De cómo, en Santiago, los santos pecaron carnalmente

De cómo, en Santiago, los santos pecaron carnalmente

  • Los santos pecaron. Foto Internet
    Los santos pecaron. Foto Internet

Dicen que en la caliente Santiago de Cuba todo es posible... hasta que los miembros del santoral se apareen como macho y hembra.

Fue hace más de un siglo y un tercio, el Sábado de Gloria, abril 4 en el Año de Gracia 1885.

Cuenta un viejo cronicón —debido a la pluma del inolvidable Emilio Bacardí Moreau, tan patriota como talentoso— que a mediodía se presentaron en la Iglesia del Santo Cristo de la Salud “cuatro jóvenes de la buena sociedad”, en estado de borrachera terminal. (Es decir, por muy aristócratas que fuesen, eran unos curdonautas a la parta llana, del mismo gremio que nuestros contemporáneos adoradores del chispa ´e tren).

El sacristán, Enrique Morín, también pertenecía a las aguerridas huestes de Baco, y no le hizo asquitos a la proposición de los recién llegados: buscar unas botellas de ron.

Cuando Morín regresó al templo, los visitantes habían desaparecido. Y entonces –¡horror!—  descubrió que las imágenes de los santos habían sido colocadas en parejas, con un integrante de cada sexo, yacentes en posición comprometedora.

Es de imaginarse la zaragata que se armó. Hubo procesión de desagravio, encabezada por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

Desde el púlpito, el arzobispo Martín de Herrera, quien ya venía en bronca con los editores de la Revista Masónica, culpó de la profanación a la fraternidad de la escuadra y el compás.

Y, para no excluir de la filípica a ninguno de sus enemigos, también la emprendió contra los espiritistas, quienes habían tenido la osadía de publicar recientemente un catecismo de su religión.

Los aludidos ripostaron, y la polémica se eternizó.

Pero los buenos santiagueros siguen asegurando que en su tórrida ciudad –como comprobaron cuatro borrachitos profanadores— hasta los santos están dispuestos a aparearse, de modo entusiasta, caliente y caribeño.