Camino a la perdición y la violenta nervadura de EE.UU

Camino a la perdición y la violenta nervadura de EE.UU

  • Escenas de la película. Fotos: Tomadas de Internet
    Escenas de la película. Fotos: Tomadas de Internet
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    Escenas de la película. Fotos: Tomadas de Internet

“Hay muchas historias sobre Michael Sullivan. Algunos dicen que fue un hombre decente. Otros dicen que no fue del todo bueno. Pero yo solo pasé seis semanas junto a él, en el invierno de 1931. Esta es nuestra historia”. Así, con las palabras en off del hijo de Sullivan, comienza la película de Sam Mendes Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002), en cartel dentro del ciclo Villanísimos del Festival de Cine de Verano 2018, del ICAIC.

En efecto, son seis las semanas de la vida de un hombre y su hijo que atrapa el arco temporal de esta historia ambientada en tiempos de la Ley Seca, de la expansión de las mafias. Michael Sullivan (Tom Hanks) es un matón pueblerino a sueldo del cacique local John Rooney (Paul Newman), casi un padre espiritual para él, pues lo protegió desde siempre.

Cierta noche Sullivan y el hijo de Rooney protagonizan, por culpa del segundo, un acto sangriento que es observado, desde el auto donde se había escondido, por el pequeño de Sullivan. El desenfrenado hijo de Rooney, al saberlo, mata a la esposa y al otro de los retoños de su compañero en el crimen, a quien también ordena ejecutar. Lo que comienza ahora es la historia de una venganza fría, medida, despiadada, mas necesaria.

Antes de la consumación de un rito que forma parte del ciclo inacabable de la violencia que sembró la época, el modo de vida y el sistema, seremos testigos del crecimiento mental abruptamente acelerado de un  niño, así como el tránsito por los distintos grados del dolor y la ira de su progenitor.

A este personaje central lo defiende un Tom Hanks totalmente salido de casilla, dando fe de su elevado potencial histriónico en papel situado en las antípodas de sus bonachones héroes de siempre, en tú a tú literalmente celestial con Paul Newman, fallecido en 2008: dos buenos históricos convertidos en malos con extrema pericia por San Mendes.

Francois Truffaut sostenía que no existen películas malas y películas buenas, sino directores malos y directores buenos. Si ello fuera así, el de marras sería un buen ejemplo. San Mendes, realizador británico considerado un genio de las tablas en la escena londinense y emigrado al cine vía Belleza Americana, estupenda cinta ganadora del Oscar en 2000, efectúa el proceso alquímico de convertir en cine nuevo y de gran calibre material ya tratado por la historia fílmica norteamericana, elementos compositivos genéricos incluso establecidos desde pleno esplendor de la serie negra y el cine gangsteril de los años 30 y 40.

Aunque de lo que se trate es de rendir homenaje de modo peculiar a tal franja fundacional de la pantalla estadounidense, Mendes se desmarca de los estándares preconcebidos, confiriéndole una estilización visual soberbia a toda esa atmósfera claustrofóbica del cine negro, al tiempo que le imprime a dicho género una dimensión épica y lírica, de aliento shakesperiano.

Para conseguir lo primero reunió a un equipo técnico experimentadísimo que ha escuchado con sagacidad sus indicaciones. Conrad L: Hall, también su fotógrafo en Belleza americana, a través de las gradaciones de luz, el uso de tonalidades monocromáticas, profundidad, su fabulosa recreación del invierno en el Medio Este y el trabajo de cámaras afilado en las tomas de lluvia (esa lluvia que es al noir como el bosque o la niebla al terror), consigue una elevada elaboración formal de la labor fotográfica, visualmente arrobadora: rinde una faena de magisterio en la escena de la balacera vengadora de Hanks bajo la lluvia.

La apoyatura en el diseño de producción de Dennis Gassner y la música de Thomas Newman le ayudan a Mendes a completar la consecución de instantes formales de lujo.

Su guionista David Self  se aparta de los motivos estilísticos genésicos -el manga nipón y otras perlas de esos lares- de la novela gráfica de Max Allan Collins ilustrada por Richard Piers Rayner en que está inspirada la cinta, y conforma un libro cinematográfico de ribetes clásicos, del cual se vale el director, en su inveterada vocación de cartógrafo, para proseguir confeccionando su mapa personal de esa gran tragedia americana que ya empezó a contar nada cronológicamente desde el tedio sin escurrideras de la clase media finisecular en Belleza..., al que en Camino a la perdición añade otro trazo definidor, mediante esta descripción contundente de la violenta nervadura genésica de un siglo de eternos crímenes y eternos castigos en la Norteamérica objeto de su atención.