Ares a la puerta

Ares a la puerta

  • Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso
    Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso
  • Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso
    Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso
  • Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso
    Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Fotos: Maité Barroso

Recibí la invitación para presentar el libro Tocar madera, de Arístides Hernández Guerrero (Ares), el sábado pasado, mientras me trasladaba hacia el Museo Nacional de Bellas Artes. Asistía a la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas 2018 a José Ángel Toirac. Segundos antes, conversaba sobre la obra de Ares con Jorge Ángel Hernández, director de Artecubano Ediciones.

―El tipo está “escapa’o”, fuera de serie ―dije yo.

Mi jefe estuvo de acuerdo:

―Es uno de los mejores artistas que hoy tenemos en el país ―apuntó.

―Me lo encontré ayer en Villa Manuela y confirmé el día de la presentación ―añadí―. Será el jueves, a las 4…

En ese preciso momento entró al celular de Jorge Ángel un mensaje en el que Ares le pedía mi número de teléfono. Tanto Jorge como yo nos quedamos patidifusos. Poco después, Ares me llamó, extendió la invitación y yo acepté. Una vez colgamos, mi jefe, narrador al fin, me formuló una sencilla pregunta:

―Mi’jo, ¿dónde Ares te implantó el micrófono?

Nos echamos a reír, llegamos a Bellas Artes, asistimos a la premiación, pero yo me quedé con una idea fija: “¡Candela!, y ahora ¿cómo hago para presentar ese libro? ¿Qué voy a decir? ¿Qué voy a escribir?”

Introducir al público lector un volumen cuyas páginas recogen parte de la obra de un creador que admiramos es un verdadero privilegio, pero también implica una gran responsabilidad. Debemos olvidarnos de nuestras simpatías y valorar el volumen en su justa dimensión, con sus luces y sombras. Eso, sin que el creador se moleste u ofenda. Igual, Ares, a quien conozco muy poco en lo personal, tiene cara de buena gente. Ha ganado más de 150 premios y siempre lo ves por ahí, silencioso y sonriente, mochila al hombro, arrastrando el cochecito donde viaja la pequeña Ana Cristina.

Llegó el lunes, estudié el libro, me senté a escribir y surgieron estas consideraciones en torno a un volumen delicioso, que se disfruta de un tirón, aunque, para entenderlo en su totalidad, sea preciso volver sobre él una y otra vez, pues encierra más verdades de las que muestra a simple vista.

En primer lugar, estamos ante una selección hecha por el artista a partir de las series o exposiciones realizadas entre 2012 y 2018, lo cual implica que veremos a Ares a través de sus ojos, de los noviazgos o los rechazos que su propia obra despierta en él. Las antologías personales tienen la peculiaridad de exponer los aprendizajes de sus autores, sus conceptos sobre el arte, sus valoraciones hacia el trabajo creador que ha desarrollado durante determinado lapso. En ellas los vemos cuasi desnudos, muchos más cercanos e íntimos. Un curador vuelca su subjetividad en el proceso de selección que implica la exposición; un editor-curador trata de ser justo y representativo en función de las características del libro a realizar. El artista que selecciona su propia obra y la exhibe en un libro o en una muestra suele guiarse por la pasión y las devociones, por los odios y las apatías experimentados hacia la producción simbólica que ha desarrollado. Al final decantará lo que, en su opinión, mejor le representa. Nos hará valorar su arte en calidad de espejo y reflejo, de imagen de lo que ha sido o de lo que pudo ser, lo cual termina confiriéndole a la selección una carácter muy particular Tocar madera es un buen ejemplo de ello.

Por otro lado, es un libro con el enorme acierto de mostrarnos a un Ares arriesgado y heterodoxo, dinámico e inclusivo, que en todo momento apuesta por series y proyectos curatoriales sugerentes, bien pensados y estructurados. Hay pluralidad técnica y diversidad de soportes, lo cual redimensiona y enriquece significativamente la apreciación que los espectadores podamos tener sobre su obra.

Por lo general, asociamos a Ares con el humor gráfico y la sátira política, si bien, de un tiempo a esta parte, se nos ha revelado como un sustancioso pintor y escultor. A estas alturas del partido, más que un dibujante o caricaturista interesado en el mal llamado “gran arte”, estamos ante un creador de pura cepa, que, incluso, es capaz de ejecutar una caricatura, lo cual me parece tremebundo, pues el humor gráfico requiere de una capacidad analítica y de síntesis que nada deben de envidiar al trabajo intelectivo inherente a lo mejor del arte conceptual. Esta evolución en la obra de Ares implica una versatilidad fáctica y una riqueza estética que saltan a la vista en Tocar madera, lo cual pudiera demostrar mi opinión de que estamos ante un verdadero artista visual, inquisitivo y demoledor, incómodo y recalcitrante, cáustico y reflexivo, cuya formación como médico-psiquiatra le permite explorar con soltura la naturaleza humana, exponiendo al aire libre sus múltiples conflictos y paradojas.

Este libro nos muestra a un Ares preocupado por temas tan diversos como la militarización del mundo contemporáneo, el deporte nacional, el legado martiano, la sexualidad del cubano, el misticismo, la religiosidad popular, el impacto de los videojuegos en las nuevas generaciones, el discurso de género, las historias de Cuba y del arte... Un Ares que presta gran valor al boceto; que se mueve con acierto en el campo de la cartelística; que, sin demeritarlos, aparta un instante los «gordos» tan conocidos por todos (los cuales, en opinión de Rufo Caballero, contribuyeron sustancialmente a la conformación de un estilo reconocible) para expandir las fronteras de su particular universo visual, apelando con frescura e inteligencia a la recitación, el pastiche y la intertextualidad de motivos locales y universales. Un Ares con una brutal capacidad para crear imágenes de un altísimo nivel de saturación conceptual haciendo gala de una economía iconográfica que sorprende y cautiva; imágenes pensadas con “cabeza de Ares”; escenas o personajes que, al parecer, solo pudieran ocurrírseles a él.

Esa densidad metafórica, ese hábil manejo de símbolos y técnicas alcanza un punto álgido en las piezas reunidas bajo el título que también identifica al volumen. Ellas aparecen al final del libro, para beneplácito de los que en abril del año pasado quedamos cautivados con esas puertas y aldabas habitadas por los girasoles de Van Gogh, las manos del Cristo Pantocrátor, la efigie de Visnú, la Estrella de David o la familiar silueta de la Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

Pero, ante todo (y en ello radica su principal atractivo), Tocar madera, desde la portada, nos devela un Ares muy cubano, fiel heredero de esa tradición humorística insular que, sin mal gusto, vulgaridades, irrespetos o carcajadas vacuas (tal y como aclarara Odete Bello en un artículo publicado en 2013), tributa directamente a nuestra identidad. Una tradición que va desde Landaluze hasta René de la Nuez, pasando por Rafael Blanco, Conrado Massaguer, Eduardo Abela y Chago; sin olvidar, claro está, a otros tantos contemporáneos, entre ellos Rubén Alpízar, Ángel Ramírez, Eduardo Abela Torrás y Reynerio Tamayo, quienes recurren una y otra vez a lo humorístico dentro de sus respectivas poéticas.   

En este punto me permito dos recomendaciones. Primera: se hace necesario recopilar en un volumen similar a este el trabajo desarrollado por el artista en la ilustración de libros para niños y jóvenes, campo de la gráfica donde ha destacado con notable habilidad. Segunda: necesitamos de un libro que nos muestre toda su obra, organizada de forma sistemática por temas, manifestaciones o períodos. Así, al igual que García Márquez recomendaba la lectura de Todo Mafalda como parte de la “quinoterapia”, muy bien pudiéramos “recetar” el vademécum de Ares para combatir la desmemoria y la tristeza, la estulticia y la apatía. Editores: tomen nota y asuman algunos de estos proyectos en cuanto puedan. Aunque, y aprovecho para hacer la promoción, Artecubano Ediciones procesa en estos momentos el libro El mundo según Ares, dedicado exclusivamente a su humor gráfico, con textos de Jorge Ángel Hernández, Axel Li y Caridad Blanco.   

Por último, con respecto a Tocar madera, cabe señalar la cuidadosa impresión a cargo de Selvi Artes Gráficas, la edición del ya mencionado Axel Li, el diseño de Yaimel López y del propio Ares, las traducciones al inglés de Georgina Gómez Tabío y el trabajo desplegado por los integrantes del estudio del artista para concebir el volumen. Un libro, como se sabe, es hijo de mucha personas. Mención especial merecen los textos, rubricados por significativos críticos y conocidas profesoras de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad habanera. Entre las autoras destaca la Doctora Adelaida de Juan, y aprovecho para recordarla, pues una de las últimas veces que la vimos en público fue, precisamente, en la inauguración de la muestra Tocar madera.  

Inicié estas palabras contando cómo Ares me invitó a presentar su libro mientras me dirigía a la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas a Toirac. Ojalá algún día, más temprano que tarde, otro artista me extienda una invitación similar mientras vaya yo camino a la entrega del mismo reconocimiento a Arístides Hernández Guerrero.