¿Guerra de pandillas en Cuba?

¿Guerra de pandillas en Cuba?

  • Esta opinión publicada en el Nuevo Herald esta compuesta de argucias.
    Esta opinión publicada en el Nuevo Herald esta compuesta de argucias.

“Si el diablo existe, pasó por Ruanda en 1994”, escribió el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski. Los muertos eran negros y las armas blancas, podría acotarse, si pensamos en el José Saramago del texto África. El genocidio interno suscitado entonces en el país de las mil colinas, el cual dejó el saldo fratricida de cerca de un millón de personas asesinadas en cien días de bestialidad absoluta, fue consecuencia directa de la política de fomento del odio y el rencor promovida por el colonialismo belga, que dividió, fragmentó y rivalizó a la población de ese país. Ha sido, en fin, la triste, luctuosa historia del colonialismo; observada también por el imperialismo en decenas de países.

El discurso de fragmentación (el divide y vencerás de manual nunca dejado de emplear) representa resorte esencial contra la unidad. Extrañamente ¿o no? el concepto manejado tanto en ciertas letras como en determinados videos de los narcocorridos y el reguetón dominicano, colombiano y panameño fundamentalmente —también en su momento el rap norteamericano, si bien en la actualidad sus misiles se dirigen mejor y apuntan hacia la policía segregadora antinegra y el poder exclusor, no contra sus propios hermanos— parten del concepto central del encono entre personas de un mismo suelo, divididas indistintamente por el dominio del negocio, del territorio, o de cosas tan aparentemente inocuas cómo quién vende más su música, quién tiene más “pegada”, quién gusta más a las mujeres o quién es “más del barrio”. Esta última una mentira olímpica sobre la cual han levantado imperios económicos reguetoneros caribeños que en la prédica dicen representar a las clases pobre y en realidad son millonarios del todo desligados de tristes realidades sociales.

Pese a no pocos de ellos promover los más perjudiciales antivalores, los videos de reguetón cubano, a diferencia de buena parte de los antes mencionados, no poseían interés en explotar el asunto del odio interno, las luchas intestinas, las guerras entre pandillas. No tanto por la posición ideológica de sus gestores sino por la razón meridiana de que el escenario social cubano difiere sobremanera del de otras naciones del área en violencia, diferencias sociales, tráfico de estupefacientes, marginalidad, existencia de bandas armadas.

El primer video de reguetón cubano centralizado en guerras intestinas fue No hay break (2014), rara avis a la sazón que sin embargo hoy no lo resulta tanto cuando se aprecian las “tiraderas” que aparecen en la sección de Música Nacional del “paquete semanal”, un negocio que movió 60 millones de dólares en 2015 y que por el motivo de incidir ya en 600 mil compatriotas tendrá cada vez más utilidades ideológicas no ortodoxas, y de hecho ya las tiene, al margen de las bondades evidentes que en otras ocasiones este cronista ha ponderado.  En las “tiraderas”, las confrontaciones, verbales la mayoría hasta ahora, no obstante vienen acompañadas de adolescentes y jóvenes con bates, cabillas, armas blancas.

Cuando critiqué No hay break en un espacio digital, comentarios al pie de página de lectores del exterior u otros de origen desconocido me impugnaban, echándome en cara el supuesto error de criticar una tontería. Para nada lo es. Se está sembrando en el imaginario de niños y jóvenes una No-Cuba desunida, atomizada, en guerra contra sí misma, acorde con los presupuestos de fragmentación históricos defendidos por quienes de verdad así quieren verla.

Nada es gratuito en este giro. Todo responde a guías, pautas, modus operandi amparados en modelos de desestabilización emocional, volitiva e ideológica en la opinión pública. Primero lanzan dardos contra quienes impugnan ese tipo de manifestación audiovisual y ahora El Nuevo Herald de Miami le publica a Eliecer Ávila (aunque poca gente del pueblo se acuerde de él, es aquel muchachito de la UCI que confrontó con Ricardo Alarcón, quien decía añorar ir a La Higuera y ahora viaja el mundo sufragado como emblema disidente juvenil) un comentario titulado “Guerra de pandillas en La Habana”, publicado en la sección de Opinión de El Nuevo Herald, reproducido de 14 y medio, cuyo sumario reza: “Una pelea entre pandillas de dos vecindarios habaneros desplegó extrema violencia. Las pandillas están compuestas por niñas y niños de menos de 14 años. (…) qué puede pasar si esos grupos obtienen armas”. El pie de grabado suscribe: “La crisis económica, el deterioro de la calidad de la educación y la falta de incentivos a la juventud agravan la situación de las pandillas”.

Manipulación y tergiversación totales. El comentarista monta el escenario de un No hay break o cualquier “tiradera” en lo que pudo haber sido un hecho aislado, visto con el prisma de la deformación. Ignorarlos no debemos, pero tampoco magnificar algo bien distante —por fortuna— de nuestro entorno, aunque de forma nada casual no los sigan vendiendo (e induciendo), con creciente insistencia, tanta que ya viene causando más sospecha de lo habitual.