en la mesa y en el sistema gastrointestinal, que el Maestro a veces descuidaba y entonces el célebre “comilón” era objeto de bromas: Julio Vega (esposo de María de los Ángelles Santana), aludiendo su danza El banque del Gallego, parodiaba: “el maestro tiene que hacer ahora El banquete de Lecuona”. (Contado en el citado libro de Ramón Fajardo).

Pero, la preferencia alimentaria del autor de Damisela encantadora se inclinaba siempre más por las carnes de animales terrestres (cerdo, pollo, res), es decir, lejos de la dieta acuática pero, sin renunciar a la infidelidad de cierto día, comerse unas merluzas, unos lenguados, unos rapes, un atún, un jurel —de recomendada carne azul— o “una sardinita boba”.

En Buenos Aires eran muy comentadas sus cenas en el restaurante alemán Maxim donde, terminados sus conciertos en el Gran Rex, allí lo esperaban sus compatriotas, Ernestina —su hermana—, Esther Borja, Bola de Nieve o colegas argentinos; como le dice en carta a Augusto Ferrer de Couto, “anoche, invitado por Charlo (Carlos Pérez de la Riestra), tuvimos una comida, un asado a la parrilla, el plato nacional que es, dicho de paso, delicioso”.

El mismo “Charlo me dio una comida cubana en su casa. Asistieron Razzano, Sandrini, De Caro, Ratti, Tito Lusiardo. etc. El cocinero fue Ponce, el célebre Ponce, cubano, director del Sexteto Habana, una comida deliciosa: frijoles negros, arroz blanco, carne asada, plátanos fritos y ensalada-”
Siempre fueron bien sonados los banquetes ofrecidos al Maestro en el exclusivo Charleston de Buenos Aires. Es que el autor de Danza negra, hallaba motivo en todo para comidas suculentas y, si era en La Habana, mejor, mucho mejor… como aquella celebración del lanzamiento del larga duración Lecuona y sus intérpretes, publicado por la grabadora Puchito (San Rafael y Escobar) de Jesús Gorís que se tiró la casa—
o la cocina— por la ventana.

Lo mismo en México, Buenos Aires, New York que La Habana, el pianista no paraba de hincar el diente pues, amigos como Carmelina Delfín o las hermanas Esperanza y Sarita Bargallo) “que me brindaron (…) en su casa, un magnífico almuerzo, bien cubano y mejor condimentado. Almuerzo al que asistió toda la cubanada ilustre que anda por aquí.” . Igual, los obsequios culinarios pantagruélicos—almuerzos o cenas— ocurrían también en El Chico, La Cabaña —de su amigo León de Monzarz—, en la casa que compró en Forest Hills de Long Island u otros establecimientos gastronómicos de la Babel de Hierro, donde “No faltaron como en toda fiesta cubana, los dulces y pasteles del famoso repostero cubano Simón Jou, de el Bronx. Este Simón es una maravillla como dulcero”.

Ante la ermita que mandó construir en su residencia La Comparsa dedicada a la virgen de la Caridad mil veces juró parar las ”horrorosas jarteras a cualquier hora” pero, la carne es débil y el genial pianista sucumbía ante un lecho asado a la pinareña, es decir, ahogado toda la noche en naranja agria, orégano, ajo y sal.

La Ley Seca o cero alcohol—como la de Estados Unidos en 1929—, al creador de María la O Lecuona le era indiferente, lo suyo no eran los líquidos, nunca se excedía con el alcohol aunque, a un ron “bien cubano” le rendía honores pero, lo suyo eran las potajadas, lo frito, los purés o, mejor dicho, el puré de malanga que le hacían en La Dominica o, en la casa Mama Inés, con pizca de aceite de oliva y ajo bien machacado.

El compositor de Malagueña fue siempre recibido como un rey en Buenos Aires desde 1936, su plaza favorita, para su trabajo como artista, pianista, o empresario de Compañías de Revistas de Zarzuelas y Operetas, efectivamente, la capital argentina del tango—que tanto gustaba— fue siempre la maravilla en sus visitas, donde lo mimaban amigos: Enrique Santos Discépolo, Tania—Anita Luciano Davis—, Azucena Maizani) y el gran público que cada noche llenaba los cines y teatros (Gran Rex, Monumental, Odeón o los estudios de Radio El Mundo) para cantar al unisono con Esther Borja Damisela encantadora—de cuya partitura la Editorial de Julio Korn vendió 160 000 ejemplares—.

Cerraba las cortinas el teatro y la embajada artística cubiche partía con el Maestro al frente hacia la Plaza de la República, a una “fonda” vecina del Obelisco —Corrientes y 9 de Julio— que le recomendara Santos Discépolo y que parecía que guisaba para los mismos dioses o, para Lecuona que hacía poner en la mesa chorizos, longanizas, chinchulines, bifes chorizo y otras “delicias” del cerdo argentino.

Bien conocidas en toda la comunidad cubana de Tallahasse, —Florida— eran las Nochebuenas que celebraba con familiares y amigos, como la de 1961 cuando tuvo que “arrendar una residencia” para las 36 personas convidadas y, si no, “con la música a otra parte, “tomar asiento en las mesas del Restaurante Columbia”. Y, comilón al fin, en todo se refería al comer: “Después de la comida (New York) se efectuó el consabido concierto, cantando Sarita Escarpantier; tocando Carmelina Delfín y Luis Borboilla; cantaron Carlos Spaventa, Chago Rodríguez y Manolo San Miguel (…), toqué yo; en fin, una noche magnífica, pues magnífica estuvo la comida”.