Otra vez sobre Domingo

Otra vez sobre Domingo

  • Domingo es dueño de una poética que es forzosamente dramática. Foto tomada de Cubasí
    Domingo es dueño de una poética que es forzosamente dramática. Foto tomada de Cubasí

Sobre una poesía  de la que ya he escrito y he encomiado se me pide regresar, con motivo de la publicación de una nueva antología de la obra de su autor. Es Domingo Alfonso, quien ahora nos entrega el volumen Vida y Muerte, (1) publicado por Ediciones Unión, e ilustrado sugerentemente por una obra del maestro de la plástica Pedro de Oraá. En los últimos  diez años han visto la luz varias antologías de toda su lírica, donde los poemas han sido revisados, corregidos y hasta sustituidos unos por otros en el territorio interno de cada libro. Y hallamos la causa de semejante hecho en que Domingo se ha preguntado cómo lo leerá la posteridad, al tiempo que él mismo ha sugerido,con sus selecciones,  cómo el quisiera que  la posteridad lo leyera. Pese a lo cual algunos ya sabemos cuáles poemas suyos integrarán los volúmenes académicos, por ejemplo “Después del amor”, donde, como bien afirma Roberto Méndez, “el poeta evidencia la capacidad para conjugar lo particular y lo social, e integrarlo en un testimonio existencial, de manera que es capaz de hurtarse al influjo de ciertas crónicas mal versificadas que en esos tiempos algunos querían hacer pasar como “poesía comprometida” (2):

Esta mujer y yo terminamos.

Ahora, dejando el desorden de las  sábanas

hemos mirado por la ventana hacia la calle.

Un poco a la derecha

unos obreros componen una enorme valla

que dice: Todos con boinas rojas a la Plaza de la Revolución.

Ella se vuelve al interior del cuarto de hotel.

Yo miro sus nalgas color de tinta de imprenta.

Siento lo que los hombres normales ante tal espectáculo:

Doy gracias a quien corresponda por encontrarme vivo.

“Poemas del hombre común”, frecuentemente citado por los estudiosos, “El rostro de Marlon Brando” o “Nacida para el amor”. Domingo siempre ha estado ahí, en su lugar de poeta alejado de los cenáculos naturales y orquestados. En los años noventa y principios de los 2000 los poetas de su generación que más se hacían notar, y que el status quo promovía con cierto frenesí, no eran precisamente ni Domingo Alfonso, ni Georgina Herrera, cuyas obras han  seguido mostrando su sedimento, ahora que aquellos conversacionales encumbrados han pasado a las sombras de sus casas. El poeta Domingo sigue aquí, a la espera de un gesto de la crítica o del poder literario que demarca tamices misteriosos y hasta desconocidos. Sus poemas pueden ser acusados de sencillez o simplicidad pero nunca de ausencia de vibración humana, en los que se le canta, de manera natural y asombrada a un tiempo, al carácter efímero del placer y de la existencia,  al clamor vacío de las almas, y asistimos a la dramaticidad de un poco de misterio. Véase sino su poema “La orden”:

Alguien me dice:

márchate,

es la Orden.

¿…Qué más?

Su oculta dimensión

está de pronto clara;

recojo mi equipaje,

mi sonrisa, mi alma,

me voy sin un adiós. (3)

Desfilan ante nuestros ojos breves angustias y angustias hondas, “que se esconden al compás del propio corazón”(4), como la existencia, en labios de un poeta que siempre va cantando el devenir de una manera más leve o más profunda. Por sus ojos pasa la vida horizontal y verticalmente hablando, viviendo, ensanchada en los otros, y ha conseguido “cómo hacer que su tristeza sea algo más que la lamentación del sentimiento.”(5) Esta poesía  ,directa, cruda y hermosa, atesora variados dramas humanos – y cotidianos, por cotidianos trascendentes – mediante retratos que también pueden ser encontrados en otros miembros de la Generación de los años 50, donde describe seres desafortunados como es el caso del poema “Adolfo”, ancianos que perdieron su mundo, véase ,en este sentido, el texto “Árbol desarraigado”, o en situaciones determinantes de sus vidas, como pueden ser el placer o la muerte, entre los que se incluyen varios autorretratos que el autor se dedica. Entre ellos destaco igualmente el poema “La joven madre” donde es curioso  darse cuenta que la protagonista del poema no es la madre, sino el hijo que viene con su fuerza arrolladora que todo lo trastoca, aun cuando adivinemos en él  alguna huella de nuestra propia sangre. El poeta es capaz de ver esta semilla hecha  hombre, con todos los defectos que la condición humana presupone.

Los exergos que coloca a cada uno de sus libros van dando la medida de la cualidad de su poética, donde se representa “la brevedad de lo que se vive”, (6) “el deseo, el sexo, que es la vida.” (7) En su obra curiosamente aparecen también varios poemas de poética que antes no había advertido donde declara para quien escribe:

Escribo para esa alma

cuyas pupilas, en medio de la angustia

leerán despacio mis pobres renglones.

Para este desconocido, con zozobra que veo

tal vez un poco derrotado

-para enseguida poner los pies sobre la vía-

Escribo.

Sus manos recorrerán estas páginas

y esa persona lejana

-acaso una réplica tardía de mí mismo –

será mi justificación.

Sus ojos

recorriendo las letras dispuestas

para él, unas después de las otras

a fin de que descubra

Aquello que he buscado

toda mi vida en vano. (8)

Escribo también para las putas

para ellas (como para las rosas)

Escribo.

Nalgas abiertas, clítoris olorosos, tetas

erizadas por ese fuego

poniendo verticales

las vergas, que entonces,

nada piensan.

Deseo

mezclado en ocasiones con imágenes

de Washington, Máximo Gómez

Hamilton y Grant.

Mujeres

ultrajadas en el foro abierto

-no están en la pantalla de televisión –

pero anheladas

dentro de la más intima

médula masculina.

O confiesa su idea de lo que es un escritor, alguien “sin dinero ni poder, acaso con algún amigo”… un artista intérprete de su propia existencia, (9) o el poeta, del que está seguro que guarda “parecido con una taza de urinario puesta por un arquitecto a la entrada de un edificio humilde; un poeta es algo para satisfacer necesidades.” (10) Recordamos en este sentido también otros textos donde nos confiesa que el poema, la poesía es la vida y viceversa, la vida es poesía, como en el poema “Manifiesto”, (11) o describe su recepción por los seres comunes, como en “Describo mi auditorio”. (12)

Como dije en un texto anterior, fue por allá por 1999, durante una memorable visita al golfo de Guacanayabo, que lo oímos referirse a sus poemas eróticos de un modo muy peculiar, pues en su lírica abundan textos de marcado  tono erótico con elementos románticos y existenciales evidentes: “Ahora voy a leer los poemas que me han dado mala fama” Contrastaba su manera de leer y comportarse y, como dice Enrique Saínz, la jerarquía inusual del sexo en su poética. Si la existencia para el poeta es efímera y a todo lo acompaña un atisbo de muerte, es el amor y la unión de los sexos lo que permite la eclosión que abarca el universo todo en su complejidad, armonía, rapto, flujo y concatenación. Considerado por la crítica académica como el poeta de su generación que incurre en las “notas de mayor desenfado y prosaísmo”, Domingo es dueño de una poética que es forzosamente dramática, recordando a Pavese, (13) porque su mensaje es el encuentro de dos personas – el misterio y la fascinación y la aventura de estos encuentros – no la confesión de su alma.

NOTAS

 (1) Domingo Alfonso. Vida y Muerte. Ediciones Unión, La Habana, 2017.

(2) Roberto Méndez, “Domingo Alfonso traza signos sobre la arena” en Domingo Alfonso. Ob. Cit, p. 17.

(3) Domingo Alfonso. Ob. Cit, p. 63.

(4) Domingo Alfonso. Ob. Cit,  “Sentados en un café verde” p. 53.

(5) Véase Susan Sontag. Renacida. Diarios tempranos, 1947 – 1964, Mondadori, Barcelona, 2011, p. 165

(6) Francisco de Quevedo

(7) Luis Cernuda.

(8) “Para esa alma que leerá estos renglones”, p. 213.

(9) Domingo Alfonso. “Viejo”, Ob. Cit, p. 238

(10) Domingo Alfonso. “Elogio del arquitecto”, Ob. Cit, p. 77.

(11) Domingo Alfonso. Ob. Cit, p. 78.

(12) Domingo Alfonso. Ob. Cit, p. 79.

(13) Véase Cesare Pavese. El oficio de vivir. El oficio de poeta. Editorial Bruguera, Barcelona, 1979, p. 250.