Don Fernando Ortiz en el caldero de la cocción identitaria

Don Fernando Ortiz en el caldero de la cocción identitaria

  • Según Don Fernando Ortiz, transculturación es el vocablo más apropiado para denominar el complejo fenómeno del contacto intercultural. Foto tomada de La Jiribilla
    Según Don Fernando Ortiz, transculturación es el vocablo más apropiado para denominar el complejo fenómeno del contacto intercultural. Foto tomada de La Jiribilla

Cuando en 1940 Don Fernando Ortiz Fernández (1881–1969) propone en su libro Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940) el neologismo transculturación, abre una serie de cambios paradigmáticos en los estudios antropológicos de la raza y la nación en América Latina.

Desde una perspectiva metodológica funcionalista, escuela europea a la que pertenecía y que entonces creaba las bases de la observación participante, Don Fernando propone el término transculturación cuando la antropología buscaba nuevos paradigmas a que asirse en la primera mitad del siglo XX. Proponía así sustituir el vocablo aculturación, modelo dominante y propio de los desenfocados estudios angloamericanos.

Expresa el sabio cubano en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar las causan que originan el término: “Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas trasmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano, así en lo económico como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida”.

En el artículo “Del fenómeno social de la transculturación y de su importancia en Cuba”, Ortiz llama por aculturación al “proceso de tránsito de una cultura a otra y sus repercusiones sociales de todo género”. Este es visto, además, como el proceso inducido por el cual una persona o grupo de ellas adquiere una nueva cultura, o aspectos determinantes de esta, a expensas de la cultura propia y de forma involuntaria. “La verdadera historia de Cuba es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones. Primero la transculturación del indio paleolítico al neolítico y la desaparición de este por no acomodarse al impacto de la nueva cultura castellana”, añade al autor de clásicos como Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959) y El engaño de las razas (1946).

La propia colonización europea en América es un mosaico regional de esta aculturación. Término que surge, además, desde una visión dominadora y eurocentrista, de transmisión y ajuste de costumbres de pueblos de “nivel inferior” y “nivel superior” e “interpretación de las civilizaciones”, como lo fueron (desde esta visión) las culturas americanas frente a los “adelantados” europeos que imponían sus reglas y costumbres.

En esta aculturación intervienen diferentes niveles de destrucción, supervivencia, dominación, resistencia, soporte, modificación y adaptación de las culturas nativas tras el “contacto intercultural”. Y es por eso que, nos dice Don Fernando Ortiz, transculturación es el vocablo más apropiado para denominar este complejo fenómeno. Porque, si bien es cierto que hubo destrucción, todavía permanece (a manera de supervivencia, en mayor o menor grado) parte de esas culturas. A la par de la dominación también existió resistencia, y con ella la adaptación y modificación del corpus cultural latinoamericano.

Partiendo de una análisis plenamente cubano (el devenir de la caña de azúcar y el tabaco en la conformación de la nacionalidad, y enfocándose más bien en un análisis de la cultura, y no de las razas) pero que bien por analogía podría extenderse en el continente, Fernando Ortiz muestra una concepción dinámica e integradora de la cultura cubana, en la que sus distintos componentes “se agitan, entremezclan y disgregan en un mismo bullir social. (…) Mestizaje de cocinas, mestizajes de razas, mestizajes de culturas. Caldo dentro de civilización que borbollea en el fogón del Caribe”, escribe en el artículo “Del fenómeno social de la transculturación y de su importancia en Cuba”. Y qué mejor metáfora (cubanísima además) que la acuñada por el propio Ortiz: “Cuba es una ajiaco”, y este ajiaco como símil de la transculturación cubana.

La isla, rodeada de cayos e islotes, es un recipiente de cocción hecho de barro, que ya ha sido previamente cocido, para que en él puedan cocinarse luego los nuevos ingredientes. En este recipiente me mezclan (a fuego lento) la cultura paleolítica de los primeros habitantes de Cuba: siboneyes y guanajabibes y después la cultura neolítica de los taínos: “la edad de piedra con pulimento y de la madera labrada […] la agricultura, la sedentariedad, la abundancia, el cacique y el sacerdote”, añade Ortiz en el mencionado artículo.

Luego se añade al ajiaco “un huracán de cultura; es Europa” –escribe Don Fernando en el anterior texto– y si bien el término huracán es propiamente americano, “llegaron juntos y en tropel el hierro, la pólvora, el caballo, el toro, la rueda, la vela, la brújula, la moneda, el salario, la letra, la imprenta, el libro, el señor, el rey, la iglesia, el banquero…” Y con ellos dos mundos recíprocamente se descubrieron o entrechocaron, encuentro o encontronazo entre dos mundos, cuestión que ha dividido a historiadores y teóricos, donde la destrucción (o aculturación, como era vista inicialmente) fue devastadora para los pueblos americanos.

“Después [ocurrió] la transculturación de una corriente incesante de inmigrados blancos. Españoles, pero de distintas culturas y ya ellos mismos desgarrados, como entonces se decía, de las sociedades ibéricas peninsulares y transplantados a un Nuevo Mundo que para ellos fue todo nuevo de naturaleza y de humanidad donde tenían s u vez que reajustarse a un nuevo sincretismo de culturas”, escribe Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.

Los siglos de violenta transculturación europea (en ese momento en los años pujantes y violentos del Renacimiento y la Inquisición) se asentaban a la vez y de un solo golpe, en una sociedad neolítica que fue sometida a un cambio devastador, desde el sistema mítico–religioso hasta el lenguaje. En vez de la disglosia característica de otros pueblo del continente (en los que conviven hoy varios idiomas y uno goza de privilegios políticos y sociales sobre la marginación del otro) en Cuba los vocablos indígenas acabaron mezclándose, o acaso mestizándose, en cierta medida, y en menor grado también, con el castellano ibérico, idioma entonces todavía en formación, hasta llegar a nuestros días.

Todo esto conllevó a que “la india sedimentación humana de la sociedad fue destruida en Cuba”, añade Ortiz, y que la isla se poblara de europeos de toda clase y costumbres, desde genoveses como Colón, hasta andaluces, gallegos, canarios, vascos, catalanes, florentinos, judíos y levantinos, entre muchos otros, toda una oleada de hombres que “salían rotos y perdidos, y llegaban señores”, y no a un estado idílico de interculturalidad; estado donde una cultura, en vez de imponerse a otra, entra en un proceso de estacionamiento e interacción, y un grupo cultural no está por encima de otro, favoreciendo en todo momento (de un modo horizontal y sinérgico) la integración y convivencia entre culturas, en base al respeto a la diversidad y el enriquecimiento mutuo.

Ortiz plantea una idea decisiva en su artículo: “No hubo factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores…” Con los blancos europeos llegaron los negros a Cuba, transculturizados o no en su África natal, pero a la vez diferentes, de una amplísima región de la costa atlántica africana; con costumbres, ritos, lenguajes y culturas distintas…

“Al mismo tiempo, la transculturación de continua chorrera humana de negros africanos, de razas y culturas diversas, procedentes de todas las comarcas costeñas de África, desde el Senegal, por Guinea, Congo y Angola en el Atlántico, hasta las de Mozambique en la contracosta oriental de aquel continente. Todos ellos arrancados de sus núcleos sociales originarios y con sus culturas destrozadas, oprimidas bajo el peso de las culturas aquí imperantes, como las cañas de azúcar son molidas entre las masas de los trapiches”, escribe el sabio cubano en Contrapunteo cubano…

Este es otro ingrediente que se añade a la cocción, y que se pega al fondo de la vasija, junto a la cultura ibérica, para seguir sazonando los nuevos componentes del ajiaco criollo. Africanos que formarían, además, parte indisoluble del sincretismo y la identidad cultural cubana. A esto se añade los diversos aportes (viandas y carnes del ajiaco) de las sucesivas migraciones étnicas a la isla llave del Golfo: franceses, muchos “haitianizados” entonces, anglosajones, chinos, yucatecos, lusitanos… pues “en Cuba han sido tantas y tan diversas en posiciones de espacio y categorías estructurales las culturas que han influido en la formación de su pueblo, que ese inmenso amestizamiento de razas y culturas sobrepuja en trascendencia a todo otro fenómeno histórico”, comenta Ortiz.

Añade al respecto Don Fernando en el mencionado libro: “Y todavía [llegaron] más culturas inmigratorias, en oleadas esporádicas o en manaderos continuos, siempre fluyentes e influyentes y de las más varias oriundeces: indios continentales, judíos, lusitanos, anglosajones, franceses, norteamericanos y hasta amarillos mongoloides de Macao, Cantón y otras regiones del que fue Celeste Imperio. Y cada inmigrante como un desarraigado de su tierra nativa en doble trance de desajuste y de reajuste, de desculturación o exculturación o inculturación, y al fin, de síntesis de transculturación”.

Aquí la identidad cultural no es vista solo como el conjunto de valores, símbolos, tradiciones, creencias y modos de comportamientos del cubano, sino como ente espiritual de la cubanía, de la constante dialéctica entre individuo y sociedad que conforman la simbiosis identitaria del cubano, el sujeto propio de la cultura, percibido también como sujeto colectivo y agente de la cultura, que opera además en el lenguaje y el discurso. No como una construcción que se trabaja desde cero, sino como un sustrato básico (acaso la sustancia quemada en el fondo del recipiente de cocción de Ortiz) sobre el que se trabaja y moldea la identidad cultural del cubano, observada como el sentido de pertenencia a una colectividad, a un sector social, a un grupo específico de referencia.

Por eso, escribe finalmente Don Fernando “que el vocablo transculturación expresa con mayor claridad las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz angloamericana aculturación, sino que el proceso implica también necesariamente pérdida o desarraigo de una cultura precedente…” Además, añade, quizá como clara sentencia, el reconocido etnólogo, jurista y antropólogo cubano que “en todo abrazo de cultura sucede lo que en la cópula genética de los individuos: la criatura siempre tiene algo de ambos progenitores, pero también siempre es distinta a cada uno de los dos.”

Bibliografía:

Cornejo Polar, A. (1994). “Mestizaje, transculturación, heterogeneidad”. En Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XX, núm. 40, Lima, Perú

Fernández Retamar R. (2016). Caliban y otros ensayos. Holguín: Colección 1492. Ensayo. Ediciones Holguín

López Ximeno, D. (2011). Fernando Ortiz ante el enigma de la criminalidad cubana. La Habana: Fundación Fernando Ortiz

Ortiz, F. (1983). Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana: Editorial Ciencias Sociales

Ortiz, F. (2005). “Del fenómeno social de la “transculturación” y de su importancia en Cuba”. En Hidalgo Valdés, L. y Capó Ortega, M. E. (2005). Historia de la Cultura cubana. Selección de lecturas. La Habana: Editorial Félix Varela

Torres Cuevas, E. (2006). En busca de la cubanidad. Tomo I. La Habana: Historia. Editorial de Ciencias Sociales