El palacio de cristal sobre una carreta tirada por bueyes

El palacio de cristal sobre una carreta tirada por bueyes

  • El programa Al son del órgano, de Radio Juvenil, lleva treinta años despertando a los vecinos, con historias de familias portadoras del órgano oriental. Foto tomada de Radio Juvenil
    El programa Al son del órgano, de Radio Juvenil, lleva treinta años despertando a los vecinos, con historias de familias portadoras del órgano oriental. Foto tomada de Radio Juvenil

Evidenciar los procesos de consolidación de los fenómenos de la cultura popular tradicional tiene en las familias portadoras del órgano oriental una secuencia fiel. Y es que al proponer a la UNESCO la declaración de este fenómeno como Patrimonio de la Humanidad, en la categoría de buenas prácticas en el 2018, hay historias que validan la construcción secuencial de una forja hacia el gusto y el disfrute de un fenómeno sociocultural, en el municipio Calixto García, de la provincia Holguín.

Allí tiene la UNEAC un espacio de concurrencia en el colectivo realizador del programa Al son del órgano, de Radio Juvenil, con treinta años despertando a los vecinos, con historias de familias portadoras, como la Ricardo, que expresan la pertinencia de una expresión raigal de la zona oriental de Cuba.

En diciembre de 1920 Manuel Ricardo y sus hijos, que vivían en una casa de madera frente al Camino Real, asistieron a un baile en el barrio de Las Casimbas. Y fue tanta la emoción por lo mucho que gustaba la música de los llamados escaparates musicales, que una tarde de diciembre los vieron llegar en una camioneta y bajar el órgano de cilindro llamado “El Palacio de Cristal”.

En la ciudad de Holguín se lo alquilaron a Abelardo Barberena, que  tenía varios y los daba a mitad de  ganancia y con la presencia de Pepín, hijo de Abelardo. “El Palacio de Cristal” se estrenó  en la casa de Juan Ricardo, el 17 de diciembre de 1920, en la fiesta de San Lázaro.

Ricardo y sus hijos animaban la fiesta sobre una carreta tirada por bueyes y se iban sobre la de Bite Torres, el que bien temprano enyugaba y recogía en Buenaventura al escaparate mágico y sus músicos. Así salían Los chiquitos, que así les decían, en una peregrinación, presidida por la carreta de Bite, que era también muy fiestero.

Iban en una contagiosa procesión  tocando de finca en finca y de bodega en bodega, embullando, y así pasaban hasta tres días de fiesta. Segundo, uno de los hijos de Manuel,  afirmaba que desde que era niño iban por el camino hacia Las Lajas y  hacían salir a las mujeres y a los muchachos de sus casas, con temas tan populares como  “El hombre marinero”, “La Cucaracha”, “La Tinajita” y la gente  se embullaban en un dos por tres y se iban  a caballo o en carretones, mientras Segundo gritaba:

“A gozar que la vieja está en el río”.

Después de subir la loma de Liborio Torres, llegaban a la casa de Maximino Pozo  Cabrera, en  Cañada de Majagua, que siempre les picaba lascas de queso fresco, abría una botella de ron Matusalén y le tocaban una  o dos piezas. Así seguían embullando y sumando bailadores, que iban tras ellos  a caballo o en carretones de caballo.

Segundo tocaba las pailas, le daba bien a la manigueta y a los demás instrumentos acompañantes, también sus hermanos Francisco, Juan y Roberto, tocaban la percusión. Se iban tocando sobre las barandas de las carretas y como el órgano era de cilindro ocupaba poco lugar.

Se encontraban a hombres chapeando o desyerbando, que les decían:

Aguanten ahí, que hay que tocar una pieza”.

Un día salió un capataz diciendo:

“Oiga,  yo soy el jefe de esto. Sigan su camino”.

Pero al escuchar “El Palacio de Cristal”  compró una botella de ron Castillo y se fue para la fiesta, que era en el barrio de Guayabo. 

Cuando llegaban al salón a las cinco de la tarde, se alternaban los hijos de Manuel con la manigueta para que no se les cayera el brazo a la hora de la fiesta, pero cualquiera se creía maniguetero en aquellos bailes, después de cuatro tragos.

A la fiesta se sumaban familias como la Brito, la Carralero de Guayabo, Reynaldo,  Aguilera, en fin, que eran muy populares, porque eran muy familiares y con ellos la fiesta era hasta el amanecer y se podía animar con tres días de duración.

También en aquellos bailes eran alquilados Porfirio Rodríguez,  Ñañe Pozo,  Maximino Hechavarría y  Alfonso (Fonso) González, que  fue uno de los primeros en tener órganos en esta zona.

Los músicos de la familia Ricardo fueron  Francisco, Segundo y Agripín, pero todos los hermanos tocaban los instrumentos acompañantes alternándose. Segundo era un buen maniguetero y también tocaba el guayo. Manuel Chiquito, el padre, era el administrador.

Siempre fueron muy atentos, por eso el cariño les sobraba, también los tragos. Una alegría contagiosa transmitían y era el espíritu de la época con gente de brío, de chispa, con ganas de gozar la vida, aunque no se tuviera casi nada en el bolsillo, pero se sentía en la sangre el fuego vivo del antepasado mambí y el coraje de los que siempre tenían un buen machete empalmado para el que se hiciera el guapo. Y ese espíritu de pasar una semana de baile en baile, les daba fuerza  para seguir dando manigueta.

Salían de un salón y se iban para otro pasándose hasta cuatro días fuera de la casa. Eso era lo más natural del mundo. Dormían sobre la lona del órgano y a la mañana siguiente de nuevo la fiesta.

 

Por: Daer Pozo Ramírez