Vivimos un mundo huérfano de justicia

Vivimos un mundo huérfano de justicia

  • Lula da Silva, víctima de la desvergüenza imperante en este planeta. Foto tomada de Internet
    Lula da Silva, víctima de la desvergüenza imperante en este planeta. Foto tomada de Internet

“La humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria”

Groucho Marx (1890-1977)

El asunto es antiquísimo.

Desde el fondo de los milenios, en un libro igualmente venerado por judíos y cristianos, nos llega la voz del profeta Isaías, con su clamor indignado: “Las armas del tramposo son malas; traman mentiras inicuas para enredar [...] para hablar en juicio contra el pobre”.

Tanto El Eclesiastés como los Salmos nos convocan a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

La otra gran religión monoteísta se sintoniza en la misma frecuencia. En El Corán abundan los llamados a tratar con clemencia a los menesterosos,  “hacedles obtener algo y emplead siempre con ellos un lenguaje cariñoso y honesto”.

Pero hoy los poderosos van a sus templos, con las caras más frescas que una lechuga, mientras La Tierra cruje a fuerza de iniquidad.

Alrededor de 800​ millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para vivir una existencia medianamente decente. El asunto anda por uno de cada nueve terrícolas.

En la noche, muchísimos niños se van a la cama sin haber llevado, durante todo el día, algo nutritivo a sus boquitas. (66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los mal llamados países en desarrollo).

La historia de una vileza

El hogar natal era paupérrimo y en equilibrio precario. Su padre, un estibador alcohólico.

Después confesaría: “Logré sobrevivir”.

Luiz Inácio Lula da Silva (Caetés, Pernambuco,  Brasil, 1945) a los doce años es limpiabotas. Después, ayudante en una tintorería o vendedor ambulante de frutas tropicales.

A los catorce años lo hallamos en una planta de producción de tornillos, con un horario de doce horas diarias.

En 1963 se gradúa como tornero mecánico.

Pierde un dedo mientras trabajaba en una fábrica de carrocerías de automóviles.

Era un preterido, pero había nacido líder, quizás a pesar de sí mismo.

En 1975  asume la presidencia de su sindicato, con un apabullante 92% de los votos. Es el líder de unos 100 mil trabajadores. En 1978, resulta reelegido, con un 98% de la votación.

Lideró movimientos huelguísticos que mucho contribuyeron  a la defenestración del gobierno militarote.

En 1980 fue el líder de un paro que duró 41 días, en el cual participaron 300 mil obreros paulistas.

Su carrera pública lo lleva a dos períodos en la presidencia brasileña. Pondría todo de cabeza, para bien. Triplicó el producto interno bruto per cápita, según del Banco Mundial, institución poco sospechosa de inclinaciones izquierdistas. Logró disminuir la inflación y el desempleo. La tasa de mortalidad infantil bajó a menos de la tercera parte.

¿Su gran acto heroico civil? Pues con programas como Hambre Cero, Bolsa Familia y Plan para la Erradicación del Trabajo Esclavo, sacó de la miseria a una cantidad de sus compatriotas que algunos evalúan en 30 millones, mientras otras la hacen ascender a 50 millones.

Hoy aquel expresidente, quien fue capaz de ganar una elección con 58 millones de votos, es acosado como si fuese un asaltante de caminos.

Lo cual resulta perfectamente explicable. Porque sus enemigos no se circunscriben a la reacción interna, y son mucho más poderosos. Por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional, cuya asistencia él calificó como un "beso de la muerte". O los vecinos norteños, a quienes en un párrafo — que es más bien un chisguete de ácido de acumulador— retrató así: "Si hay una cosa que admiro de Estados Unidos es que lo primero que piensan es en ellos, lo segundo es en ellos y lo tercero en ellos. Y si aún les queda tiempo, piensan en ellos nuevamente”.

Hoy amenazan con hundirlo en el fondo de una ergástula por casi una década.

 Mientras, los preteridos, los postergados, los ninguneados, ponen a latir el miocardio junto al suyo, generosamente desbordado.

Quizás algunos de los que nos estremecemos con su recuerdo, estémonos diciendo, en monólogo interior, las palabras de Teresa de Jesús: “No me vendo. Es el único lujo de los pobres”.