Carmina Burana del Ballet del Gran Teatro de Ginebra (III)

Carmina Burana del Ballet del Gran Teatro de Ginebra (III)

  • Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
    Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
  • Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet
    Carmina Burana interpretada por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra en 2016. Fotos tomadas de Internet

La concepción escénica de Carmina Burana por el Ballet del Gran Teatro de Ginebra es un enfoque filosófico sobre el modo de comportarse el hombre grupalmente. El cuerpo y la mente del hombre son contemplados como los lugares de enfrentamiento de ángeles y demonios. Contrapone a los hombres de un lado en dirección hacia el acatamiento del orden social y religioso, y del otro hacia su resquebrajamiento.

Muestra en la escena el desencadenamiento explosivo de los mundos interiores de sus bailarines, por eso su coreógrafo, Brumachon, insiste siempre en captarlos para su teatro con la doble condición de poseer un gran dominio técnico y el control sobre sus posibilidades sicológicas e interpretativas, de modo que en su interpretación de los roles asignados logren una efectividad impresionante, plenamente convincente.

Teológicamente el mundo era visto en el medioevo como el terreno de batallas cruentas donde las fuerzas del Desorden propendían a manifestar la acentuación desenfrenada de las pasiones, de los deseos carnales instintivos, casi irrefrenables en las personas si no se ejercía una continuada contención para evitar el afloramiento de la animalidad. Porque lo sensorial, siendo terreno propicio a la entrada enemiga, debía ser constantemente sometido a los actos de contrición.

La sujeción a normas de conducta y el libre albedrío son dos pilares y puntas de lanza de ese enfrentamiento. Eso abre un terreno a las consideraciones conceptuales sobre la interrogante de ¿qué papel juega la responsabilidad individual para que se den esas situaciones?

El lugar desempeñado por la responsabilidad personal tenía un peso esencial en la ética cristiana de la época. Se estimaba una causa principal en los males degenerativos de la sociedad feudal. El castigo, cuando se cumplimentaba era parte del proceso de la regulación social y ética de la sociedad. La idea acerca de esta responsabilidad permea toda la obra.

El coreógrafo se muestra consciente de las debilidades humanas, indicando que una parte importante de esas nefastas consecuencias es el resultado de la disposición de las personas a caer en desórdenes y excesos. No debida solamente a fuerzas ciegas que llevan al precipicio a unas y otras personas, como sostienen las ideas emitidas por los goliardos respecto al modo de comportarse la cambiante e impredecible Fortuna.

Hay alusión en la propuesta escénica a cómo los seres humanos se mueven, no solo por voluntad propia, sino además compulsados por fuerzas invisibles, actuantes con mucha potencia sobre la personalidad a niveles subconscientes. Son fuerzas que a veces se tornan irrefrenables cuando las trabas a su acción sensorial se liberan.

La prueba del poder indetenible de lo sensorial se presenta en relación a las divinidades o fuerzas externas dada la voluptuosa atracción de sus vestuarios y tocados exuberantes, creados con sumo esmero e imaginación por los diseñadores Livia Stoianova y Yaseen Samouilov, (On Aura ToutVu), agregando con ellos más multiculturalidad a esta obra, realizada por una pléyade de especialistas y bailarines de distintos países, denotando lo fértil que es integrar saberes y prácticas con carácter cosmopolita, al dar entrada a una gama mayor de posibilidades expresivas por cuanto cada uno porta consigo las tradiciones artísticas en las cuales se formaron los especialistas en sus respectivos países y culturas, enlazadas en la causa común de crear un espectáculo determinado.

No se muestran libres los bailarines, sometidos a los influjos y determinaciones de esos entes superiores externos a ellos, a los que obedecen enteramente los cuerpos de los danzantes, quienes ejecutan movimientos en determinadas formas y direcciones en una subordinación y dependencia casi total a aquellos. Cuando la desesperación es demasiado intolerable piden por gestos danzarios, piedad y freno a sus dolores y sufrimientos.

Las fuerzas representadas por las deidades en este espectáculo, hacen del escenario la zona de batalla en el mundo de los hombres. Recuerdan en las posiciones curvadas de los bailarines a las poses y vestuarios recreados de las esculturas de la India y de otras culturas antiguas. El entrecruzamiento de culturas es un procedimiento sumamente fructífero de la orientación multicultural de la postmodernidad en el cual esta obra se inscribe.

En sus atuendos, las divinidades no responden a caprichos de sus diseñadores sino a la condensación en imágenes de diferentes culturas del pasado, de poblaciones y religiones que consideraban absolutamente real la existencia de fuerzas supra-humanas, sean pueblos europeos o de otras zonas del mundo como refrendan sus vestuarios y tocados.

El coreógrafo presenta a los danzantes (hombres y mujeres), actuando bajo los impulsos y órdenes dados por las divinidades que los observan. Diferenciadas estas de los representantes humanos por sus fabulosas vestimentas que recuerdan de paso a imágenes surrealistas concebidas por Max Ernst. Actúan esas divinidades de una manera unificada. Son representaciones de actitudes registradas en el comportamiento del hombre. Someten a la humanidad a sus deseos como lo hacían los dioses griegos, aunque en sus pretensiones y visiones los hombres creyeran seguir únicamente sus deseos personales.

Las divinidades operantes al fondo del escenario, en sus vestuarios y tocados, se encargan de supervisar, juzgar, someter y castigar. Estas fuerzas supra-humanas, conscientes del poder ejercido, se ensañan sobre la humanidad, sometiéndola, haciéndola obedecer a sus designios, sin poder revelarse a sus influencias.

No se da una libertad total de los cuerpos y las mentes de los demás personajes, al estar sometidos a los influjos y determinaciones de esos entes superiores, obligados a ejecutar los movimientos en determinadas formas y direcciones. Se mueven menos por ellos que por las subyacentes fuerzas invisibles, actuantes a niveles inconscientes, incidentes en lo profundo de la personalidad. Fuerzas que a veces se tornan irrefrenables y sobre todo invisibles, no solo en el arte, también en la vida diaria de las personas actuales, extendiendo su mensaje al espectador. Sobrepasando en efecto a lo interno de la diégesisen las implicaciones de las acciones de los personajes, es decir, al mundo ficcional en que las situaciones y eventos narrados ocurren.

Estas divinidades, al parecer representantes de diversas culturas controladoras de los comportamientos humanos, señalan que el cuadro del mundo mostrado abarca a la humanidad como un conjunto de sociedades basadas en religiosidades mitológicas donde se han manifestado semejantes consideraciones éticas acerca del hombre, así como en lo cristiano medieval no exenta de generar su mitología y universo de sujeción también en ese orden de correlaciones. Sin excluir el arrojar luces sobre las sociedades actuales por apuntar en la dirección de ser rasgos observables sociológicamente en el modo hoy de comportarse el hombre aun cuando pareciera ser la expresión de ganancias de libertad individual que han dejado atrás los modos de ser de ese restrictivo periodo histórico. La obra busca cuestionar la profundidad y alcance de ese desprendimiento. Afianzado su campo de significación en un poder comunicativo, emocional y reflexivo extensible al presente, con lo cual sobrepasa el marco del universo temporal mostrado artísticamente y refuerza su valor proyectivo de vigorosa significación estética.

Sobre todo cuando ocurre con la fuerza y vitalidad entregada por los bailarines de esta compañía, caracterizada por una depurada técnica, unida a la selección preliminar de aquellos capaces de comunicar con efectividad los sentimientos que muevan a sus personajes. Alcanzar en cada momento la emoción del gesto justo, nada gratuito, es para su coreógrafo algo esencial, irremplazable. Connota esa efectividad comunicativa en cada uno de los elementos complementarios que intervienen.

El alto poder de atracción visual del diseño de sus vestuarios cautiva por el alto poder de seducción de sus imágenes tanto a los personajes representantes de las personas en la escena como a los asistentes al espectáculo danzario. La sobrevaloración de los diseños constata la jerarquía superior de esos personajes mitológicos sobre el mundo humano, el poder subyugador emanado de ellos.

Un tejido de implicaciones y múltiples interdependencias aparece en la escena, conectando a los bailarines a fuerzas externas, representadas por esas divinidades, encarnaciones materiales de las pasiones, las intrigas y la disolución del orden, las cuales a diferencia de los humanos representados evidencian tener vida y determinaciones propias sin verse afectados por las otras divinidades actuantes.

Se superponen al mundo humano, produciendo en los hombres sensaciones a nivel instintivo y semiconscientes, percibiéndolas oscuramente en sus mentes, moviéndolos en direcciones diferentes a los ordenamientos promovidos por las instituciones oficiales de la sociedad medieval, sin prácticamente poder rebelarse a ellas. Es más se entregan complacientes a esas lujurias, vicios y bestialidades, contrarias a lo propugnado por la religión católica. Mostradas al público con fuerza y satisfacción en el virtuosismo escénico de las ejecuciones danzarias en coreografías de pequeños grupos bailando al unísono con el despliegue de energías contaminantes a las cuales no pueden sustraerse los personajes porque están envueltos, atrapados en las redes convulsas de la vida.

La articulación coreográfica no se basa en uniformar los movimientos de los bailarines. Separar el espacio, fragmentarlo, es acercarse al modo de darse lo real en el mundo, aun cuando los universos creados por Claude Brumachon y Benjamin Lamarche sean imaginados. Se trata de mundos fabulados, no existentes en el mundo real y captar en ellos la esencia de los móviles por los cuales la gente actúa siguiendo impulsos profundos no muy claros e inteligibles aun hoy, en la vida real y en la realidad supra significada del arte.

No se trata de realzar especialmente la intervención de las individualidades de los bailarines más dotados, capaces de impulsar a los demás. No hay un tratamiento de solistas. Al contrario, se observa un arrastre del conjunto, un tratamiento unificado con gran complejidad en la diferenciación interna de los movimientos a partir de la segmentación en pequeños subgrupos. Es visible un espíritu grupal en las interpretaciones a través de la cohesión, la energía dimanada y el manejo del cuerpo aliado dinámicamente a los demás.

Es una escritura coreográfica muy estilizada impetuosa y pasional con una gestualidad basada en movimientos angulosos, precisos, enérgicos y cortos, fraccionando a su vez el cuerpo. Combinados con otros de una ternura inquieta, revelando las diferentes pasiones humanas y sus intrigas en escenas donde los cuerpos se curvan, anulan y entrelazan con los brazos y piernas sumamente extendidos en movimientos amplios, enérgicos, precisos.

Esta es una historia de grupos, de conglomerados humanos donde los personajes solitarios aparecen frente a los embates de los acontecimientos, expuestos sin amparo a las contingencias más disímiles en esos cambiantes derroteros de la Fortuna. Cercana al espíritu de pesadumbres del medioevo con ecos sobrados que llegan a nuestros días y reclaman la atención pública, no solo de los asistentes a las salas donde es mostrado este espectáculo danzario. Hablar al presente desde el pasado es una virtud del arte. Esa ha sido la gran misión y un logro de esta puesta.