Luis Orlando Pantoja: pérdida irreparable para la radio y el periodismo insulares

Luis Orlando Pantoja: pérdida irreparable para la radio y el periodismo insulares

  • Fue fundador de la revista matutina A primera hora, que sale al aire por las ondas nacionales de la emisora Radio Progreso y por audio real en Internet. Foto tomada de Cubadebate
    Fue fundador de la revista matutina A primera hora, que sale al aire por las ondas nacionales de la emisora Radio Progreso y por audio real en Internet. Foto tomada de Cubadebate

El periodista Luis Orlando Pantoja (1932-2019), Premio Nacional de Periodismo José Martí y Premio Nacional de Radio por la obra de la vida, acaba de partir al espacio infinito lleno de música, poesía, luz y color, adonde van las ánimas de las personas como él que, según el Apóstol “aman y crean”.

Por lo tanto, el periodismo y la radio en el archipiélago cubano están de luto, ya que han perdido a uno de sus grandes pilares. Pantoja (como se le conocía en el medio radial) era miembro ilustre de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y de la Asociación de Cine, Radio y Televisión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Fue fundador de la revista matutina A primera hora, que sale al aire por las ondas nacionales de la emisora Radio Progreso y por audio real en Internet.

Desde esa trinchera de ideas, así como desde otros medios nacionales y provinciales de prensa, incursionó —con profesionalidad y eticidad dignas del más cálido elogio—  en todos y cada uno de los géneros periodísticos, aunque experimentaba una gran predilección por el periodismo de opinión, sobre todo cuando tenía que sustituir al colega Julio Batista en el desaparecido espacio Punto de vista.

Había que escuchar sus análisis críticos, signados tanto por la mesura en la voz, como por un enfoque eminentemente objetivo-subjetivo, acerca de los acuciantes problemas que los oyentes le planteaban en ese contexto radiofónico, y que devenían verdaderas clases magistrales de periodismo de opinión y de síntesis periodística, impartidas en solo 5 minutos que era el tiempo asignado a ese espacio, que tanto extrañan los asiduos a la programación informativa y dramatizada de la Emisora de la Familia Cubana.

Conocí a Pantoja a través del periodista, filólogo, y amigo del alma, Rafael Terry Aldana (1940-2006), director de la revista dominical RP-105 hasta su lamentable deceso, un día en que Luis Orlando salía de la cabina de transmisiones.

A partir de ese momento, que jamás olvidaré, se estableció entre nosotros una relación estrictamente profesional primero, pero luego fue abarcando, poco a poco, “como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo”, según el filósofo heleno Annon, nuestras respectivas esferas afectivo-espirituales; proceso que se vio bruscamente interrumpido por la afección cardiovascular que desestabilizó el equilibrio bio-psico-socio-cultural y espiritual en que se estructura la salud humana.

Como consecuencia de ese grave trastorno cardiovascular, y a solicitud suya, decidió a regresar a Santa Clara, la ciudad que lo vio nacer y crecer, y a la que amaba con todas las fuerzas de su ser, para recibir el tratamiento médico correspondiente.

En el hospital provincial clínico-quirúrgico docente de Santa Clara fue llevado al quirófano, donde se le practicó una delicada intervención cardio-quirúrgica, la cual fue un éxito desde punto de vista, porque le salvó la vida, pero lo dejó con disímiles limitaciones. Sin embargo, esas limitantes no le impidieron continuar cultivando —con amor y devoción— sus dos grandes pasiones: la radio y el periodismo.

Al cabo de un tiempo de necesario reposo físico e intelectual, pudo regresar a sus actividades habituales —pero no a la Onda de la Alegría— hasta que Tanatos (la muerte en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo) nos lo arrebató, como suele hacerlo el huracán tropical que “arrebata y destruye”, al decir del fundador del periódico Patria.  

Descanse en paz, maestro Luis Orlando Pantoja, que su espíritu seguirá andando y desandando la cabina de transmisión, los estudios de grabación y los pasillos de la Onda de la Alegría, donde su presencia dejó una impronta en la memoria poética de quienes configuramos la familia de la nonagenaria Radio Progreso.