Templarios, Asesinos y cierto escándalo en Watergate

Templarios, Asesinos y cierto escándalo en Watergate

  • Assassins's Creed de Justin Kurzel (2016). Fotos tomadas de Internet
    Assassins's Creed de Justin Kurzel (2016). Fotos tomadas de Internet
  • Assassins's Creed de Justin Kurzel (2016). Fotos tomadas de Internet
    Assassins's Creed de Justin Kurzel (2016). Fotos tomadas de Internet
  • Mark Felt de Peter Landesman (2017). Fotos tomadas de Internet
    Mark Felt de Peter Landesman (2017). Fotos tomadas de Internet
  • Mark Felt de Peter Landesman (2017). Fotos tomadas de Internet
    Mark Felt de Peter Landesman (2017). Fotos tomadas de Internet

Tras la manzana de la discordia

Vuelve Justin Kurzel a dirigir en papeles protagónicos a Michael Fassbender y Marion Cotillard: si antes lo hizo en un Macbeth (2015) digamos que aceptable, basado en el original de Shakespeare, ahora se aventura en Assassins's Creed (2016): una película apoyada en las series de videojuegos, historietas, libros y películas de ficción histórica del mismo nombre, inspirada en la novela Alamut del esloveno Vladimir Bartol (1903–1967).

El irlandés Fassbender asume dos papeles protagónicos —el Asesino español Aguilar y su descendiente en la actualidad, Cal Lynch— en idas y venidas entre el Madrid de 2016 y la Andalucía de 1492.

Son los años de la Inquisición Española con su tristemente célebre Tomás Torquemada y la expulsión de los moros de la península ibérica: Templarios y Asesinos luchan por el poder y por el dominio de la manzana del paraíso, pieza oculta en el último bastión, Granada, que conserva las semillas de la desobediencia humana y con ella su libre albedrío.

En la actualidad, los Templarios, ocultos tras fachadas menos violentas, pero igualmente peligrosas, rastrean la manzana genésica y para ello raptan a Cal Lynch, el último descendiente del Asesino español Aguilar, quien, creen, fue el último en saber del paradero de la manzana. A través de la tecnología pueden rastrear su pasado, que es el de sus ancestros, y hacerlo viajar a una Andalucía de 1492 pedestremente construida.

Al final y después de pelear contra todo el ejército de la Santa Inquisición, dirigidos por el mismo Torquemada, en las calles y azoteas de Andalucía, y verse casi quemado en la hoguera, Aguilar entrega la susodicha manzana a un famoso genovés que viajó aquel año con ella bien lejos de Europa hacia tierra desconocida: nadie menos que el mismísimo Cristóbal Colón, y hasta su tumba en la Catedral de Sevilla se dirigen los Templarios, donde un buen sacerdote, así como si nada, le ofrece el cofre con la buscada manzana dentro.

Si no fuera por los reconocidos actores —Marion Cotillard como la hija científica de uno los altos Templarios, interpretado por un sobrio Jeremy Irons, y claro, el violento Fassbender en la otra parte— y aun así con ellos, Assassins's Creed no tiene mucho que ofrecernos como obra cinematográfica de cierto calado, no le pidamos tanto, ni aun desde las potencialidades del desborde imaginativo que sagas de este tipo suelen suscitar en sus seguidores.

Nada es una realidad absoluta, todo está permitido, insiste en recordarnos una película visualmente estridente, basada en los efectos especiales y la violencia efectista, que cuenta también con las actuaciones de los estelares Brendan Gleeson y Charlotte Rampling, lo que nos demuestra que no siempre los buenos actores hacen buena una película. Aunque todo esté permitido, hay cosas que en el cine hay que pensarlas dos veces.

Ahora es Mark Felt quien habla

Para quienes estudiamos periodismo en Cuba, un libro como Todos los hombres del presidente, escrito en 1974 por los periodistas de The Washington Post que investigaron el escándalo Watergate que llevó a la dimisión de Nixon, Carl Bernstein y Bob Woodward, no nos resultará extraño. Muchos repasamos los dos tomos impresos por la editorial Pablo de la Torriente Brau y vimos la versión cinematográfica dirigida en 1976 por Alan J. Pakula y protagonizada por Robert Redford, Dustin Hoffman, Jack Warden, Jason Robards, Martin Balsam, Hal Holbrook y Jane Alexander, en los papeles principales.

Pero si la versión fílmica de Todos los hombres del presidente se centra en el proceso investigativo y el trabajo de Bernstein y Woodward, con la colaboración inusual del informante Garganta Profunda, Mark Felt (Peter Landesman, 2017) narra la historia desde la perspectiva del propio delator. Ahora es William Mark Felt (1913–2008) quien habla y nos cuenta sus motivos para entregar a la prensa los materiales y la información y con ello crear una sonora avalancha que removería los cimientos de la propia Casa Blanca.

Buena parte del filme radica –además de una historia ya conocida por muchos, pero de la cual no se ha contado todo– en la actuación del conocidísimo Liam Neeson como Mark Felt, en un personaje complejo y singular dentro de su carrera. Más bien desde la reserva y la introspección, desde el análisis pausado de su personaje, un Neeson maquillado y envejecido, da vida al Director Asociado de la Oficina Federal de Investigación (FBI) después del repentino fallecimiento del J. Edgar Hoover en mayo de 1972.

En ese momento inicia el filme: J. Edgar Hoover muere y el Despacho Oval designa a L. Patrick Gray como director del FBI. Intrigas, manejos sucios, control por parte de la Casa Blanca y resistencia de Felt, para quien el FBI debe seguir siendo un organismo autónomo.

Felt comienza a filtrar información a la prensa al notar que la investigación que llevaba el FBI sobre los sucesos de Watergate (al estar el Despacho Oval involucrada) sería archivada y el presidente Nixon negaría cualquier implicación de la Casa Blanca y sus funcionarios en el asunto. Las sospechas no se harían esperar, pero Felt sabía demasiado, y un hombre que sabe demasiado siempre será un hombre peligroso: “Se suponía que debía estar celoso de Gray por su nombramiento recibido en lugar de mí como Director en funciones. Pensaban que mi alta posición en el FBI me dio acceso a toda la información del Watergate y que lo estaba liberando a Woodward y Bernstein en un esfuerzo por desacreditar a Gray, para que este fuera removido y tener otra oportunidad para ser nombrado. Luego estaban los casos frecuentes cuando yo había sido poco cooperador en los pedidos de la Casa Blanca, que pensaba que eran impropios. Supongo que el personal de la Casa Blanca, me había marcado como insubordinado”.

Mark Felt fue un hombre escindido por las circunstancias de una época: ambicioso sin dudas, tenía fe en el FBI, al que entregó más de treinta años. Desde Salt Lake City, Utah, donde supervisó varias investigaciones sobre el crimen organizado en casinos de Reno, Nevada y Las Vegas, durante la administración de Hoover, hasta Washington donde se retira en 1973.

Tozudo —aunque decide buscar a su hija que había escapado para refugiarse en un campamento hippie—, solo en mayo de 2005 reveló a la revista Vanity Fair que él era Garganta Profunda.

El filme —con una sobria fotografía, un buen reparto, Diane Lane interpreta a la esposa de Felt, una excelente caracterización de personajes— de alguna manera justifica su accionar. El cine estadounidense, desde D. W. Griffith con El nacimiento de una nación (1915) acá, a la par del “establishment”, justifica los ideales de justicia en los que —insiste en recordarnos— se sustenta el modelo social norteamericano. Con todo que narra un hecho real donde la Casa Blanca no quedó bien parada, Mark Felt no deja de ser una película así.