El arquero contra Picasso

Alejandro Álvarez Bernal

El arquero contra Picasso

  •  Diseño de cubierta del libro.
    Diseño de cubierta del libro.

El héroe de este relato ha perdido el conocimiento y está entre dos de sus compañeros.

Alejandro Álvarez Bernal

 

Desde la visión apolínea de una vanguardia cubista el arquero está completamente flechado. Los fantasmas de los galgos lo miran inmóvil con la cuerda tensada de su arco. Como el sueño de Picasso, la variación azul lo vuelve destellante al descubrirse en medio de incipientes matas de plátano. El ínfimo sombrero, bien disimulado en la monocromía, corona al hombre de los músculos cuadrados. La ingravidez de las esferas a lo largo y ancho de la insinuación metálica del paisaje, rompe ácida el verdor del arco extremado hasta desparecer de la cuadratura de la imagen. Luego, como una sorpresa, en el horizonte bajo, se puede leer: Cañón de retrocarga (UNIÓN 2012) de Alejandro Álvarez Bernal.

La historia de este hijo de vecino (tal como lo llama el Autor) es la historia de un hombre que muere en la guerra. Una guerra de la cual no sabemos su origen ni su final; aunque no importa, en tanto, es la muerte lo que en ella gravita produciendo los giros en los últimos recuerdos. La muerte (o el acto de morir) para Bernal que se pregunta: «¿es válido asumir un asunto que está en el aire pero que no es tuyo?»[1], constituye tema principal, y para mostrarlo maneja un amplio arsenal de formas discursivas.

Hay que decir, algo planteado por Bernal en cierto momento del libro, que a pesar de que la forma en que está narrada la historia del héroe de este relato (tal como lo llama el Narrador) pudiera parecer “original y nueva”, antes existen libros con la intención de desmontar disidentemente toda estructura narrativa; recuerdo, consonante a esto: Abrapalabra (Casa de las Américas 1980) de Luis Britto. Cuando Bernal elige agrupar en tono de novela (o relato largo) estrategias para enfrentar una narración, incluyendo el guión de teatro, desemboca, por el tono lúdico, en una carnavalizada operación de la muerte.

Cañón de retrocarga se vuelve una historia que trata de tocarnos una sensibilidad casi perdida por lo cotidiano que se ha vuelto la noticia de la guerra, las imágenes mediáticas de los genocidios, las grabaciones de las explosiones, la visión de los miembros descosidos de un hombre sobre un tanque incendiado. La misma imagen picassiana de Guernica en la guerra civil española donde la sensibilidad nos lleva al horror y del horror a la indignación.

El héroe de este relato (de Cañón de retrocarga) junto a su muerte va dibujando la vida que tuvo y toda la realidad que lo establece como moribundo. Lo que lo lleva a distanciar, y que Bernal aprovecha para poner de relieve la relación barthesiana que existe entre Autor-Narrador-Personaje. Cada uno en Cañón de retrocarga es autónomo y necesario en la búsqueda de lo que debe quedar luego de una buena narración.

Dentro de la estriada y futura salida del proyectil, Bernal es capaz de apuntarnos a la sien con diversas reflexiones acerca de la condición humana. La condición humana en momentos donde “condición” y “humano” son utópicos: las ascensiones del hombre autófago. En la guerra, todos se vuelven oscuros recipientes. Cañón de retrocarga es, también, un libro antibelicista, pacífico. Va la guerra, ve en la guerra, vence en la guerra a la novia flaca y calva que sonríe y se encoge los hombros.

Así en la narración como en la muerte, Bernal no deja de insistir en la posición que ocupa en su historia el papel del escritor: «Nuevamente, ¿qué es un escritor sino sus narradores, sus personajes, sus fantasías?»[2]. En cada palabra de Cañón de retrocarga está la búsqueda de lo dinámico, la energía espín que provoca la narración ensortijada en diversos puntos de vistas. Es una novela multipropósito que no renegrece el lenguaje para presumir, sino que a partir del énfasis del testimonio ocurre en vida escrita lo que la oralidad cotidiana no es capaz sostener.

Cañón de retrocarga en unas horas también presiona lo que queda de nosotros en la última página. Bernal encontró allí, en un lugar común lleno de manchas, ese espacio retráctil de la narración que posteriores narradores no han sabido rozar.

[1] Alejandro Álvarez Bernal: Cañón de retrocarga, UNIÓN 2012, pág. 10.

[2] Ibídem, p. 95.