El diálogo culminante*

El diálogo culminante*

  • Fotograma de la cinta God’s Own Country. Imagen tomada de Internet
    Fotograma de la cinta God’s Own Country. Imagen tomada de Internet

Acaso porque ya no codicia el conflicto principal dentro de la trama, la homosexualidad en algunas de las más recientes propuestas cinematográficas espera y consiente la entrada de un momento clave, esencial y resumen, donde lo dicho al pie de la letra entre dos —o lo por decir— no será contrariado por posteriores hechos.La homosexualidad ha dejado de ser el quid del asunto. Más que acercamiento a ella, hay tentativas de sobrepasarla desde las relaciones más cercanas, filiares e intergeneracionales, casi siempre entre uno de los progenitores y su descendencia, pues conversarlo en el ámbito familiar puede fortalecer la participación sociocultural.

Más que asumirse en su condición de gay, quien (se) expone precisa dialogar sobre un estado anímico, su situación actual, lo que en verdad desea o debió intentar como ser humano. Dichosamente, después de la sobrevalorada pero, en realidad, endeble en estructura y guion Moonlight (Barry Jenkins, 2016), el 2017 mostró varias obras de temática no solo gay, sino de intereses centrados, sobre todo, en priorizar discursos directos y trasversales que condicionan un tono oportuno y mesurado hacia finales ya no trágicos, moralizantes y devotos del “basado en hechos reales”. No obstante, hay voluntades aún de recapitular cómo ha sido el proceso de rechazo/tolerancia/asimilación de actitudes y aptitudes de sujetos gays en la Historia. De ahí films agradecidos, a medio camino entre el testimonio y lo ficcional, como la inglesa Contra la ley (Fergus O`Brien) o el biopic ameno pero convencional Tom de Finlandia (Dome Karukoski). Estos dos audiovisuales se bastan a sí mismos para, en el algún momento de la trama, insertar un discurso defensor de la conducta psicosexual y otro legitimador de una obra artística, respectivamente; ambos inscritos ya en el registro histórico de valederas razones de vida. En este sentido, tampoco puede soslayarse el impacto internacional de 120 latidos por minuto (Robin Campillo).

No así sucede con la colombiana Mariposas verdes (Gustavo Nieto Roa), obra minúscula por tan llena de lugares comunes: se insinúa que un chico debuta homosexual desde temprana edad por no haber sido atendido lo suficiente tanto por la madre como por el padre; de hecho, ambos se separan, ergo: las ausencias imprescindibles originan el nacimiento de su homosexualidad: el querer vestirse como niña cuando juega con una por ejemplo; otro de los chicos de las escuela, por cierto, extremadamente gay y más florido que el toro Ferdinand, se llama Gabriel Rosas, ¿en serio?...; a ello se le añade las deficiencias dramatúrgicas: el colmo de revelar y hasta justificar el actual comportamiento de uno de sus protagonistas a golpe de constantes flashbacks innecesarios que entorpecen la trama ya deficiente por los clichés del guion.

El sobrepasar el tema de la homosexualidad ha estado presente en los relatos de Cuando tienes 17 años (André Téchiné), Call me by your name (Luca Guadagnino), God’s Own Country (Francis Lee) y Beach Rats (Eliza Hittman). Estos vinieron a salvar el panorama creativo del año 2017 en cuanto a sintaxis y semántica fílmicas. Si reparáramos además en las varias opciones para concluir la trama de las obras mencionadas, cuesta cuestionar sus formidables y provocativos finales, sobre todo de las tres últimas, porque estamos ante producciones sobresalientes en su conjunto. ¿Sorpresivos sus cierres? No, la sorpresa en estas historias búsquese en un momento conversacional. Es ahí donde podemos advertir si vale la pena evaluar lo que uno como espectador ha presenciado. Queda ultimar luego si la realización no estropea cuanto le queda de ritmo, tono, historia.

Llegan los cambios de fortuna para los personajes, quienes no necesitan pasar por situaciones climáticas impulsadas por (im)previstos: descubrimientos penosos y acaloradas discusiones por ejemplo, donde se explica el conflicto. El clímax está esparcido en varios momentos narrativos de estos films, los cuales no ameritan redundar en una subida de tono chocante para lo que han contado, como contraproducente para cómo van a concluir. No les inquieta a los personajes de Call me by your name, God’sOwn Country y Beach Rats lo que los demás piensan de su sexualidad, sino cuanto les faltan a ella.De ahí que sean relatos medidos en las tomas de decisiones más que de posiciones. No por gusto son películas donde la homosexualidad deja de ser tema estereotipado a fuerza de atender cuestiones humanas más universales como la acción y efecto de enamorar o enamorarse como en la extraordinaria God’sOwn Country y la impactante Inxeba (La herida), de John Trengove.

Cuando en Call me by your name Oliver (ArmieHammer) se marcha, luego de haber intimado con el joven Elio (Timothée Chalamet), el director cuela una conversación inesperada entre Elio y su padre, en la que este último no le echa en cara ni lo que hizo el hijo con Oliver ni cuanto puede preferir en lo adelante. La conversación es de una franqueza envidiable por el respeto y la admiración que ambos se profesan. La propuesta de Guadagnino se eleva en ese diálogo imprevisto y dominante. No tanto sucede con Frankie (Harris Dickinson), el protagonista de Beach Rats, quien vacila y no se atreve a confesarle a su madre que es gay y sin embargo, lo asume y lo platica sin problemas con los que se acuesta. El conflicto de Frankie radica en representar a un chico que violenta su verdadera dimensión humana. En realidad, aquí es válido que la posibilidad del diálogo culminante se deje en el intento. Eliza Hittman no quiere caer en un lugar común. El protagonista no se atreve a contestarle a su madre.Hacia el final de esta historia, Frankie observa en el cielo los fuegos artificiales. Su mirada lo delata: siempre ha amado losjuegos pirotécnicos, pero para estar completo no le es suficiente la intimidad de la noche.

Por su parte, God’s own country, sobrepasa lo meritorio en cuanto a parlamentos se refiere. Mientras que en Call me by your name se caracteriza la relación amorosa y en Beach Rats se evita la charla cuando no se registra el contacto corporal, Francis Lee, en su primer largometraje, concibe un guion resuelto, sencillo, insinuante que ampara y desnuda en dos momentos dominantes al descomunal Johnny Saxby de Joseph O´Connor. Para no andar con exclusivismo en relación con películas sobre chicos, están las protagonistas de Lovesong (So Yong Kim), una película sin la valentía visual de God’sown country, pero con sutilezas discursivas porun apreciable guion. Cuanto se dice (y se calla) entre madre (Rosanna Arquette) e hija (Jena Malone) en la escena de la cafetería, figura como el intervalo clave en que se cuestiona —sin mencionar ningún término al uso— la heteronormatividad rigurosa que la joven duda seguir. Transcribo un fragmento de la conversación.

Hija: No estamos obligadas a hablar de esto. Podemos solo apoyarnos… ¿Sí?

Madre: Es solo que… no entiendo por qué haces esto.

Hija: ¿Qué cosa?

Madre: ¡Esto!

Hija: Dilo.

Madre: ¿Por qué vas a casarte?

Hija: (NO LE RESPONDE).

Cabe curiosear qué puede haber detrás de la presencia del diálogo culminante en estas y otras propuestas cinematográficas. No hace falta ni ser iniciado, ni instructor para reconocer que La herida es la película más osada del año 2017, por exponer al sujeto de mundo subvirtiendo los patrones varoniles y culturales de lo local.

¿Será todo esto el indicio de una sensibilidad post-gay, post-identitaria y post-queer? A lo mejor. De hombre a hombre, la vida es también equilibrada por la pluralidad. Va siendo hora ya de convenir que son las relaciones humanas cuanto importa.

*Fragmento de un texto inédito más extenso.