Poemas en las ramas del fuego

Poemas en las ramas del fuego

  • Las ramas del fuego contiene una voz comprometida con el derredor.
    Las ramas del fuego contiene una voz comprometida con el derredor.

No es poco
para la libertad de un hombre

pintar el árbol como un árbol

Aguas blancas, Jorge R. Bermúdez

“Bascúlese la báscula”, escribió Roberto Manzano en un libro frugal y enérgico, Synergos; pero en Jorge R. Bermúdez la palabra no pesa porque pertenece a la imagen dinámica de su realidad. En un libro como Las ramas del fuego (UNIÓN 2011), Jorge R. Bermúdez alude a un tipo específico de imagen muy emparentada a un pictoricismo casi emblema, por demás, icónico.

Existe una “iconicidad” dentro que lo imanta. Subdividido en tres partes progresivas (Las ramas del fuego, Antropoética, Transparencias), se arriesga en permitir al lector una inmersión, el ir en profundidad tanto como sea posible. Para el poeta, la imagen parece un acto (no un hecho) que se retiene en la memoria y dispone de ella injertándola a su medida.

Cuando se le opone la lectura de otros libros de poemas a un libro entero como Las ramas del fuego, se obtiene una diferencia sustancial. Un vuelo sin sospechas por su asentamiento. Es decir, si la mayor parte de la producción poemática de la Isla está dirigida hacia destinos mucho más “barroquizantes”, esta escritura pertenece a otra tradición, menos barroca y más «art decó», si se pudiera decir.

Jorge R. Bermúdez es capaz de articular desde la mitología, desde la certidumbre de una historia clásica (mediterránea), artefactos dichosos en cuanto al significado que un lector proveniente de una Isla caribeña puede encontrarle. Los poemas acaban por manifestarse mientras se va ejecutando su lectura. Los poemas no se agotan cuando encuentran su posición definitiva aunque sobre La Habana vaya cayendo la tarde.

Hay rasgos, ansiados, que sustancian (que arrojan) colores en los poemas de Las ramas del fuego; uno, el primero, puede ser la rispidez con que se presentan, pues estos poemas-óleos necesitan de un ojo intenso, anguloso, capaz de resistir el golpe del viento cuando se acerca muy rápido; el segundo, surgidor, regresa del ángulo con un calor apenas rozado por el fresco que puede ofrecer el algarrobo.

Pero mi afición descomunal por las figuras de yeso, a veces me aparta de estas “intensas” figuras que rotula Jorge R. Bermúdez sobre las ramas operantes de un estilo provocador, figurativo y deudor de la empatía que siente por lo íntimo y vanguardista.

En un poema como Van Gogh, el poeta (no el maestro), contrae cercanía con el “fatal pelirrojo”, cuestionándolo le impulsa a la muerte:

Después que se pinta así,
hay que morir, Van Gogh.

Y se ve el desplazamiento del peso de la palabra hacia la imagen definitiva y pulcra, que el “desorejado” previno una vez. Más allá, entre suspicacias, escribe mucho más íntimo todavía. Si es cierto que el poema Corazón participa del imaginario que se le ha impuesto al músculo y Jorge R. Bermúdez no le aporta otra cosa que sombras allí dónde haría falta que ensanche el pecho, una cierta traza teológica inspira.

En Antropoética se tiene por colisión el impacto secular: Anónimo Prometeico. Este poema sigue la tradición maldita de la evocación. El tono bíblico aún no se le desprende, pero la revisión del origen por una vía actualizada ocasiona que su lectura pueda comenzarse a partir de una pregunta que lleva al poema: ¿toda partida, todo origen, viene de la nada —o cómo gusta llamarla a Jorge R. Bermúdez— de la intemperie?

Las ramas del fuego, contiene una voz comprometida con el derredor. Se desplaza por sus territorios con una finura casi exclusiva. Para cuando necesitamos que el poema (los poemas) no sean arrojaduras de serpientes a la conciencia (voz interior), bien se puede buscar este libro que destaca por sobre otros, gracias a su apuesta por la voz sencilla.

Básicamente, hay que dejarlo ser. Leerlo con la idea de que se está delante de una intención buena, de una capacidad muy objetiva a la hora de describir qué sucede dentro del sujeto arrollador que es el poeta.

Su portada, un poco sui generis, es independiente casi de lo que toma forma al activarse. Jorge R. Bermúdez consigue una pieza interesante porque asienta la imagen con una cordura plausible y no se exige determinadas formas “nuevas” para llegar a sitios inesperados.