Alegorías de la complacencia

Alegorías de la complacencia

  • Pluralidad de acercamientos caracterizan dos caminos entretejidos y muy identificables según cada autor. Foto tomada de FCBC
    Pluralidad de acercamientos caracterizan dos caminos entretejidos y muy identificables según cada autor. Foto tomada de FCBC

¿Deleites? ¿Conviene detenerse en un vocablo que comprende, justifica y guía una exposición? Para quien visite en los meses de enero y febrero la Galería Collage Habana, tal vez no le interese pensar en el término porque ha sido convidado al contacto visual. La exposición Deleites, de Hildamaría Enríquez y Eliseo Valdés, devino acontecimiento desde su inauguración el 23 de enero a las cinco de la tarde en el transitado boulevard de San Rafael.

Más allá de la pregunta: ¿qué es el deleite? El centro de atención puede recaer más bien en por qué seducen estas recientes localizaciones del desnudo y actitudes sexuales. La franqueza del título de la muestra implica al espectador: asiste a intimidad(es) ajena(s) próxima(s) a la suya. Luego, mantener una temática por el artista y curador; asimilarla por el público, constituye una doble insistencia de la provocación. El objetivo se ha ajustado a cómo sostener esta última en función de aquélla a partir del protagonismo figurativo de fracciones carnales como genitales, muslos y torsos, con frecuencia solitarias o entregadas a la trabazón sexual. El cuerpo erótico y desnudo asienta su lujuria no siempre equivalente al desenfreno o exceso.

Deleites es fruto de una confluencia autoral bien meditada. La armonía de las series como la disposición de obras en el espacio galerístico responde a la curaduría de Yanisley Rodríguez Fernández. Técnicas (acrílico/lienzo, lápiz graso/cartulina, carboncillo/cartulina, cuero y acrílico/tela) y formatos diversos en lo plástico-pictórico y la selección de los materiales (sobre todo bronce) en los volúmenes, diversifican la curva de interés de la propuesta expositiva. En rigor, la multiplicidad no se busque en “conductas” genéricas. Encuéntrese en las solturas formales que privilegian las líneas, e incluso en las conjeturas conceptuales del placer. ¿Cómo lograrlo sin caer en la monotonía discursiva? Hilda y Eliseo acudieron al impulso alegórico.

La alegoría, (re)incidencia cultural, entraña riesgos en la (re)apropiación de imágenes, en las que varían significados. Al recurrir a la tradición y lo universal en la propia historia, las obras reproducen o evocan descripciones de referentes. Sin embargo, los autores no han querido narrar una historia acerca de la pulsión y representatividad sexuales. De ahí que posibiliten la inscripción de pautas de lo nacional y lo foráneo, de ayer y de hoy. Toman lo que, al mismo tiempo, gusta y aterroriza. Entender la coherencia del espíritu humano, con sus prácticas habituales o discursos momentáneos, no es cuanto incumbe, sino —para decirlo con palabras de Georges Bataille— «se trata de que el hombre sí puede superar lo que le espanta, puede mirarlo de frente». A propósito, repárese en los títulos de las piezas antes o después de relacionarse con la representación o hechura visual: La joya de Alejandría, El sueño dorado de Gustav Klimt, El otoño en su labio muere, La fuente que humedece el sueño… Los títulos insinúan cómo la humanidad, sin dejar de pertenecer al universo cultural, no renuncia a su condición instintiva. Los títulos recuerdan también que el erotismo no emerge solo en la intimidad, sino que recorre el mundo. Es verdad que, «de modo más acentuado  —como señala el español Fernando Rodríguez de la Flor—, la alegoría moderna lee, en la historia, la ruina». En efecto, al componerse la alegoría de fragmentos corporales y designaciones aludidas en Deleites, permite prever el acabado de cuanto se representa: un desnudo general y las posibles o probables figuras humanas. Lo fragmentario y fragmentado son indicios de la imagen de la ruina. Pero no de la ruina como decaimiento, sino en el sentido zambraniano en que el hombre aún tiene la ocasión de continuar obrando. Pensar en cualquier utopía, ir hacia su realización, que es su muerte, incluye asimismo todas las exigencias del cuerpo erótico.

La ponderación —y no la sobrevaloración del detalle por la economía formal— definen además la muestra, pues subvierten, por fortuna, la aprobación habitual y familiar, canónica e impuesta por mayoritaria. No estamos —no lo hemos estado nunca— dispuestos a (re)conocer un único disfrute erótico. ¿Importa si desenvuelto o preconcebido? He aquí resonancias del imaginario sexual por notorios y ambiguos planos detalles.

Pluralidad de acercamientos caracterizan dos caminos entretejidos y muy identificables según cada autor. Eliseo, expresionista, acentúa el color que viene a salvaguardarse por la solidez lineal y, al instante, las fracciones corpóreas de sus dibujos adquieren mayores voluptuosidades para continuas miradas; mientras las sutilezas en los trazos minimalistas de Hildamaría simulan, a veces, inconclusos bosquejos pictóricos, integrados a esa espléndida sintonía de los fondos y a las atmósferas de cada composición.

Registramos la poética de cada artista y asoman las sorpresas más por lo surtido de las variaciones pictóricas que por la alianza con las formas volumétricas. Ahora, ¿bastaría apreciar lo escultórico únicamente como complemento de los cuadros? Particularidad técnica y ganancia analógica son logros artísticos independientes. No hace falta legitimar la maestría de los creadores en el arte de esculpir. Es la asociación estética de toda la muestra lo valedero.

«El placer nos quita el deseo», recuerda Pascal Quignard en El sexo y el espanto. Así transcurre durante la cópula. Pero un hecho artístico y su correspondiente trabajo curatorial pueden convocar estado y acción, respectivamente. Deleites, de Hildamaría Enríquez y Eliseo Valdés, amén de evitar las redundancias técnico-formales y de cualquier índole, suman al deseo de participar de los señoríos del cuerpo, el placer estético de contemplarlo.