Cinta métrica: la medida perfecta de Ángel Escobar

Cinta métrica: la medida perfecta de Ángel Escobar

  • Instantáneas de La cinta métrica por Ediciones UNIÓN. Fotos: Héctor Navarro
    Instantáneas de La cinta métrica por Ediciones UNIÓN. Fotos: Héctor Navarro

Entre realidad y ficción, con una alta dosis por momentos de poesía, lo que simula —por el tono conversacional— un larguísimo poema, transcurre la novela La cinta métrica (Ediciones Unión, 2015) autoría del poeta y narrador cubano Efraín Rodríguez Santana.

La obra recoge y recorre la vida perturbada y perturbadora del también poeta, narrador y dramaturgo Ángel Escobar (Guantánamo, 1957-La Habana, 1997), quien tras suicidio incauto despojó a la literatura cubana de uno de sus más brillantes renovadores.

La lucha de este contra los fantasmas que lo asecharon en sus 39 años de existencia, es tema primordial del texto; toman cuerpo y vida gracias a la fabulación de Rodríguez Santana.

A modo de prefacio, el pórtico de la narración abre con un diálogo, inquietante y atrapador, de Escobar —personaje principal— con un médico psiquiatra; parlamento que revela los indicios del desorden mental que anidaba en su psiquis. Measuring tape 3 m-10f —nombre de esa primera sección— da las cotas preliminares de lo que será el conflicto fundamental.

Seguido a este, doce capítulos titulados con nombres de objetos significativos en su vida —clave y metáfora a la vez—, complementan un “lead” que conduce al lector por lo que fue la tortuosa existencia del escritor, esencia del drama cardinal a lo largo de la novela.

Cada uno de estos acápites obedecen a los segmentos más notables de la vida del poeta, a la vez que forman los hilos temáticos de la trama: su relación amorosa, la maltrecha relación familiar con su padre —tal vez el origen y causa de su perturbación mental—, los amigos y los objetos del recuerdo a los que rindió especial culto.

Interesante en grado sumo la descripción del proceso de su locura, los miedos y las dudas que lo provocaban, perennes a lo largo del extenso monólogo interior del protagonista y una de las subtramas.

Algo llamativo y que, a mi modo de ver, refuerzan la dramaturgia general, es la recreacióndel momento histórico y el entorno social —de marcada intención— que rodeó al bardodesde su niñez hasta su desaparición física, “llagas” que lastraron su existencia y que ambientan la historia de principio a fin.

De aquí se infiere la revisitación a los primeros años de la triunfante Revolución de 1959, sobre todo, las décadas de los ´60 y ´70, con la finalidad de evocar esa complicada etapa, permeada de los desganos de una política cultural mal calibrada e interpretada al vuelo de los extremistas, como lo muestra el siguiente fragmento sobre la estadía de la figura principal en los inicios de la Escuela Nacional de Arte: “(…) nos enviaron a Palo Seco, a la escuela al campo. En aquel sitio se definía el futuro, era la prueba de fuego, si no la pasabas con sobresaliente te despedían (…) Existía una Escuela Oculta detrás de la Escuela Oficial y esa era la Escuela de la Culpa. Eras culpable hasta que demostraras lo contrario, pero lo contrario no tenías modo de explicarlo sin que se convirtiera en diversionismo ideológico”.[1]

Punto y aparte para la particular recreación de los años del llamado Período Especial en Cuba, justicia para aquella década del 90 con toda la crudeza existencial del momento y valoraciones, según mi opinión, pocas veces dadas en la literatura cubana.

En este mismo reconstruir de la memoria el autor reflexiona y describe el ambiente del barrio de Alamar —última morada de Escobar— en la década de los ´70, mostrado con ironía y picaresca pero desde el filo de la verdad tangible sobre ese lugar variopinto en su composición étnico, social y cultural.

No se puede dejar de mencionar los aspectos más personales del escritor, abordados desde el tamiz del conflicto que lo envolvió: una vida licenciosa, dada al placer del trago, la locura y las mujeres.

Si despojáramos a la novela de la trama, la acción y los personajes, estaríamos en presencia de un estudio psicológico sobre Ángel Escobar. Disfrutamos de leer una magnífica ficción gracias a la madera narrativa del autor. Tal es el caso del uso de constantes saltos temporales, la movilidad temporal extrema obliga a estar en vilo todo el tiempo pero sin perder el hilo conductor  y la perspectiva.

El narrador utilizado en su mayoría es la primera persona, nada mejor que la propia voz de Escobar para entrar en los laberintos turbados de su mente y ver allí sus más enconados demonios: André Bretón, alucinaciones con su pasado familiar, el duro proceso del electroshock; los objetos cercanos a él (lata pelikan, reloj poljot, etc.) que relacionan momentos retorcidos de su vida y desordenaban su horizonte; asumidos todos como líneas narrativas entrecruzadasen el discurso.

El lenguaje en general es medio, claro y con alta dosis, por momentos, de lirismo. Alterna en ocasiones, según el personaje y la situación dramática de turno, con la más visceral y autóctona habla popular; incluso, llegando a veces, a niveles de realismo sucio.

Veinte años han pasado de la muerte de Escobar, sin embargo duele ver cómo las mismas circunstancias del complejo mundo literario que lo rodeó, aún perviven en la actualidad: intrigas, desplazamientos, oprobios, fracciones literarias; coexistieron con la magistral y novedosa visión que sobre la poesía experimentó, aquí bien delineadas. Tampoco podían faltar sus escritores de cabecera, aludidos en varios instantes de la obra.

Muchas razones existían para señalar con el índice acusador al intelectual santiaguero como explica uno de los personajes secundarios sobre su expulsión del Instituto Superior de Arte: “(…) había mucha gente que le tenía animadversión por todo, o sea, por premio, por inteligente, por leer a Shakespeare, por culto, en fin, porque no era bretero, no le hacía daño a nadie, o sea, eso molestaba a mucha gente (…) Siempre estuvo en la mirilla, las discusiones que tenía con la juventud, con los dirigentes de la FEU, con los profesores, un tipo que discrepaba también en los exámenes, y su opinión tenía un peso (…)” [2]

Más que sobrados motivos para ser el centro de la diana en la que muchos oportunistas oficiaron la maldad, convocaron a su excomulgación. Le tocó vivir momentos de censura y miradas superfluas que no advirtieron su grandeza creativa y humana, más allá de su enfermedad psíquica. El convincente discurso narrativo de Rodríguez Santana lo reafirma.

Tortuosa debió ser la vida de Escobar, atrapado entre el recuerdo de una infancia infeliz, trashumante; una adolescencia incierta y adultez ahogante. No podía esperarse otra cosa que una convulsión interna inmensa la cual preñó, paradójicamente, de luz creativa, adueñándose de infinitas referencias culturales; ese turbión de referentes, desde el teatro hasta el cine, es recreado magistralmente en estas cuartillas, cargadas también de momentos de clímax.

La cinta métrica, es una atractiva y valiosa lectura para profundizar en la vida de ese genio literario que fue Ángel Escobar, conlleva  al análisis y la reflexión de un hombre incomprendido, es la medida perfecta para medir su estatura.

Notas:

[1] Rodríguez Santana, Efraín: La cinta métrica, Ediciones Unión, 2015, p. 38

[2] Ibídem, pp. 156-157