Niños en la televisión

Niños en la televisión

  • Para atraer a los más pequeños no se debe recurrir facilistamente a los mismos resortes con los que tienen que lidiar en la calle. Foto tomada de Internet
    Para atraer a los más pequeños no se debe recurrir facilistamente a los mismos resortes con los que tienen que lidiar en la calle. Foto tomada de Internet

Uno de los aspectos notorios de la llamada posmodernidad que vivimos es como se acortan los años de infancia. No pocos padres contribuyen a ello “conectando” a sus hijos desde que son bebés con una pantalla del televisor o de computadora. Para que se entretengan, dicen. Y también para que les ocupen menos tiempo.

Además, los visten como adultos, propician que escuchen música de adultos, bailen como adultos reproduzcan expresiones, gestualidades, agresividades verbales y para algunos todo eso resulta muy gracioso, muy simpático.

Esas son realidades innegables que alcanzan legitimidad total cuando tales elementos son asumidos por televisoras públicas que deben responder a otros paradigmas más edificantes para el propio desarrollo y bienestar de los más pequeños, lo cual no significa ni didactismo barato, ni aburrimiento sino esfuerzo de imaginación y creatividad.

Por supuesto que la televisión no tiene la máxima responsabilidad en los problemas educativos de los chicos; son los padres, en primer lugar, y luego, la escuela, pero si tiene el compromiso social de ofrecer productos que contribuyan a brindar otras alternativas de valores frente a la avalancha de “adulticidio” que sufren los que comienzan su existencia.

No se trata de escamotear los problemas de la existencia. Hasta el Gran Maestro José Martí sentenció: a los niños hay que hacerles hombros que soporten el peso de la vida. El asunto es que puedan ir aprendiendo de manera que se les propicie las mejores tendencias humanas, la generosidad, la bondad, el disfrute y respeto por la naturaleza, la curiosidad por conocer y que aprendan como jugando

Pero, lamentablemente, en programas para niños se aprecia la recurrencia a gritar y gesticular como hacen algunos mayores de manera inadecuada, a cantar canciones que expresan sentimientos y pasiones que ellos desconocen,  a reproducir textos con intenciones patrióticas incluso que no pueden discernir por sí mismos, a dar informaciones sin lenguaje apropiado para sus edades, a asumir poses que lastran la posible frescura natural de los comportamientos.

Se trata de niños, claro está. Los adolescentes llevan otros lenguajes, otros tratamientos. Y existen varios programas centrados en los temas de su interés que cumplen sus cometidos. Es muy curioso como los programas foráneos que se seleccionan para la programación infantil suelen ser más cercanos a las edades menores y usan los recursos apropiados para ellas.

Para atraer a los más pequeños no se debe recurrir facilistamente a los mismos resortes con los que tienen que lidiar en la calle. Preciso es esforzarse por fomentar otros atractivos donde los valores humanos resulten llamativos por el modo en que se les presentan. Son impresionantes las experiencias de niños  de ámbitos sociales duros como se dejan conquistar por historias tiernas a las que no están acostumbrados.

No es que la televisión vaya a resolver los problemas que como sociedad tenemos pero si que pueda ofrecer opciones para los de menos edad que le ofrezcan al menos un cachito de infancia que tantos inconscientemente le niegan.