Che y su mundo interior

Che y su mundo interior

  • Una imagen que recuerda su trascendencia en la historia de la nación. Foto tomada de Radio Rebelde
    Una imagen que recuerda su trascendencia en la historia de la nación. Foto tomada de Radio Rebelde

Los revolucionarios debemos ser firmes […],

 pero sin perder jamás la ternura

Ernesto Guevara de la Serna

 

No creo, sinceramente, que en el vocabulario técnico de la psicología contemporánea haya una frase que caracterice, con mayor precisión y exactitud, la sensibilidad humana que identificara al comandante Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967), quien cayera vilmente asesinado, en la escuela rural boliviana de La Higuera el 9 de octubre de 1967, hace exactamente medio siglo.

Si se me preguntara por qué decidí escoger este apasionante tema (hasta ahora poco explorado, y mucho menos explotado, en la literatura guevariana) no vacilaría en responder que de las muchas anécdotas (algunas tiernas y conmovedoras; otras enérgicas y viriles), que protagonizara el Guerrillero Heroico durante su corta, pero fecunda vida, hay una que dejó, cual suave caricia a mi “yo” interno, una huella indeleble en el componente espiritual de mi inconsciente freudiano, y que —en aquel entonces— me permitiera captar, en toda su magnitud, la dimensión espiritual del Che, y además, comprender claramente por qué, en diciembre de 1959, “Año de la Libertad”, aquel ilustre claustro de profesores de la Facultad de Educación de la Universidad Central de Las Villas (mi querida Alma Mater), donde estudié y ejercí el magisterio, decidieran “nemine discrepante” otorgarle al doctor Ernesto Guevara de la Serna el título de Doctor Honoris Causa en Pedagogía, con apoyo en el hecho indiscutible de que el “[…] heroico comandante del Ejército Rebelde educa con el ejemplo, porque su vida es el mejor ejemplo [ …]” [1]

He aquí el relato de la citada anécdota: cuando el comandante Guevara era Ministro de Industrias solía visitar, con cierta regularidad, los centros fabriles de la nación, para conocer “in situ” los problemas que afectaban no sólo la calidad del proceso de producción de la naciente industria cubana, sino también al trabajador, eslabón fundamental de dicho proceso.

En cierta ocasión, el Ministro decidió visitar la fábrica PROCUBA, ubicada en el municipio de Cruces (antigua provincia de Las Villas, hoy Cienfuegos). En reciprocidad, la administración de ese centro laboral quiso agasajar al Héroe de la Batalla de Santa Clara, y ordenó que se le preparara, en el restaurante cienfueguero Sol y Mar (famoso tanto por sus exquisitas paellas, como por la profesionalidad de los cocineros chinos legítimos), el plato especial de la casa.

Una vez que el titular del Ministerio de Industrias recorriera las instalaciones de la fábrica y dialogara franca y amistosamente con los trabajadores, la comitiva que atendía al comandante-médico-guerrillero lo acompañó hasta el comedor de la casa del Administrador, para almorzar. Ante tan apetitoso plato, el Che —fiel a su esmerada educación— agradeció semejante deferencia hacia su persona, y luego, preguntó con tono afable, pero firme: ¿“[…] Todos los trabajadores de PROCUBA van a almorzar paella?”  La respuesta fue unánime: “[…] No, comandante, este almuerzo es sólo para usted”. De inmediato, el Ministro pidió permiso para retirarse y se dirigió al comedor obrero, para almorzar con los trabajadores carne rusa y lentejas, el menú de aquella inolvidable mañana.

Con ese hermoso gesto, que era regla, no-excepción, el Che se ganó el cariño y el respeto de todos y cada uno de los trabajadores de PROCUBA, independientemente de su credo político-ideológico.

Me parece, pues, que el relato anterior nos sirve de brújula orientadora para aproximarnos al conocimiento del mundo interior del Guerrillero Heroico…, pero, antes de comenzar el tránsito gradual y progresivo hacia los más recónditos parajes de la subjetividad del Che, y en consecuencia, ir descubriendo la verdadera riqueza (bondad, belleza, dignidad, sabiduría), que él escondiera celosamente en el centro de su yo, el verdadero, habría que explicar qué es la espiritualidad y dónde habita —presumiblemente— el espíritu humano.

La espiritualidad se define como “[…] el conjunto de acciones que el hombre realiza y que le dan sentido a su vida”[2], mientras que Anthony de Mello[3], ese gigante de la ciencia psicológica contemporánea, estima que “[…] la espiritualidad va directamente a la raíz, a rescatar tu yo, el auténtico […]”. La espiritualidad, en síntesis, se relaciona con el mundo de los valores, que nos hacen encontrarle un sentido a la vida; sentido que nadie nos puede ofrecer y mucho menos imponer, porque debemos hallarlo nosotros mismos.[4]

Para José Martí, “[…] el espíritu es lo que […] nos induce a actos independientes de nuestras necesidades corpóreas, es lo que nos fortalece, nos anima, nos agranda en la vida”.[5]

Con apoyo en la concepción analítico-humanista, [6,7] el espíritu del hombre es parte inseparable del inconsciente freudiano, [8,9] donde no sólo hallamos tendencias primitivas, deseos insatisfechos o no realizados o impulsos sexuales reprimidos, sino también actividad espiritual, generadora de las acciones más nobles y bellas que distinguen a la persona y le confieren —por derecho propio— su inviolable dignidad humana.

Por otra parte, no debe olvidarse el hecho de que la Psicología es a la vida espiritual, lo que las neurociencias a la Psicología: su basamento científico. [7,10]

Con apoyo en esos indicadores conceptuales y teórico-metodológicos no cabe duda alguna de que el invicto Comandante de América, desde su época de estudiante universitario, cae en la cuenta de que una persona madura [11] debía formularse tres preguntas esenciales: “quién soy; qué objetivos persigo en la vida; y hacia dónde encamino mis pasos”.[12]

Las respuestas a las acuciantes preguntas que el futuro médico le formulara a su juvenil yo, habría que buscarlas en la inalienable trayectoria revolucionaria seguida por el Guerrillero Heroico hasta el día en que, en una apartada región de la selva boliviana, abriera sus ojos para siempre a la inmortalidad.

De acuerdo con mi percepción objetivo-subjetiva, el desarrollo espiritual del Che está signado por cuatro decisiones trascendentes, adoptadas en diferentes momentos de su vida.

Declina estudiar ingeniería o matemática; y fiel a su acendrada vocación humanista, se entrega en cuerpo y alma al estudio y ulterior ejercicio de la medicina.

En compañía de su amigo, el doctor Alberto Granado, recorre Nuestra América (como la llamara el Apóstol), palpa su descarnada realidad, diagnostica sus males sociales, y por último, disecciona con afilado bisturí al principal agente patógeno: el imperialismo yanqui, cuya desenfrenada voracidad despoja a Latinoamérica de sus recursos naturales y riquezas materiales, explota sin piedad a sus pueblos y corroe nuestra sacrosanta identidad cultural, concebida como el núcleo central de nuestro espíritu latinoamericanista y antiimperialista.

La impronta que la realidad social de América Latina deja en la memoria sensible del combatiente internacionalista podría sintetizarse en una frase martiana: “[…] ver pena es bueno, porque nos hace creer, y nos aviva la capacidad de consolarla”. [5]

Fascinado con la carismática personalidad del doctor Fidel Castro Ruz (1926-2016) e identificado plenamente con los principios básicos de la Revolución Cubana, se une a las fuerzas expedicionarias que, comandadas por el joven jurista insular, abordan el yate Granma, desembarcan en las costas orientales de Cuba, y se convierten en el glorioso Ejército Rebelde, que en Enero de 1959 derroca la dictadura pro-yanqui del general Fulgencio Batista Zaldívar (1901.1973), y pone fin al aborto republicano de 1902.

Su renuncia al cargo de Ministro del Gobierno Revolucionario, al grado militar de Comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y a cuanta responsabilidad oficial lo vinculara a nuestro país, para viajar a Bolivia y encender la llama de la lucha guerrillera en las selvas de esa nación suramericana, que era donde menos condiciones objetivas había, para que pudiera crecer y desarrollarse la guerrilla internacionalista, y donde —poco tiempo después— pierde su preciosa vida.

Ahora bien, ¿qué le aportó al Che haber llegado a la cúspide de la espiritualidad, o sea, el encuentro con su yo esencial? [7,13] Si aceptamos el planteamiento de que la conducta humana tiene dos motivaciones fundamentales: una superficial, que se halla a simple vista, y otra profunda, que casi nadie percibe, y que es fiel reflejo de la esencia íntima del homo sapiens, necesariamente se caerá en la cuenta de que el principio rector que guiara al Guerrillero Heroico durante toda su vida, tanto en los días claros como en las noches oscuras, no podía ser otro que el amor a la humanidad, a la verdad y a la justicia.

Desde esas posiciones ético-humanistas, coherentes con su sólida formación revolucionaria, luchó sin tregua ni descanso por la libertad de Nuestra América y contra la rapacidad imperialista, que devora hombres y pueblos.

Por lo tanto, estoy convencido de que el conocimiento integral de su mundo interior, le permitió al Che actuar como pensaba y sentía, o lo que es lo mismo, obrar conforme con sus pensamientos y sentimientos. Por otro lado, lo convirtió en un hombre libre, feliz y realizado, con una dosis envidiable de fe y esperanza, cuyas luces jamás apagara, ni siquiera en aquellas circunstancias adversas u hostiles, que signaran su azarosa vida guerrillera, y un incansable espíritu de sacrificio, para afrontar incomprensiones, sufrimientos, calamidades, que pudieran alejarlo un ápice de lo que él interiorizara e incorporara a su estilo de afrontamiento como el más sagrado deber de un revolucionario: luchar hasta la victoria por el triunfo de una causa social más justa, para enaltecer la condición humana.

Entre otras cosas, quisiera dejar bien claro el hecho de que el Guerrillero Heroico no  era, en modo alguno, un ser perfecto, sino una persona con virtudes, defectos, inconsistencias y necesidades…, pero precisamente en sus imperfecciones es donde radica su gigantesca humanidad e imperecedera espiritualidad, que es el hermoso legado que el Che dejara no sólo a sus hijos, sino también a las actuales y venideras generaciones de revolucionarios.

 Por último, si alguien dudara de la intensa vida espiritual que animara a Ernesto Guevara de la Serna durante su efímero tránsito terrenal, lo invito a leer, con los ojos del alma, “los que saben ver”, según el poeta mayor de la patria grande latinoamericana, la carta que el Che les dirigiera a sus 5 hijos antes de emprender viaje a la posteridad.

[…]

“Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes, casi ya  no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordaran nada.

Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa, y seguro ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios, estudien mucho para poder dominar la técnica, que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros no vale nada.

Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.

Es la cualidad más linda de un revolucionario.

Hasta siempre hijitos, espero verles todavía.

Un beso grandote y un abrazo de Papá”.[14]

 

Notas:

 

[1] Mariano Rodríguez Solveira. Discurso de elogio al doctor Ernesto Guevara de la Serna, Doctor Honoris Causa en Pedagogía. Santa Clara: Universidad Central de Las Villas, 1959 (acto de investidura).

[2] P. Marciano García Introducción a la espiritualidad cubana. Vivarium. 1996; XIV: 5.

[3] Anthony de Mello, A. de. La iluminación es la espiritualidad. Llama Viva (Revista de Espiritualidad). 1994; 3: 8-10.

[4] Jesús Dueñas Becerra, Jorge Pardillo Palomino y Pedro Fernández Olazábal Rorschach, Personalidad y Espiritualidad.  Revista Cubana de Psicología. 2002; 19 (3): 209-11.

[5] Ramiro Valdés Galarraga: Diccionario del pensamiento martiano. La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 2002: 167, 511.

[6] Jesús Dueñas Becerra. ¿Psicoanalista ortodoxo o humanista? Una opinión muy personal. Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana. 2000; 41 (1): 17-22.

[7] P. Marciano García. Psicología de la experiencia religiosa. Santo Domingo, R.D.: Editorial  de Espiritualidad del Caribe, 1999.

[8] Sigmund Freud. Obras completas. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1948 (3 tomos).

[9] Octavio Mannoni, Freud. El descubrimiento del inconsciente. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1984.

[10] Jesús Dueñas Becerra. Varela: psicólogo precursor. Revista Cubana de Psicología. 1998; 15 (3): 186-190.

[11] Ernesto Bolio. La personalidad madura. Istmo (Revista del pensamiento actual). 1994; 1: 5-20.

[12] Jesús Dueñas Becerra. A manera de prólogo. En: P. Marciano García. Para tener vida. Santo Domingo, R.D.: Editorial de Espiritualidad del Caribe, 1995: 15-17.

[13] P. Marciano García. Para tener vida…

[14] Mario Jorge Muñoz. Mamá, ese hombre está enamorado de mí. Juventud Rebelde. 15 de junio de 1997: 6-7 (entrevista a la Dra. Aleida Guevara March).