El paseante Cándido

El paseante Cándido

  • Portada del libro.
    Portada del libro.

Reconozco que mi mirada es mínima, pobre, superficial, porque tengo imaginación para adornar, pero no para penetrar, para descender al interior de los sentimientos y de las sensaciones.

Gastón Baquero

Una de las primeras reglas del escritor moderno y presente en las páginas sociales dice: “nunca comenzar con un adverbio de modo que sugiera una redundancia desfachatada e incoherente, que deje al lector en el espacio anfibio de seguir adelante o no con la lectura”. Y está claro que comenzar de esta manera un texto, sería nefasto si solo nos ocupáramos de ofrecer claridades en la manera de comunicar el contenido de tal o más cuál obra. Pero no hay que negar que algunos libros —sobre todo las novelas— necesiten de arriesgarse en el modo de iniciar esa cara oración que signará al resto de las palabras que a continuación estarán en la disposición de lograr que el lector se acerque al libro.

Entonces, a la hora de mostrar la valía de la lectura, de lo que produce mientras vamos internándonos e interactuando con —digamos por caso— una novela, el discurso tipo que encontramos a lo largo de miles de textos (artículos, reseñas, críticas, elogios, denuestos, etc.) empieza a desmoronarse. No es suficiente articular de manera predeterminada la seducción que ofrece un texto que trate sobre otro, una voz que hable de otra voz, ocupando terrenos inauditos, llevando (casi siempre) una ampliación consigo. Se requieren nuevas artimañas para ese logro definitivo, estrategias que pueden venir de cualquier parte, incluso de aquellas que están, desde hace años, en desuso. Así que esta forma de amar incluye todas las armas.

Digamos que esa novela deja de ser “una novela”, y la nombramos. La ubicamos dentro de nuestro universo perceptible nombrándola, le ofrecemos vida, espacio, virtudes, carisma. Mi ejemplo es El paseante Cándido (UNEAC 2001) de Jorge Ángel Pérez, Premio UNEAC 2000 (ignoro si Premio de la Crítica, pero condiciones tiene), publicada el año en que la UNEAC cumplía su  aniversario 40.

Este libro, sobre la rúbrica de su género —novela—, depositado en el borde inferior de la portada en un naranja altivo, que también es el fondo de la imagen, pasea una brújula con ansias de rosa de los vientos. Está terminado para imprimirse sobre él, en distintas variantes tipográficas: ¡Premio UNEAC 2000! , la pieza es de madera y, algo desgastada, está lista para esa operación iniciada por Gutenberg. Es una imagen copada que da paso, siempre a riesgo de no pertenecer allí, al título y al nombre del autor, entre un blanco corredizo y un amarillo muy pálido. Es una imagen digna de una tarde otoñal de la Isla.     

Ciertamente, el cambio de siglo tenía que traer un estallido mucho más íntimo que el problema financiero Y2K, un estallido propio de esta isla. Pues los estallidos son puntos intemporales que se establecen en la memoria. Un estallido, como una irrupción, es un episodio singular en la experiencia. Así que para escribir sobre El paseante Cándido, se tiene que dejar el reloj sobre la mesa, bocabajo, ocultarlo dentro de un paño grueso que silencie el movimiento de su mecanismo, olvidarse de la luz que a esta hora ennoblece casi todos los objetos y las personas, mirar de soslayo a ese pequeño cúmulo de 284 páginas que de tanto abrirlo ya tiene dibujada las grietas mágicas que hace a un libro, leído. El paseante Cándido es una historia abrumadora, lograda con verosimilitud elocuente (aunque esto parezca un oxímoron).

Jorge Ángel Pérez para el premio UNEAC entregó una pieza (un libro) que se abre por sí solo. Cándido, su personaje protagónico, está siempre delante de la insinuación. Es obstinado, tan obstinado que a golpe de fuerza, es bello. Es hijo único, producto de una relación fugaz entre la literatura (periodismo de zafra), el encanto de un tritón, una tarea necesaria, y su madre al otro extremo de esta ecuación. Su relación con la historia que narra siempre será así: en extremo. Durante todos los episodios, el ojo de Jorge Ángel Pérez da saltos que agrupan, que desarman, no la línea lógica de los acontecimientos, sino los espacios. Es una novela de espacios acendrados a la piel.

Concuerdo con Mercedes Melo, cuando escribió en la nota de estos premios: “nos permite una visualización desacralizadora de la ciudad que acoge a un joven heredero de la más depravada ingenuidad a través de cuya experiencia es posible realizar el nuevo bojeo moral de nuestra tierra”. Pero más que ingenuidad —si me permite llegar un poco tarde—, lo que siempre supone Cándido es una argucia para dominar el Capitolio, y todo está regido por ese pensamiento. Dominar el Capitolio en el acto de renombrarlo, es toda la maquinaria. Y en ese pensamiento, la ingenuidad se nos vuelve fábula, y la fábula: narración, y la narración: estrategia. Esa ingenuidad que aparece en la superficie de las palabras de Cándido, Jorge Ángel Pérez las vuelve parte de una realidad 15 años después.

El paseante Cándido, es verdad, ya no se encuentra en las librerías del país. Hace años que está presente en esta isla tratando de cambiar las cosas, y la isla no está en los anaqueles de las librerías, ni detrás de vidrieras que de tanto defender los libros, no dejan que ni siquiera los lectores se acerquen a ellos.

Además, esta es una novela que tiene repeticiones (no premeditadas), ecos a lo largo y ancho de la siguiente producción literaria de la isla. Es decir, pienso que sin quererlo Jorge Ángel Pérez fundó una serie de espacios definitivos que ya se venían gestando, y al mismo tiempo sirvió de puente con otros espacios que también se venían olvidando. Por los demás, El paseante Cándido se ubica en el regazo de la memoria como esa irrupción de la que habló alguna vez Eliseo Diego, al descubrir Thewidesargaseass sea.

Y la estructura definitiva está allí, en arriesgarse a no delimitar los espacios que sirven para que rebusquen en los estantes de uso (los libros de uso), que son los verdaderos protagonistas de la literatura leída en la isla. Esos, que marcados, manchados, agrietados, mustios, infames, desgarrados, aún se mantienen a precios “cándidos” en las manos de Lucena o escondidos en el cuarto de Cunegunda.