Puertas para recitar de memoria a María Elena Llana

Puertas para recitar de memoria a María Elena Llana

  • La multilaureada escritora María Elena Llana.
    La multilaureada escritora María Elena Llana.

Desde una ilustración de cubierta de Jorge Villanueva, sus bordes amarillos colocan al libro en la superficie de una “caja china”. Luego del negro al ocre al beige y de nuevo al ocre y al negro, que se ha vuelto noche o habitación sin luz, Tras la quinta puerta (Unión 2014) de María Elena Llana, tiene una llave que ha abierto esa puerta.

El número cinco tiene su atención numerológica. Tercer número primo, llamado áureo, tras su llamado los muertos regresan a su dominio vivo, por lo que se le considera sagrado. También origina el Pentagrama, forma definitiva del cosmos. Pero no es un pentagrama lo que origina esta multiplicidad de orígenes, cuando observamos bien la portada de Tras la quinta puerta, sino una tersura del espacio, cada vez más reducido, al cual nos permitirá adentrarnos con razones suficientes.

Con 214 páginas, 15 narraciones no se agolpan embistiéndose paulatinamente como podemos encontrar en otros libros de cuentos, tampoco su conexión se demuestra en la contemporánea ubicuidad de los personajes que trazan un sentido de expectativas hacia lo que —nosotros— los lectores quisiéramos encontrar.

Existe un hecho distintivo que puede adjuntarse a esta entrega de María Elena Llana, la reciente publicación de Casas del Vedado (Letras Cubanas 2015), libro con el cuál obtuvo el Premio de la Crítica en 1984. Esto admite, también, otra especie de ubicuidad. Es decir, podemos tener acceso a dos Marías Elenas, una creadora de 1983 (año de publicación de Casas del Vedado) con todo el afán de lo que en esos años era nuestra Isla, y otra en pleno siglo xxi, narradora —eso sí— de los avatares resultantes del tiempo presente.

No realizaré una “lectura comparada” de ambos textos, porque me parece mucho más interesante dignificar (o traer a la mesa de lectura dentro de todo el marasmo de la embolia de publicaciones) un libro como Tras la quinta puerta, que dibujar líneas como una tela de araña hacia lo que podemos encontrar con solo convencernos de que es posible integrar en una misma persona a la autora de ambos textos.

Si bien el uso del lenguaje en algunos cuentos es magnífico, en otros es como un extraño; María Elena Llana se permite incluir palabras que bien pudiéramos, para contextualizarlas, buscar su razón primera, su concepción, en el diccionario. Lo que nos trae a un tono que va migrando de sabor en sabor según sea el camino que predispone la autora en cada una de las 15 narraciones. Y quiero hacer otro alto aquí: María Elena Llana narra, construye narraciones. La “narración” es un término mucho más amplio que el término “cuento”. Esto dice que María Elena Llana trasvasa el género hacia otra cosa. Amplía, extiende, como si los mismos márgenes fueran el objetivo y objeto de las distintas variaciones del género.

A lo largo de Tras la quinta puerta podemos descansar y encontrar tensiones que vienen de una fantasía muy real. En (Autohechura) (pág. 26), marca el paréntesis esas puertas que ocasionan lecturas polisémicas, distintas, a lo que la narración “lineal” sugiere. Su impacto logra regresiones constantes que acaban por fundar un universo, un cosmos lateral a lo que nos es contado con fugacidad. Es recordable —para mí lo más importante dentro de cualquier texto—, el modo en que María Elena Llana ha logrado hablar en este cuento —ni por asomo un relato— de la reconstrucción a partir de la reconstrucción misma. Es una de esas especies de narraciones que muestran de un modo (sencillo) cómo pudiéramos vernos (dentro de unos cuantos años) al retener en la memoria lo que ha marcado (para siempre) la existencia. Esa narración es implacable.

Tras la quinta puerta remite a un estado de gracia que viene del asombro fundamentalmente. Su lectura no aísla la pasión que una vez pudo enmudecer a Narciso ante su reflejo. Para María Elena Llana como para los autores que piensan en la narración como una fabulación que juega a mirar los espejos que se encuentran en los ojos, se antoja una necedad por incluir.

A este libro es imposible verlo (leerlo) con ese distanciamiento que, a veces, logran ciertos narradores, como si buscaran un lector que no despierta y ve (mira) a la ciudad en su plenitud. La fantasía, rasgo espiral y centrípeto, tiene un lugar importante: María Elena Llana, cada vez comienza altera al lector con preguntas que tienen su respuesta en otra parte, en el silencio que embarga a uno luego de que termina de leer. Ella logra que es “terminar de leer” sea engañoso, porque ¿no continuamos leyendo estas fabulaciones enterradas en la ciudad después que cerramos un libro como este?

A mí me queda (me ha quedado) un regusto delicioso, como si un gato que saltase más allá del muro del Malecón para regresar con la boca llena de una sirena inmaculada. Con ese asombro felino tras la quinta puerta sé que cada vez que regrese tendré a una narradora que me regala espacios capaces de hacerme soñar.