Adiós padrecito, Campana que suena

Adiós padrecito, Campana que suena

  • Humberto Rodríguez Manso, recordado por sus familiares, amigos y compañeros de trabajo.
    Humberto Rodríguez Manso, recordado por sus familiares, amigos y compañeros de trabajo.

Humberto Rodríguez Manso in memoriam

A la memoria de mi padre Humberto Amaro Rodríguez Manso

El día 29 de abril del 2016 te dijimos adiós físicamente, sabiendo que en nuestros corazones tu imagen permanecerá por siempre, no fue ayer cuando te perdimos, verdaderamente hace un año perdimos al padre, al amigo, al cubano de pura cepa, al cantador permanente, al consejero, al “regañón”, al fiel de principios cuando muchos ya ni creían y tú permanecías fiel, al hombre trabajador para el que no hubo espacio en su mente para la jubilación e ir, como decías, “…a la bodega con una jaba para hacer colas y buscar mandados, jamás…”, al zalamero que no perdió nunca una oportunidad para decir una frase bonita a una mujer, no importa si era fea o bonita, repartiendo besos, al que también repartía órdenes, en ocasiones demasiado fuertes de tono, cuando creía que las cosas no se habían hecho bien, te perdimos en fin, cuando la mente te jugó una mala pasada y tú padrecito, perdiste más, perdiste tu preclara inteligencia.

La pérdida no es solamente familiar, considero que todo el que te amó de verdad perdió con tu partida, tus amigos que fueron tus hermanos, tenías muchos amigos, las mujeres que te amaron de verdad y sabes que las hubo, a pesar de haber quedado por el camino por tu imparcial decisión de hacer lo correcto, perdieron aquellos que pudieron recibir de ti el certero consejo y la sabia decisión, porque te equivocaste pero acertaste más. Aunque siempre estarás presente porque dejaste tu impronta, que perdurará, los rincones de tu “siempre fiel Isla de Cuba” van a recordarte perennemente, las obras que bajo tu dirección se hicieron, los hombres y mujeres a los que señalaste con el dedo y a los que también les echaste el brazo por encima de los hombros y caminaste con ellos. Te recordarán también tus enemigos que en un momento reconocerán en ti tus valores humanos y los frustrados amores que nunca te faltaron, de esos ojos saldrá alguna lágrima en silencio.

Cuánto pudiera reprocharme hoy que no estás, sin embargo, no lo hago, tengo paz, estoy tranquila contigo y con mi Dios, tuve al padre y al amigo, nos enfrentamos y en ocasiones no nos entendimos pero con la confianza de tener ambos la razón porque me enseñaste, no sé si directo o de forma indirecta, a que defendiera mis decisiones, a tener oportunidad de ganar o perder, a que me equivocara aunque con tu mirada quisieras habérmelo podido evitar, no fue fácil entendernos habiendo heredado de ti el carácter tan difícil, pero nos amamos mucho y hoy lo siento así en mis sentimientos y tengo que reconocerlo con honestidad porque soy como soy gracias a ti y siento mucho orgullo de decirlo y te lo digo ahora mismo: “desde lo infinito, gracias padrecito”. Buen o mal padre, como somos todos o es que  acaso también no nos reprochan nuestros hijos, quienes somos para juzgar nada, solo Dios puede hacerlo, lo importante es haberte tenido. También fuimos fieles confidentes y guardé tus secretos aunque no los compartiera, pero ello, al final, nos acercó aún más como padre e hija. Qué pena los últimos momentos cuando miraba con compasión al que ya no me conocía y al que yo tampoco podía reconocer, pero estoy feliz porque la última vez que te dirigiste a mí, lo hiciste en forma de una bella despedida, ya apenas sin lenguaje, cuando me iba, me dijiste “te quiero con alma de niño” y yo tuve que virar nuevamente desde la puerta y dejarte un beso mío; pero me repongo de mi tristeza porque a ti no puede recordarte uno con cara larga ni con lágrimas en los ojos, “Sarandonga” resonará en los oídos de todos tus hijos siempre, “Caballo viejo” nos hará recordar tus picardías, “Ahí está la pared”, “He notado” y aquel cancionero de viejas canciones que miraba de reojo tu hijo Eduardo cuando sentado contigo en el portal de tu casa lo traías para cantar y que ahora hay que  matarme para quitármelo, y que acompañabas a tu cantar con unos cuantos traguitos de ron y revisando una paella que con amor cocinabas para nosotros tus hijos, rezongando si algo estaba saliendo mal, ese eres tú y siempre lo serás, miles de besos para ti querido padrecito, sé que dónde quiera que estés, cuando te pregunten, cómo estás? enseguida contestarás: “¡campana que suena...!”.

Idania Esther Rodríguez Ortega. La primogénita de tus hijos