Estación Central de Brasil: un poema de comunión y amor entre los seres humanos

Estación Central de Brasil: un poema de comunión y amor entre los seres humanos

  • Constituye, a no dudarlo, Estación Central de Brasil el punto culminante de la cinematografía brasilera durante la última década del pasado siglo. Foto tomada de Internet
    Constituye, a no dudarlo, Estación Central de Brasil el punto culminante de la cinematografía brasilera durante la última década del pasado siglo. Foto tomada de Internet
  • Constituye, a no dudarlo, Estación Central de Brasil el punto culminante de la cinematografía brasilera durante la última década del pasado siglo. Foto tomada de Internet
    Constituye, a no dudarlo, Estación Central de Brasil el punto culminante de la cinematografía brasilera durante la última década del pasado siglo. Foto tomada de Internet

Constituye, a no dudarlo, Estación Central de Brasil el punto culminante de la cinematografía brasilera durante la última década del pasado siglo.

Además de otros sesenta lauros internacionales, la película mereció, con justicia, el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1998 y el Oso de Plata merced a la notable asunción de la gran dama de la escena local, Fernanda Montenegro, en su papel de Dora, esa maestra acompañante del pequeño huérfano a cuya vera poblará cálidamente los fotogramas del filme.

El largometraje del director Walter Salles (Detrás del Sol, Diarios de motocicleta), realizado en 1997 y estrenado un año después, constituye excepcional metáfora acerca de lo cual adolecemos muchos humanos para graduarnos de tales: solidaridad.

Basta la solidaridad común para aliviar a otros la más honda desdicha, pareciera gritarse aquí desde el celuloide. La bonanza espiritual que entraña ser solidarios puede dinamitar las cadenas creadas por la desidia, la iniquidad, casi también que se escucha desde el “opus” de Salles.

Este autor latinoamericano hizo carne fílmica un argumento propio de novelas, pero mediante un lenguaje de inobjetable eficacia cinematográfica, a pesar del presunto academicismo de su dispositivo argumental y de su construcción narrativa.

El viaje desde el andén de Río de Janeiro hasta la garganta de Brasil emprendido por la vieja maestra Dora y el niño Josué, en busca del desaparecido padre del pequeño, está narrado adscripto a modélica linealidad adherida a los planteamientos narrativos más ortodoxos. Para nada el filme emboza su afiliación aristotélica, su enfoque tradicionalista en la armazón de la trama. Lo que hace a la película superior a las tantas de dicho enfile es que tal concepción resulta asumida por Salles con el pulso exquisito y la sencillez de los clásicos. Aquí no hay tanteos, desvaríos, ni extras, ni déficits al relatar y existe fuerza ascendente en la progresión dramática. Si bien lo anterior, “per se”, no bastaría, claro, para convertir al filme en una obra excepcional. Cuanto más eleva a Estación Central de Brasil a los peldaños altos de la escalera evolutiva cinematográfica es su muy inteligente función de estetoscopio social; y —fundamentalmente—, la polifonía de voces que proyecta como emergidas de un gran coro de desgarraduras, atavismos, lazos inzafables, epifanías y auto-encuentros humanos que la película arroja de su pecho cual si fuera portadora de un acto de limpieza interior de nuestra especie signado por la nobleza.

Sin renunciar a irrigarse por las nunca estancas aguas del neorrealismo italiano, el “cinema novo” endógeno y un poco de tanto —el Chaplin de El chicuelo, el Visconti de Rocco y sus hermanos, el Tornatore de Cinema Paradiso, la checa Kolya…— es esta una cinta muy brasilera en cuanto a trasfondo, marco de desarrollo, constatación de los males particulares (violencia, ignorancia, miseria, tráfico de niños), señas idiosincráticas y signos de identidad.

Y es a la vez un trabajo de vocación ecumenista a profundidad, habida cuenta de que las voces antes mencionadas lo mismo pueden ser audibles en Río que en Jakarta.

Este poema de comunión y solidaridad entre la sexagenaria Dora (divina Fernanda en su composición) y el Josué de nueve años (un Vinicius de Oliveira a quien Salles encontró frente a un cajón de lustrar zapatos) tiene una base de solidez comunicacional de fortísimos pilares. Sobre todo en tiempos cuando parte del planeta acusa tanta orfandad de afecto, de unidad, de amor entre los seres humanos, a los que la película convoca con vehemencia. En tiempos cuando tanto se necesita que en más personas se verifique esos reencuentro consigo mismos, esos cambios de proceder reveladores del personaje central del filme, para retomar lo mejor de nuestra condición a favor de un bien común. Por la manera en que el filme sabe encender esa llama, por el valor de anticipación de exponer que este es el único camino posible de redención y reflejarlo en una obra de arte de la manera más límpida, sensible y expedita, Estación Central de Brasil está preparada para desdeñar el olvido.