Haynes y Audiard en la Cinemateca de octubre

Haynes y Audiard en la Cinemateca de octubre

  • Lejos del cielo, de Todd Haynes. Foto tomada de Internet
    Lejos del cielo, de Todd Haynes. Foto tomada de Internet
  • Un profeta, dirigida por Jacques Audiard. Foto tomada de Internet
    Un profeta, dirigida por Jacques Audiard. Foto tomada de Internet

Luego de varios meses en cartel, este octubre concluye el extenso ciclo  Encuesta de la BBC: lo mejor del siglo XXI, contentivo de un centenar de películas exhibidas por la Cinemateca de Cuba, de acuerdo con el criterio de selección realizado por dicho medio público británico.

Desde su inicio, nuestro portal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) ha comentado obras de autores fundamentales presentes en el ciclo, y por tanto en el capítulo de cierre no podía hacer menos. Nos referiremos hoy a dos títulos de dos creadores contemporáneos de primera línea como el norteamericano Todd Haynes y el francés Jacques Audiard, de quienes son programadas, en igual orden, Lejos del cielo y Un profeta.

Sirk revisitado (y actualizado)

Lejos del cielo (Far from Heaven, 2003) es una película a la usanza de los melodramas de los años ´50 —particularmente de los de Douglas Sirk, con particular énfasis en All that Heaven Allows—, aquel filme en el que Jane Wyman tenía un romance con su joven jardinero Rock Hudson.

Lo anterior se manifiesta en todo el cuerpo del largometraje, desde que arranca con los créditos hasta el cierre, continente y contenido: la polícroma paleta a lo tecnicolor recargado de Ed Lachman; el vestuario de revista Life de Sandy Powell; la banda sonora de Elmer Bernstein; el hiperfiel y certero diseño de producción de Mark Friedberg y —sobre todo— el guion escrito por el propio realizador, Todd Haynes.

Sirk acostumbraba explorar en sus películas la represión burguesa, el mecanismo de apariencias sobre el cual se movían las castas sociales de élite y medias, las resquebrajaduras del “american dream” en la célula madre, el desmoronamiento del ideal americano entre cuatro paredes. Toda aquella “imitación a la vida” que protagonizaban personas bien lejos del cielo, como las que Haynes suelta sin paracaídas en esta durísima, acre, punzante y magistral película que de manera personal veo como una suerte de Belleza Americana en onda retro.

Haynes, relevante creador del cine independiente, famoso por sus inicios experimentales, ama a Hollywood, como al final pasa con casi todos los del planeta “indie”. Y lo que nos firma es un auténtico y primoroso homenaje a uno de sus maestros y de sus géneros más populares. Pero, con habilidad zorruna, el hombre se encarga de meter en su filme lo que la sombra del Código Hays no se permitía hace cinco, seis y siete décadas: la intolerancia, el racismo, la homosexualidad, la vejación de la mujer.

Precisamente una mujer, Cathy (Julianne Moore), es el centro dramático de Lejos del cielo. Ella descubre a su marido con otro hombre, y de pronto el abismo se le atraviesa entre los pies. A la bartola se irá el edificio moral de lo que creyó —y creyeron— fuera la familia ideal, modélica de un joven y exitoso empresario con su preciosa mujer y dos hijos: pan al cual le hincaban el diente con sumo placer las páginas sociales de los diarios de Connecticut a finales de los ´50.

Se profundiza ahora, cobrando fuerza progresivamente, la relación tejida por ella con Raymond, un jardinero negro defendido por Dennis Haysbert. Paralelamente conduce a su esposo Frank (Dennis Quaid) a la consulta de un terapeuta, con el fin de “curarle” la homosexualidad. Pero ese “mal” no tiene remedio, como la joroba; y su pareja —período previo de grandes tensiones emocionales, con golpiza a la esposa incluida— encuentra a quien, le confiesa, es el amor de su vida, para alejarse de papeles de ella y los niños. Porque en la práctica era un presente ausente en casa.

No importa su sino platónico, los sucesivos encuentros de la mujer con el jardinero motivan el odio del pueblo, y que apedreen a la hija de este hombre y su casa. Cathy, perdida, desesperada y enamorada, le revela sus sentimientos a Raymond. Pero en él puede más la prudencia, y el amor de padre, que la atracción por la patrona, marchándose del lugar.

Esto último lo entiendo, pero lo que no es muy comprensible es porqué en ningún momento Raymond coge lo que le están ofreciendo en bandeja. Esta falta de reacción (nada que ver con lo que en su día hiciera el célebre esclavo de Mandingo) no resulta verosímil, aunque en sentido general poco afecta a la película. Ya sólida ésta desde los planteamientos mismos del guion y su manera de resolverse y ser confiado a intérpretes fabulosos, especialmente esa Julianne Moore en el papel de la estoica, sufrida y abnegada Cathy —el fantasma de las adoloridas mujeres de los melodramas de los ´50 ronronea aquí—.

Moore, Copa Volpi en el Festival de Venecia por su labor, compone con exquisitez maestra y un empleo fenomenal de recursos al personaje central del filme. Haynes (Safe, Velvet Goldmine) ha hecho una gran película, cuidada hasta el detalle y provista de nervios, sangre y piel. Vierte dolor y rezuma certezas.

Lejos del cielo es la tragedia ridícula de una mujer que primero se mantuvo muy anclada a su tiempo, y se olvidó totalmente de sí para ser esclava de los valores de la época. Para luego adelantarse demasiado, y aspirar a un  amor interracial e interclasista imposible de realizar más de medio siglo atrás. El jardinero de Cathy no era blanco como el de Jane Wyman, aunque quizá pudo rondarle a Sirk por la cabeza. Si así fue, Haynes se encargó de complicar las cosas con la potestad que otorga el tiempo.

 Aunque a la larga el tiempo y los hombres no han sido capaces de solucionar todo lo planteado en su filme.

La cárcel y las modulaciones sociales

En la demografía psicológica de todas las celdas del cine carcelario cohabitan las figuras del dolor, el miedo y el ojo avizor ante un qué vendrá inminente. El golpe puede llegar en cualquier instante, hasta que el reo alcanza cierto status de seguridad.

El joven magrebí Malik Djebema (Tahar Rahim), personaje protagónico de Un profeta (multipremiada película francesa de 2009), transita la escala evolutivo-jerárquica de la prisión, casi a desgano pero por necesidad ineludible.

El novato, quien no más llegar al penal es obligado por la facción corsa dominante a asesinar a otro árabe, absorberá cual ostión todas las reglas de supervivencia para mantenerse fijo sobre la dura roca.

En este espacio cerrado de rostros torvos e intenciones ocultas, donde las posibilidades de movimiento resultan escasas, habrá que rendir banderas, negociar, humillarse, guerrear; cada acción a su momento, no hay otra para salir vivo. La historia de ascensión de Malik aquí, pues, dependerá en mucho de voluntad y las mejores dotes camaleónicas.

Jacques Audiard, interesante director del panorama galo a quien han considerado sucesor de Melville, Duvivier y Becker, efectúa un seguimiento modélico del curioso personaje central —su antihéroe no responde a muchos patrones conocidos: árabe, analfabeto, joven, noble e ingenuo hasta cierto punto, pero dotado del código genético de las cucarachas para sobrevivir, encarna el anuncio de un nuevo tipo de gangster, al decir del realizador—, como parte de un no menos certero retrato de grupo, dentro de este microcosmos cuyas imágenes evocan a cada minuto la asfixia del entorno.

Aunque el mismo realizador está de acuerdo en que el sistema penitenciario de su país es conocido como “la vergüenza de la nación”, Un profeta —a diferencia de la española de tema análogo Celda 211— tira menos el carro hacia proclividades denunciatorias en torno a la situación interna de las instituciones que al interés de testimoniar las mutaciones experimentadas en las cárceles francesas en tanto espejos de una sociedad cambiante y sumida en un proceso de transformaciones étnicas, religiosas, lingüísticas, éticas.

No existió hasta esta obra alguna del cine de prisiones (en realidad sería reductor sembrarla solo en dicha parcela, pues sus intenciones la abren igual a los aires del más objetivo drama social) que con tamaña habilidad participase de la exposición del inmenso tejido de corrupción verificable hoy tras el vínculo de las mafias de afuera y de adentro del penal. Ni las más osadas dentro del panorama de los Estados Unidos, cuna y base de expansión del subgénero.

Ante el desconcierto despertado en muchos por su película, le preguntaron a Audiard  si Un profeta es un modelo de cine carcelario o una subversión de ese género, a lo cual contestó: “Tengan en cuenta que yo hago cine en Francia, y en Francia no existe la misma tradición de cine carcelario que en Estados Unidos. No puedo subvertir un género que no existe en mi país. Pero sí creo que es una obra subversiva, porque se trata de la primera película francesa en la que unos árabes desempeñan un papel positivo, no se trata de terroristas ni de integristas”.

Le inquirieron además que como Un profeta ha sido comparada con El padrino y Uno de los nuestros, y de él suele decirse que hace un cine de regusto estadounidense, si se sentía molesto por ello. Respondió entonces Jacques: “Mi formación fílmica transcurrió entre el 1968 y 1980, y en esa época el cine independiente americano era fantástico. Tengo una deuda, sí, pero recordemos que directores como Scorsese y Coppola estuvieron muy influenciados por el cine europeo y asiático de los años 60. No estoy de acuerdo con que actualmente uno no pueda hacer cine de género sin que se le compare con referentes estadounidenses. A mí el cine americano actual no me interesa en absoluto”.

No más ver su película, enseguida el espectador se dará cuenta.