El retablo de (los) placeres de George Pérez González

El retablo de (los) placeres de George Pérez González

  • Algunas de las obras de la muestra. Fotos cortesía del autor
    Algunas de las obras de la muestra. Fotos cortesía del autor
  • Algunas de las obras de la muestra. Fotos cortesía del autor
    Algunas de las obras de la muestra. Fotos cortesía del autor

Como prólogo de la XL Jornada de Literatura y Artes Plásticas Regino Boti se inauguró el pasado 4 de junio en el pabellón Guantánamo la exposición personal Retablo de placeres, de George Pérez Gonzáles, fundador de la UNEAC en Guantánamo y uno de los artistas con más trayectoria dentro de la plástica en este territorio.

A la altura de cuatro décadas y medias de labor artística, George Pérez González, diseñador, dibujante, pintor, profesor y un largo etcétera de funciones artísticas y no —muchas de ellas de impronta y vocación social— se ha propuesto celebrar esas cuatro décadas y medias realizando-se varias exposiciones a lo largo del año. Una de ellas es precisamente Retablo de placeres, conjunto de cuarenta y cinco piezas de pequeños y medianos formatos en las que recorre o integra obras de las series “Retablo de placeres”, que da nombre a la exposición, “Sueños útiles”, “Nido”, “Placer en rojo”, más otras que no pertenecen ni a estas ni ninguna otra serie, suerte de eslabones sueltos –solo aparencialmente- que refuerzan el discurso propuesto.

Ya desde una exposición hoy lejana en el tiempo como Comeremos frutas de los árboles del paraíso, George comenzó sus andanzas con la sensualidad en aquel mundo vegetal y paradisíaco que poco a poco fue derivando hacia un erotismo que pasó sutilmente del mundo vegetal al humano, sobre todo centrado en la figura femenina. De entonces a acá no ha dejado de sorprendernos  en su capacidad imaginativa al proponer-nos todo un mundo entre onírico y real, suerte de Bosco de la contemporaneidad, en el que lo lúdico y sensual junto a un manifiesto erotismo se entrelazan, tal y como lo hacen las formas humanas y vegetales dentro de cada una de estas obras, más allá de la serie a la que pertenezcan.

Como ya se dijo la exposición es una muestra de muestras, un compendio de otras selecciones  y series ya exhibidas, como “Nido” o “Placer en rojo”, que se hacen un corpus común al ser partes y esencia de este constructo, además de compartir estética y presupuestos conceptuales. Suerte de antología visual que pone a discursar distintos momentos de un gran monólogo que George ha sabido —y podido— desarrollar en el tiempo con pulso, tino y sensibilidad. Otro aspecto que las unifica el sentido teatral presente en cada trabajo, efecto que se enfatiza al ser partes de este placentero retablo.

Con el uso de una gama cromática en la que predomina el marrón, con algún que otro “toque” que lo lleva al ocre, la conformación de los volúmenes en el plano, la mixtura de elementos antropomorfos, la sinuosidad de las formas, el juego con los accidentes del dibujo y ciertos estarcidos, la línea que se enrosca y se entrecruza sobre sí pueden ser elementos comunes a la mayoría de las obras de este retablo. En otras lo cromático brillante predomina como protagonista: el rojo, el gris, todos desde la austeridad visual que determina la contenida expresividad de cada una de estas obras que, independientemente de que estén a la vista pública desde este retablo, no pierden el carácter íntimo, de recogida privacidad. Somos nosotros, espectadores y “voyeristas” quienes develamos, a partir de nuestra indiscreción, el sensual recogimiento de estas formas.

Véanse entonces los trabajos nombrados genéricamente “Retablo de placeres” y numerados del dos al seis, en los que se despliegan todos los presupuestos estéticos que desde una desbordada sensualidad rayana con el pleno erotismo recorren no solo estas obras, sino que están presentes en cada una de las restantes, hasta la cifra de cuarenta y cinco, que integran esta exposición.

Ser un asistente proactivo a las provocaciones de este retablo, es un regusto de los sentidos, no solo desde lo visual, sino desde lo táctil y lo intelectivo; es asistir al placer que provoca toda buena puesta en escena, desde donde actores y espectadores se confunde también en exóticas y virtuales formas antropomorfas.    

Por Jorge Núñez Motes