La promoción cultural ¿quién la promueve?

La promoción cultural ¿quién la promueve?

  • La promoción cultural la formación de públicos podría ser el talón de Aquiles en los espacios culturales.
    La promoción cultural la formación de públicos podría ser el talón de Aquiles en los espacios culturales.

A raíz de un foro online realizado días atrás en la sede del avileño semanario Invasor, me brotan las palabras de este texto, como plantas parásitas que ya no me dejan quieto ni por segundo. Quizás escribirlas sea el mejor antídoto. Y si ustedes las leen, tal vez y digo tal vez, pueda comenzar un lento camino a la recuperación de mi espíritu.

El tema a tratarse era la Promoción en la cultura, y como se imaginarán, el principal acusado era el Promotor.

Ahí sentado, entre mis colegas, viéndolos acercarse al ordenador para responderle a los internautas que lanzaban inquietudes desde todas partes del mundo y de la provincia, me vino la idea de que el culpable no era uno si no muchos. Se entiende que, promotor al fin, también me sentía acusado y culpable.

El promotor, aunque no sea el más indicado para ese puesto, tiene sus propias necesidades que satisfacer y debe tener hasta una familia esperando por el salario de a comienzos de mes. Es un ser humano. Un ser social. Por lo tanto, «cualquier» plaza en «cualquier» centro laboral podría ser esa «seguridad» de al menos 200 pesos al mes haga lo que haga.

En eso no veo el problema.

Le toca a todo un departamento y conjunto de personas en esa institución, decidir con justeza y seriedad al que va a ocupar el puesto. Para ello se necesita otra tanto de seriedad, y hasta la ayuda de un sicólogo que camine bien por la rama de la Psicología Organizacional, para que la elección termine siendo la más acertada.

Poco a poco fui profundizando en esa idea y la desarrollé al extremo de suponer que las personas, en su mayoría, que aseguran que la falta de público es debido solo a la promoción, están ignorando que la promoción en sí no puede mover subjetividades ni personalidades. Mucho menos, hacer magia.

En este punto hay que conceptualizar un poco la palabra «Promoción» para poder verla como lo que es: sacar un objeto de un lugar apenas visible, a otro que sea mucho más perceptible. Pero con ello no significa que todo el mundo lo verá. Y para ello, entonces, le echamos manos a la divulgación. Es decir, rodamos la noticia de que ese objeto existe, tiene un propósito y está pensando para satisfacer ciertas necesidades a un amplio público.

Pero todo esto no significa que el producto se agotará apenas esté ya al alcance de la mano del consumidor. No, significa que puede haber una posibilidad de que se venda o de que no, porque la divulgación y antes la promoción, no pueden hacer magia ni las personas que estamos de este lado somos marionetas a la voluntad de otros.

Ni todos los productos que se visualizan o promueven tienen altos niveles de venta, ni todo lo bueno se promueve. He sido testigo en varios países, que lo más divulgado por los medios de «comunicación» es lo que apenas tiene calidad. Y eso es preocupante, lo que nos llevaría a otro análisis en otra oportunidad.

Claro que un promotor ideal, aquel que conoce las interioridades del producto que va a divulgar, y las del público a quien dirigirá su campaña, tiene una gran responsabilidad sobre el éxito o no de su trabajo. Es o será, una especie de sociólogo. Pero no hay que ser categórico con el hecho de que conseguirá que el producto se venda en el menor tiempo posible o que las masas asistan en tropel a un espectáculo determinado.

A un promotor le toca la siempre difícil tarea, como al sicólogo, de instaurar hábitos de vida sanos. Ofrecer respuestas. Asumir responsabilidades para con el otro. Y en este sentido, la formación de públicos es clave. Nada más complejo que dirigir personalidades, subjetividades, y provocar a que el individuo deje de llevar un estilo de vida, para sumergirse en otro que deberá ser mucho más enriquecedor e influyente.

Cada persona tiene sus argumentos sobre lo que hace y los «por qué». Algunos no tienen ni siquiera una explicación, pero lo cierto es que todos saben lo que están haciendo. Y si el Promotor pone a la luz pública un determinado producto artístico, digamos, la inauguración de una exposición de artesanía, y la divulga por todos los medios posibles incluyendo el oral, entre amigos, y nadie o muy pocas personas asisten ese día, no creo que sea su culpa.

Supongo que habría que analizar las causas y considero que es más sencillo contar los granos de arroz que hay en una libra, que sacar conclusiones del hecho. Lo cierto es que una promoción, divulgación, no ha de medirse por el resultado final que a la larga es impredecible y termina convirtiéndose en un dolor de cabeza.

Ejemplos hay muchos: sucesos culturales que nunca han salido a la luz a través de los medios de difusión, y que han devenido en abarrotamiento de público de forma digamos, escandalosa. Por el contrario, otros salidos hasta por «debajo de una piedra», incluso con una propuesta interesante y atractiva, no han tenido las visitas previstas o, al menos, las esperadas.

Hay muchas otras cosas en juego que también hay que conocer. Digamos solo que el producto promocionado y divulgado por las distintas vías de difusión «masivas» ha de ser atractivo e interesante y por, sobre todo, que tenga un carácter especialmente utilitario. Las personas, prácticas en su sentido más genérico, necesitan objetos que le sirvan para algo, así sea un algo material o inmaterial.

Es de destacar que la motivación es quien impulsa la satisfacción de nuestras necesidades. Y si algo o alguien nos impulsa a escuchar esa motivación, cual Pepe Grillo, muchas batallas estarían ganadas para bien nuestro y de la cultura.

Pongo un simple ejemplo de los muchos que hay: compro un libro porque sé que me dará un conocimiento y ese conocimiento me ayudará a conseguir cierto status dentro de mi centro laboral o en la escuela y con ello, algún tipo de compensación. Además de que leerlo me hará relajarme, estimularme, darle un cambio a la vida, y nutrirme de la existencia de otros. Luego me hará popular en determinado momento si se hace necesario socializar que leí el libro y su contenido.

Algo curioso. Las personas que opinan que la mala promoción deviene en poco público en una actividad, son casi siempre, las que menos se dejan atrapar por algún medio de «comunicación masivo». Sumémosle, que apenas revisan sus correos electrónicos (si los tienen) y el móvil solo es una pieza más en sus bolsillos o carteras para escuchar mp3 o tomar fotos de momentos trascendentales de sus vidas.

De esa manera criticar es fácil y les aseguro que, por general, se hace gala de la injusticia, y la superficialidad está ofreciendo espaldas y hombros para que la cabalgue la mala intención.

No niego que para muchos «promotores» ir a la radio, a la tv, leer una cartelera, además de resultarles todo un juego de nervios, es todo un objetivo para su contenido laboral. Hacerlo una o dos veces a la semana ya los habilita como buenos promotores, y si mantienen un ritmo sin caídas, con maneras distintas de divulgar, pues podrían considerarse como excelentes promotores.

Nada más cercano al error. Y es que los «medios masivos de comunicación» no son los más aptos para la comunicación. Esa que en una de sus funciones «implica diálogo, intercambio, y esos medios hablan, pero no admiten respuesta» (Leonardo Acosta, 1973) y que solo ayudan a tratar de grabar en el consciente de una parte del pueblo determinada información que bien puede caer en el vacío o, en el peor de los casos, en el olvido más rotundo.

Otro asunto que me parece bien interesante señalar, es que a nuestra Política Cultural le interesa la formación de ese «Hombre Nuevo» que se concibió desde los mismos inicios de la Revolución. Y que es un ser capaz de discernir lo bueno de lo malo, opinar, cultivar el intelecto, y consumir la cultura en todas sus manifestaciones.

Otro logro es convertir esos «medios masivos de comunicación» en verdaderos puentes de comunicación en donde también el consumidor tiene la posibilidad de interactuar con lo que está viendo, oyendo o leyendo. Y esto se logra de muchas maneras entre ellas, un lenguaje coloquial, diáfano y referencial; teléfonos o móviles habilitados en vivo para cualquier sugerencia o mensaje; correos electrónicos, páginas web que permiten un diálogo mucho más rápido y profundo; entre otros.

Y sin olvidar que estos medios siguen transmitiendo mensajes, difundiendo estereotipos, buscando una transformación social desde la misma cotidianidad, para que el público sea capaz de reaccionar y dejarse persuadir a cualquier tipo de cambio personológico.

De esta forma, hay que pensar en el público no como un consumidor de «baja calaña», si se me acepta el término, si no alguien que es capaz de visualizar la calidad por encima de todas las cosas para luego agradecer que el país esté invirtiendo esfuerzos y materiales para la educación de su pueblo.

Suponer que divulgar un concierto de música clásica es perder tiempo y dinero porque casi nadie acudirá al teatro el día señalado; que sería un gasto innecesario de energía eléctrica, salarios, agua, entre otros menesteres, que se podrían aprovechar en otro suceso con más impacto como un concierto de música popular o de barriadas, es un equívoco.

Al pueblo, en materia cultural, hay que seguir educándolo. Darle todos los gustos es desbalancear las cosas. Es permitirle a la banalidad que suba al podio y tome las riendas del asunto. Les toca a todos velar porque esto no suceda nunca. Y creo que estamos a un punto y una coma de conseguir que esto ocurra.

Desterrar lo malo no es el camino, pero legitimarlo a través de todos los medios de comunicación con una divulgación y promoción excelsa, debería ser prohibido. No nos hace bien a nadie.

También es cierto que educar no es siempre sinónimo de complacencia. Aprendemos en la escuela teorías y conceptos que no son totalmente utilitarios en la vida diaria, pero que en su proceso de asimilación nos ayudan a pensar y razonar de múltiples maneras. «[…] nuestras ideas son el resultado de la educación, mas esta es constante […]» (Félix Varela, 1997). Por lo tanto, la educación vendría a ser una especie de camisa de fuerza de alguien o de algo que, por supuesto, aceptamos o no, pero que nos transforma la vida necesariamente.

La formación de públicos podría ser el talón de Aquiles de la ausencia de públicos en los espacios culturales. Como mismo la pérdida o no, de una tradición cultural es responsabilidad del cultor.

Hubo un momento en nuestra historia cultural en que los responsables de esta práctica, siempre ingrata y compleja, abandonaron sus responsabilidades. Así permitieron que ese público que ya estaba ganado, más del lado aconsejable que del otro, fuera dándole entrada al mal gusto y la banalidad. Por lo que propuestas culturales mucho más interesantes fueron dejando de resultarles «interesantes» y la motivación para acudir a ellas fue menguando.

A esto vamos a sumarle que fue una especie de respuesta a situaciones económicas y sociales mucho más complejas de lo que se piensa. Hubo un cierto temor al desamparo y, por consiguiente, un mecanismo de defensa que se volvió en ostracismo con tal de no extinguirse.

Y la solución estuvo al alcance de la mano, y no nos dimos cuenta. Y no hicimos nada.

Ahora habría que ganar el tiempo perdido. Asumir otras estrategias. Por suerte, la tecnología nos ayuda pues, como una máquina del tiempo, podemos adelantarnos un poco y recuperar lo disipado. Pero esto supondría un esfuerzo mayúsculo que no todos están dispuestos a llevar a cabo.

Le toca al Promotor, claro, el promotor cultural cubano, junto a su departamento, analizar la situación de su territorio, ver las formas de llegarle a ese público que no es el mismo de hace diez años, y que no consume radio, televisión, periódicos, pero que está a la espera de un despertar de la motivación para acudir a los ejercicios de alta cultura.

Les toca a los promotores estudiar el terreno en el que va a moverse y dilucidar lo que quiere el público para luego entender cómo darle lo que, desde la Política Cultural de este país, esté en consonancia con lograr ese objetivo macro que es la formación de un público inteligente: poblado por el «Hombre Nuevo».

Siempre he creído, y ahora que la sicología me dio las armas mucho más, que detrás de cada conducta hay una justificación. El deber del Promotor es entender la compleja vida del ser humano, y tratar de llegarle de la mejor manera posible, a su lado más estético. Y ofrecerle alguna salvación a través del arte y la cultura.

Les toca a los promotores la superación personal para no seguir permitiendo que se les critique por ocupar un cargo para el que no están preparados. Les toca asumir los riesgos, aunque el salario sea mínimo, aunque nunca hayan sido capaces ni de convencer al otro de comprarse un libro. Les toca asumir la responsabilidad de hacer cumplir la Política Cultural de este país que no deja a nadie desamparado y que sigue batallando por la supervivencia junto a las condiciones nuevas de estos tiempos.

Ahora, vamos a suponer que el Promotor es la persona culta, adecuada para su cargo, que consigue llegar a todas las personas con la propuesta cultural que tiene en su momento para divulgar. Supongamos que propaga la invitación como una especie de neblina por todos los medios y cada persona recibe esa invitación no solo por correo electrónico, SMS, llamadas telefónicas, por la tv, la radio y la prensa y que en su círculo de amigos también se comenta y se llega al acuerdo de ir en grupos a esa actividad con tal de pasar un momento divertido, interesante.

Supongamos que la propuesta, entonces, resulta de interés para todas las edades, es atractiva, inteligente, como para no perderse y que el Promotor ha sabido montar muy bien su campaña promocional con técnicas vanguardistas y actualizadas sobre estudios experimentales de marketing, y el poder de la sugestión humana.

¿Qué pasaría entonces? Quisiera suponer que el lugar, en la fecha acordada, se abarrotaría de un público ávido de ser partícipe de ese suceso cultural, pero no puedo asegurar que eso pase. ¿Alguien podría?