Del ciudadano ilustre y otras perversiones fílmicas

Del ciudadano ilustre y otras perversiones fílmicas

  • Demonios tus ojos de Pedro Aguilera – 2017. Foto cartel del filme, tomada de Internet
    Demonios tus ojos de Pedro Aguilera – 2017. Foto cartel del filme, tomada de Internet
  • El ciudadano ilustre de Mariano Cohn y Gastón Duprat – 2016. Foto cartel del filme, tomada de Internet
    El ciudadano ilustre de Mariano Cohn y Gastón Duprat – 2016. Foto cartel del filme, tomada de Internet

Si bien la compleja y variada industria cinematográfica internacional acuña año tras año sonados éxitos de taquilla en el mercado –muchos amparados por un apabullante uso de la tecnología, actores fetiches e historias triviales que apenas nos permiten aderezar el disfrute–, otros filmes, no exentos de desventuras y los consabidos estereotipos, muchos de ellos presentados en los diversos circuitos de la Isla y en la televisión nacional, vienen a ser contrapartes para el interesado en seguirle los pasos al llamado séptimo arte.

El Ciudadano ilustre regresa a Salas

El cine argentino viene siendo desde hace varias décadas uno de los más interesantes y sólidos del continente. Ostenta, aun en su variedad de estilos, improntas y temáticas, lo que podríamos llamar un sello nacional visible, apreciable en la obra de importantes directores que han venido a formar el “segundo nuevo cine argentino” –el primero fue a fines de la década del 50 e inicios de los 60– como Pablo Trapero, Lucrecia Martel, Lisandro Alonso, Juan José Campanella, Alberto Fischerman, Lucía Puenzo y Damián Szifron.

Violencia y humor negro se entrecruzan en una reciente película argentina protagonizada por el reconocido Oscar Martínez: El ciudadano ilustre (Mariano Cohn y Gastón Duprat, 2016).

Al escritor Daniel Mantovani quieren hacerlo Ciudadano ilustre de Salas, el pueblo argentino donde nació y “escapó” hace cuarenta años. El mismo pueblo donde todos sus personajes insisten en volver en cada una de sus novelas. Por eso el flamante Premio Nobel de Literatura –en este caso ficticio, el primero del país sudamericano– regresa a Salas y descubre que allí no ha cambiado absolutamente nada, sino todo lo contrario: intenta reencontrarse con un pasado que le pertenece, pero termina desencadenando una serie de acontecimientos y “emociones” entre los habitantes de Salas.

Los habitantes de Salas, acostumbrados a una vida provinciana, rutinaria y sencilla, sin saber realmente quién es Daniel Mantovani, empiezan a romper los esquemas con que este ha ido construyendo su vida. Desde que llega a Argentina de incógnito, pues reside en Barcelona, se suceden las peripecias en la vida del escritor y los habitantes de su pueblo natal que desbordan en un delicioso humor negro: Mantovani es paseado por el pueblo junto a la reina de la belleza, le ofrecen curiosos regalos, lo declaran Ciudadano ilustre de Salas y un busto suyo, luego profanado, es develado en el parque del pueblo.

Mantovani encuentra retazos de su pasado: su novia de entonces y su mejor amigo, receloso aun, están casados y viviendo la más farsante de las relaciones. La hija de estos, sin él saberlo, termina en su cama de hotel. La chica también quiere huir de Salas. Otros conflictos se desencadenan cuando es nombrado jurado de una exposición local de artes plásticas y termina rechazando casi todos los cuadros, incluso el del presidente de los artistas de Salas, especie de dueño del pueblo, quien se empeña en desacreditarlo.

La ficción –esas historias ambientadas en la Salas de su infancia que narra en sus novelas y cuentos– terminan jugándole una mala pasada al ser relacionada por los habitantes con personajes reales, de cuya existencia, piensan, el escritor se está claramente burlando.

Pero, ¿cuál de los dos es el agente extraño: el casi europeo Mantovani que regresa al pueblo del que siempre quiso huir o los habitantes de Salas que no comprenden la vida y la obra del excelso narrador y persisten en no dejar remover sus dominios y costumbres provincianas? Ambos huyen de lo que no quieren conocer y acaban palpándolo, aunque el filme nos subraye constantemente que son los habitantes de Salas.

Realmente en la actuación de Oscar Martínez, que hemos visto en filmes recientes como Toc Toc (Vicente Villanueva, 2017), se sustenta buena parte del filme y la otra en un sólido guion y una fotografía peculiar que roza con ciertos planos propios del documental.

La violencia de la que hablaba antes –que no es la que nos tiene acostumbrado el cine hollywoodense y sus bifurcaciones y que aquí nos recuerda más la compleja relación entre civilización y barbarie propia de la literatura continental de la primera mitad del pasado siglo– resulta simbólica, matizada y al final se concreta en un balazo, por suerte no mortal pero sí decisivo: Mantovani tiene que huir del pueblo que lo nombró Ciudadano ilustre para salvar su vida y allí, donde casi la pierde, encuentra la historia de su nuevo libro.

Cuando el demonio está en tus ojos

El cine español, variado, polisémico, plural, es otro de los contrapartes más interesantes en la cinematografía hispanoamericana contemporánea, y mundial también. Fetichismo y parafilias, por ejemplo, encontramos en Demonios tus ojos, filme de Pedro Aguilera, estrenado en 2017, con las actuaciones protagónicas de Ivana Baquero y Julio Perillán.

Dos hermanos del mismo padre llevan tiempo sin verse: Aurora reside en España –la misma jovencísima Ivana de la multipremiada El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, pero al mismo tiempo muy diferente– y Oliver, director de cine, vive en Estados Unidos. Oliver descubre en un sitio pornográfico un vídeo –que a propósito no muestra casi nada– donde aparece su hermana. Ese, digamos, es el detonante, la pieza del puzzle que mueve todo y desencadena la historia. Por eso Oliver viaja a España y decide grabar la habitación de su hermana, observarla todo el tiempo, cada escena, cada contacto sexual con su novio.

Ella, le ha dicho, le gusta que su novio la grabe, pero no conserva los vídeos, se los ha quedado él, añade.

Ambos terminan irremediablemente atraídos uno por el otro y por senderos que parecen conducir a instintos parafílicos, más que al mero sexo incestuoso, pero que, enfrascados en los entuertos psicológicos de la historia, escrita por el propio Pedro Aguilera junto a Juan Carlos Sampedro, solo nos muestran la “señalética” sin conducirnos finalmente a nada. Visualmente bien filmada –la fotografía de Miguel Prohens es, además coherente y balanceada, limpia y digamos que comercial–, la película reposa sobre todo en las actuaciones: una joven, sólida y sensual Ivana Baquero y un Julio Perillán que explota su atractivo, su versatilidad y su dominio del inglés. Lo demás se pierde en las posibilidades que pudo haber explotado la historia, como bien lo han hecho otros filmes similares.

El voyeur consensuado acaba por un momento imponiéndose al voyeur no consensuado: Aurora sabe que Oliver la está filmando, él le mostró el vídeo, han discutido por eso, ella se ha enfadado, y aun así, después de haber encontrado la cámara, la deja en su sitio. La deja grabando hasta casi el final de la película en que, frente a cámara, Aurora se depila el vello púbico y se lo envía en un sobre a su hermano Oliver.

Aurora –algo ha cambiado en ella, inevitablemente– termina viendo las violentas escenas de Holocausto caníbal, la película de exploitation italiana dirigida por Ruggero Deodato en 1980. Tiempo atrás había encontrado en la cámara de su hermano una escena similar: la novia de este estaba amarraba y desnuda en el lodo, mientras Oliver la filmaba.

Lo hacemos por placer, le responde él.

Y ambos sonríen.