El pepe, siempre puesto pa´ la buena

El pepe, siempre puesto pa´ la buena

  • Un hombre tan humilde como aquel tupamaro, preso por larguísimos años en un oscuro pozo, con las manos atadas con alambre. Foto tomada de Internet
    Un hombre tan humilde como aquel tupamaro, preso por larguísimos años en un oscuro pozo, con las manos atadas con alambre. Foto tomada de Internet

Ese personaje

Un hombre, descuidadamente vestido, baja de su carro desvencijado ante el edificio del parlamento uruguayo.

La guardia de seguridad se le encima, pero nota que el sujeto trae, prendida a su chaqueta deshilachada, una credencial que le permite ingresar a la sede.

El jefe de la seguridad, totalmente confuso, a aquel ser inusual le pregunta: “¿Va a estar usted aquí mucho rato?”.

Y su interlocutor le riposta: “Bueno, pienso que durante varios años, aunque me lo impidan…!porque yo soy congresista!”.

Es José Alberto Mujica Cordano (Montevideo, 1935).

El personaje…  y una frase de los cubiches

No descubro nada al decir que el habla popular cubana tiene recursos para todo, incluidos los más inimaginables comportamientos o situaciones.

En el florilegio del “sermo vulgaris cubensis”, hay una frase que me subyuga. Y es ésa de “él siempre está puesto pa´ la buena”.

Sí, por ejemplo,  ese extraterrestre vecino que, a la tres de la mañana, cuando una viejecilla se ahoga con un “soponcio”, él la lleva en peso para buscar asistencia.

En efecto, eso,  en el habla del cubano,  es “ponerse pa´ la buena”.

Y la dichosa frasecita —mire usted lo que son las cosas—  últimamente yo la asocio, hasta sin quererlo, con cierto exmandatario latinoamericano, del Coño

Sur, como dice algún amigo bromista.

Sí, Pepe  Mujica siempre ha estado “puesto pa´ la buena”.

En la martirizada América Nuestra —en las “sufridas repúblicas” de las cuales habló El Homagno—, he ahí un mandamás nada mesiánico que se refiere a su cargo presidencial como “esta changuita”. (Uruguayismo: changa, ocupación de menos valer, de rango inferiorísimo. Lo que los cubanos llamaríamos una “pinchita”).

Y siempre él anda con unos zapatos rotos datados en el Pleistoceno, porque le resultan cómodos, vagando por su maltrecha vivienda, donde, según confiesa, en primer lugar manda Manuela  —la perrita de la casa— y después su mujer, Lucía.

Y declara que ya le estaban molestando hasta el escroto —cuando fue primer mandatario—  el protocolo y la seguridad que lo rodeaban.    

Un hombre tan humilde como aquel tupamaro, preso por larguísimos años en un oscuro pozo, con las manos atadas con alambre,  cuando tenía como interlocutora  a una rata, visitante cotidiana, con la cual conversaba y compartía su pedazo de pan. (Mientras él se acariciaba las cicatrices de múltiples balazos, durante su trayectoria de tiratiros).

Ese hombre que, sin que le temblara un músculo de la cara, declaró lo evidente: “Las revoluciones se hacen para que la gente viva bien”.

Sí, como buen cubiche yo me expreso: ése tipo no falla. Él siempre está “puesto pa´ la buena”.    

(Coño, ¿tiene que llamarse Pepe y ser bigotudo para que uno admire a un sujeto?).