El último puritano: catedral del pensamiento

El último puritano: catedral del pensamiento

  • Cubierta del libro. Tomado de internet
    Cubierta del libro. Tomado de internet

El último puritano desfila, de forma destacada, en el selecto cortejo de las novelas filosóficas. Decir «filosóficas» no quiere decir novelas puramente conceptuales, sin personajes, tramas y escenarios. «Filosóficas» solo significa aquí que el autor se las ha ingeniado para desarrollar una filosofía de la vida según va relatando su historia.[1]

                 Ignacio Gómez de Liaño

Un acercamiento a la novela de aprendizaje El último puritano. Memoria en forma de novela (1935), más allá de evidenciar cuánto hay de autoficción o de autobiografía[2] sobre su autor: el filósofo George Santayana[3] (Madrid, 1863- Roma, 1952), nos revela una textura sapiente, donde corrientes filosóficas y juicios culturales acompañan el origen y avance del protagonista Oliver Alden. Narración y hechos, escritura y pensamiento conformarán, junto a otros personajes, el ascenso y crepúsculo existencial de este héroe trágico.

El punto de partida del profesor/narrador (el propio Santayana) es la exhortación de su amigo/alumno Mario Van de Weyer, quien lo motiva escribir la vida de Oliver Alden –el último puritano–, la más cercana víctima de un hecho fortuito, recién concluida la Primera Guerra Mundial. «Confieso que me interesaría estudiar en Oliver esta purificación del puritanismo, y esta contumacia puritana. Pero, ¿dónde están los materiales para semejante investigación? Tendría que acabar inventando casi la historia; y, como usted sabe, no tengo nada de novelista»[4]. Mario le aconseja además dejarse mediar por el diario, las cartas y las memorias del conocido, más los papeles de su padre Peter Alden. De este modo, puede investigar a partir de recuerdos para luego establecer la posterior creación escritural. Así pudiéramos aceptar, que el relator sobre la vida de otro, se aparte en su momento para propiciar que la novela hable. Todo un ejercicio de «posmemoria» porque hay apropiación de lo escrito por Oliver con el fin de construir versiones de su pasado. Tanto más alarmante cuanto que se justifica la pertinencia genérica, asimismo quedan descubiertos los métodos en torno a la hechura de El último puritano.

Desde el inicio de la novela, sentimos más de un pugilato reflexivo, lo que condicionará la figura del protagonista, tan aludida como declarante en primera persona de su reordenado relato. La misma descripción de su nacimiento en la parte II («Infancia»), roza un nihilismo vitalista que Santayana pone en entredicho, pues ironiza con la circunstancia del personaje nacido varón. Aventura la de ser hombre dentro de la convención social, cultural y simbólica; aventura de estar prefijado en el acatamiento de las asignaciones ya reglamentadas por el seno familiar y los posteriores pactos que supondrán otras instituciones. Esto no queda inscrito cual pasaje de aliento antropocéntrico o machista, en caso de quien lo asocie así. Más bien se nos acerca a lo psicosocial y a una etapa prexistencialista del vástago, próxima —desde la mirada del narrador— a los cuestionamientos de la condición genérica y a los patrones regidos por conductas en apariencia inalterables.

Mrs. Alden, la madre de Oliver, está consciente de su sobrio feminismo; pero, con la llegada al mundo del niño, agradece, por fin –y al menos por un tiempo−, tener bajo su techo el control de la formación de un “espíritu de verdad”, a diferencia de su esposo, no resuelto ya a entenderse mejor con el mundo, según cree ella. No obstante, superación en la existencia no es solo lo que esta señora estricta y contradictoria espera del primogénito varón, sino una ética vital ante todos y todo. «¡Iniciativa Oliver, iniciativa!», parece pedirle la también pragmática Mrs. Alden a su hijo. Eso sí, iniciativa precedida de mucho juicio. «Según la máxima, la única razón de ser de la existencia de Oliver era contribuir a la existencia nacional, —para elevarla de nivel, claro está—».[5] Esta es otra de las aspiraciones manifiestas de quien lo vio nacer.

Pero el chico, por fuero interno, demostraría, primero con reflexiones y luego con hechos a contracorriente, ser mucho más interesante. Desde pequeño, aprendió a no dejarse derrumbar por insignificancias. Lo que no supuso fuera un observador neutral de cuanto experimentaba. Sentía poder llevar adelante un disgusto generalizado que, a ojos del lector, pudiera asociarse al comienzo de una actitud misantrópica. Al crecer era un joven tímido en las relaciones y atinado en los estudios y casi todos los deportes. En el camino hacia el conocimiento, el adolescente no tardaría en comprender la necesidad de abrazar más el “lado soleado” que el “en sombra”, ya que la escuela de la vida exige desplegar lo corporal sobre el mundo a fin de influir el espíritu. Ahora, el temprano proceder del héroe en ciernes no era tanto para encajar como para cultivarse de forma estoica en el enfrentamiento de obstáculos caseros y de puertas hacia afuera.

Los capítulos dedicados a la estadía en el mar son harto elocuentes y decisivos, pues enfrentan al joven protagonista a la desnudez y franqueza a las que no estaba acostumbrado. Se le muestra su verdadero padre en ese contexto sublime, que es la desmesura marina, tan ambivalente y liberal. Conoce la camaradería y de otros asuntos náuticos con el admirado capitán Lord Jim. Sentimos una atmósfera próxima a la literatura de Melville, sobre todo, Billy Budd, pero sin la pretensión lujuriosa provocada por el deseado Billy. Se menciona Moby-Dick como uno de los libros que acompañan a los marineros lectores. Walt Whitman es materia de discusión una y otra vez. El autor de Hojas de hierba no es del agrado de casi ningún personaje de la novela. Ralph Waldo Emerson también tiene su cuota de crítica cuando se cuelan reflexiones a propósito de sus escritos sobre el hombre y la naturaleza. Luego, la tirantez de los opuestos avance y rezago o el conflicto entre modernidad y tradición son sugeridos por Peter, como cuando, ante el tiempo que le ha tocado vivir, delibera:

Es lástima el haber nacido en una época en que la fuerza del carácter humano estaba en menguante, mientras, por el contrario, la marea de la actividad material y el conocimiento de la materia estaban en creciente, a tal punto que acabó anegando toda independencia moral. Yo se he sido víctima de mi medio; pero no me he rendido a él.[6]

Acaso desde su pensamiento, Peter pretende ser un innovador dentro de la tradición. Suya es también esta reflexión: «Concibiendo el pasado, se ve el presente, tal como se debe ver. Los ignorantes son siempre víctimas de lo que creen saber»[7]. Avanzada la narración, cuando Mr. Alden fallece y Oliver se lo comunica a su madre, sentimos que la muerte ha sido —y será tratada— como otro acaecimiento más a quien le sobrevenga. No hay en El último puritano intentos metafísicos de profundizar en la partida personal de nadie.

La idea de Santayana de que es el ser humano el mayor de sus obstáculos al creer que el mundo o, la realidad independiente, es quien debe subordinarse a sus intereses y deseos, está bien desarrollada en su libro El egotismo en la filosofía alemana (1915). Ahora, el egotismo como el no reconocimiento de la otredad de un mundo que transformamos, pero aun así nos excede, venía planteándoselo ya en Tres poetas filósofos (1910). Aquí nos dice: «el egotismo es la actitud característica de la filosofía moderna y del sentimiento romántico»[8]. Como se aprecia, no es tanto conceptualizar el término cuanto le importa, sino las consecuencias de susodicha torpeza humana. Jactanciosa humanidad al sobrevalorar su importancia por yuxtaponer caprichos de excepcionalidad y rasgos ilusorios [9]. Estas ideas son retomadas en El último puritano cuando, en conversación con su hijo, el epicúreo Peter reconsidera:

Supongo que en el panorama general del universo la naturaleza moral del hombre es una menudencia tan insignificante, poco más o menos, como la naturaleza moral del mosquito o la hormiga. Pero, para nosotros, nuestra naturaleza moral lo es todo; y, en cambio, el universo en sí mismo carece de importancia, fuera de la vida que podemos vivir en él.[10]

Por otra parte, aunque severas en casi todas las ocasiones, las contestas u opiniones de Mrs. Alden, son siempre de una ocurrencia cáustica, mas no de una locuacidad tutelar revelada de pronto y luego, con empeño, por el Peter marino; anunciada también por el primo Caleb Wetherbee, ese nigromante inválido y contrahecho, pero de un saber iluminador y atractivo que asienta un discurso sobre la repercusión de la memoria frente a la confianza moderna por la prosperidad y frivolidad o esa seudoreligión del éxito y la vanidad una vez que aquél es alcanzado, «pues solamente los que no conocen el mundo serán los engañados por el mundo».[11] En otro momento, Wetherbee reconoce con espíritu formativo: «América es la mayor de las oportunidades y la peor de las influencias; es preciso que nuestro esfuerzo resista a la influencia y mejore la oportunidad».[12] ¿Crítica al influjo cultural estadounidense? No se dude. Está sobre aviso Oliver ante el viejo pariente, quien se le presenta como maestro ocasional muy atendible.

Hay un instante clave cuando Caleb, al abordar sus planes de reclusión a consecuencia de la crisis espiritual del presente, expone toda una vaticinadora declaración de principios que puede repercutir incluso en la futura vida del héroe, si bien lo hará en la del propio Santayana. Reparemos en el pasaje escritural.

La gente dice que me he dedicado a los estudios de Historia; pero, si estudio el pasado, es solo para discernir en él los comienzos del futuro, la buena simiente ahogada para la cizaña, pero destinada, sin embargo, a sobrevivirla. La época actual es una época de tinieblas para el espíritu, una edad de secreta preparación.[13]

A grandes rasgos, tanto Caleb Wetherbee, como luego Mr. Darnley —padre de Jim— y Peter Alden antes, ingresan en los terrenos del tenso diálogo entre el paganismo y lo sobrenatural; lo profano y lo divino. La entrada, salida y retorno de Mr. Darnley en la trama, por ejemplo, provocan por sus meditaciones. Él es de una ambivalencia expresiva, que no llega a molestar por cuanto hechiza con la palabra, como cuando establece las distancias entre lo corporal y lo espiritual o entre el hombre de pensamiento y el de acción. El privilegio de juntar estas proyecciones, piensa Darnley, supone una tragedia para el individuo: «Pues, así como el hombre simplemente natural acaba trágicamente, porque el espíritu en él queda estrangulado, así el hombre espiritual vive trágicamente, porque su carne y su orgullo y sus esperanzas se han marchitado en hora temprana bajo los rayos candentes de la revelación».[14] Este personaje, chico en apariencia, es de una labia soberbia en los capítulos primeros que más tarde pudiera extrañarla el lector. A este respecto, no conviene esquivar tampoco la presencia de la tía Caroline con sus criterios acerca de la vejez, las clases pudientes y los héroes.

Discursos y pensamientos; tonos y contenidos parten del desmembramiento de Santayana en favor de sus personajes. Tanto en éstos, como en la narración, la locuacidad es una aptitud constante. Al soslayar las diferencias anímicas y físicas, casi todos ellos se acogen a lo sentencioso y otros rigores del lenguaje exquisito, puesto que son partícipes meditabundos.

Mención aparte merece la visión a la puerta del cuarto de la institutriz alemana Irma,[15] expuesta a través de una misiva en el capítulo XVII. Tal visión a partir de una imagen configurada en el espejo a raíz de la contemplación del cuerpo tendido de Oliver, que se equipara con un Cristo crucificado sin cruz, representa a todas luces, una tensa mixtura iconográfica, donde pugna lo religioso católico con lo mundano lascivo y, del mismo modo, lo estético con lo moralista, lo sugerente con lo descubierto, el arte con la vida y ésta con la muerte. Es la inacabada anatomía del adolescente contra la incertidumbre de imaginar, por el momento, una excelsitud corporal. La fijeza física es el supuesto triunfo del icono fugaz ante la imposibilidad de un amplio crecimiento vivencial: «Moriría más bien, joven y desdichado». Es la indudable manifestación tras la ojeada vidente de Irma.

Oliver, aristócrata de nacimiento como su primo Van de Weyer, no representa, sino que busca una disciplina moral aferrada a valores improcedentes [16] para un mundo en vísperas de una guerra. Mario, «la serenidad y el señorío personificados» y desde «su aparente ligereza y de su donjuanismo empedernido» por su parte, ironiza con los títulos heredados y no teme a los cambios; aunque, claro, aprovecha todos los privilegios nunca tardíos de su posición. Como bien reconoce Irving Singer:

Siendo jóvenes que pertenecen a un particular momento del tiempo, Oliver y Mario son más que meras personificaciones del humano empeño de armonizar ágape y eros. No son figuras alegóricas. Los conceptos están sin embargo en su interior, de la misma manera que el determinismo o la evolución están también en ellos. Los entendemos mejor como entidades vivientes gracias a los conceptos relevantes, y mediante sus comportamientos narrativos muestran cómo las ideas abstractas pueden elucidar el desarrollo idiosincrásico de potencialidades que son comunes a todos nosotros.[17]

Santayana explica que «el gran error de Oliver fue que intentó ser corriente. Su vocación fue vaga: no tuvo la intuición o el coraje para hacerla definitiva».[18] Pero es que la seriedad de intereses del joven exegeta no superó su desencanto o tristeza[19] frente a su repaso estético del mundo. Él tampoco estaba en condiciones de una propia asesoraría anímica. Mucho antes de su literal desaparición, la tragedia le rondó desde su nacimiento hasta apresarlo de una vez.

Las atenciones a la amistad en sus diferentes etapas son recurrentes durante las paradas y peregrinaciones del protagonista de El último puritano. A veces insinuada tras las conversaciones y peripecias; otras expuesta a las claras, como cuando Oliver escribe su tesis sobre Platón. Más que estar influenciado por el Fedro y el Banquete, él percibe la integración desde una órbita personal, que ya ha tenido, en sus aperturas, el interés y la confianza hasta resultar amistad auténtica.

Ahora bien, en la amistad puede haber amor, quizás la forma más alta y más intensa del amor, pero no hay el menor asomo de deseo; o si el deseo se desliza alguna vez en ella, es simplemente por la intrusión de la sensualidad, que nada tiene que ver con la amistad y es inmediatamente disipada por la amistad, cuando la amistad llega a ser clara y fuerte.[20]

Mas, ¿tiene que estar un amor incomodándose de continuo por la presencia inmediata de otra carnalidad deseada o deseable? Oliver no consigue liberar ni su cuerpo erótico ni permite, mucho menos, que otros se plazcan con él. No le concierne el amor sexual. ¿Acaso no es un logro de su conciencia puritana?

Además de las pautas desafiantes entre los personajes —cuyos sentimientos y particularidades psicológicas son muy llamativas— y de la arquitectura textual en que encontramos varias modalidades escriturales dentro de la narración: epístolas, libros de viajes y memorias; crítica de artes plásticas, música y literatura; ensayo filosófico…, resalta también la amenidad tonal entre, por ejemplo, la soltura humorística del primo Mario y el calado filosófico que apetece Oliver. A propósito, Hernán Sánchez M. de Pinillos tiene a bien recordar:

En una carta al editor de El último puritano, Santayana le expresaba sus dudas acerca de si la combinación de sátira y sentimientos elevados, rasgo que considera «muy español» y central en la obra, sería del gusto anglosajón. La preocupación de Santayana era infundada: la combinación de poesía y prosa, de elegía y sátira, recorre el Quijote, y fueron los novelistas ingleses y escoceses quienes mejor aprovecharon el legado cervantino: Daniel Defoe, Henry Fielding, Laurence Sterne, Richard Graves, autor de The Spiritual Quixote (1773), Tobias Smollett y Charles Dickens, entre otros.[21]

¿Responde El último puritano, en verdad, a una filosofía literaria o a una narración filosófica? No es la primera vez la admisión de ambas proposiciones para un lector considerado. Seguir la prosa de George Santayana implica una odisea intelectual. Diversas fueron las asimilaciones literarias y no menos los aprendizajes conceptuales durante sus años de lectura. No obstante estar mediado por otras voces como la de sus admirados Demócrito, Platón, Lucrecio, Dante, Cervantes, Goethe, Spinoza, William James, Josiah Royce… —lo que le permitió (re)crear un cuerpo escritural personalísimo— no usurpó conquistas ajenas.[22] Más que descifrar el puesto del ser humano en el mundo, intentó Santayana proponer una armonía entre cuanto podemos experimentar dentro de lo que nos ha sido dado. Ni conformismo ideológico, ni renuncia a la novedad de actuación fueron de su gusto.

La filosofía de Santayana, como la de otros pensadores fructíferos, es un vínculo de saberes, algunos de los cuales dejó en el camino y otros, una vez asimilados, lo acompañaron hasta el final de sus días. Más que asimilación y abandono, encontramos en la obra de quien en realidad llevó por nombre Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, variaciones y constancias o cambio y reiteración. Como todo en la vida. 

En sus insistencias temáticas y conceptuales, con certeza, localizamos las claves o la esencia de una filosofía pragmática y agnóstica en diálogo crítico con el sistema materialista y naturalista. Lo suyo es asimismo una filosofía, en consecuencia, muy vinculada a plurales sensibilidades o razones [23] estéticas. De lo contrario, Santayana, quien abogó por las libertades individuales y el crecimiento de la espiritualidad dentro de la sociedad, no hubiera podido escribir desde una tesis sobre el filósofo y científico alemán Rudolf Hermann Lotze [24] hasta —entre otros libros— Dominaciones y potestades, pasando, claro está, por Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante y Goethe, El sentido de la belleza, Personas y lugares. Fragmentos de autobiografía, Diálogos en el limbo y El último puritano, por supuesto, ese relato ficcional que solicita atención por encima de quién actúa y por qué. Seduce la repercusión ontológica (no antropocéntrica) presente en la narración o la historia. Sin embargo, no asombra que el paganismo, «demasiado reciente» —como lo definiera Peter—, sea el triunfador en los acontecimientos de esta novela, pues termina reinando en una modernidad traviesa por corpórea, curiosa por insatisfecha.

En principio, el propósito primero e insistente de George Santayana como narrador se fundamenta, sobre todo, en describir el objeto de su inventiva: la vida escrita de Oliver Alden. Él es el protagonista y, al mismo tiempo, detonante para proyectar la catedral del pensamiento que es, sin dudarlo, El último puritano. Memoria en forma de novela.

Notas:

Texto publicado en la revista española Las nueve musas: https://lasnuevemusas.com/el-ultimo-puritano-catedral-del-pensamiento/

[1] La clave del puritano, en Limbo Nº 33 (2013), p.62.

[2] El prefacio escrito por Santayana a El último puritano. Memoria en forma de novela en 1937, no fue contemplado por Ricardo Baeza en la primera edición en español que él realizó en 1940. El prefacio en español fue traducido por Daniel Moreno a partir de la edición inglesa de 1994 (The Last Puritan. A Memoir in the Form a Novel, Cambridge, (MA) y London, MIT Press:). Aquí se lee: «De hecho, estoy más seguro de expresar sinceramente los sentimientos de mis personajes que de describir con justeza su lugar en mi propia mente. La autocrítica y la autobiografía, no importa cuán sinceras, están lejos de ser naturalmente verdaderas. Pertenecen a una variedad de lo subjetivo especialmente engañosa y repintada», en Limbo Nº 28 (2008), p.138.

[3] A Santayana se le menciona en memorias y biografías de distintos escritores: Tennessee Williams, Gore Vidal, Bertrand Russell, incluso el cubano José Rodríguez Feo lo recuerda en Mi correspondencia con Lezama. No se extrañe encontrarlo aludido en las obras de algunos de alumnos: T. S. Eliot, Gertrude Stein, Walter Lippmann, Harry Austryn Wolfson y Wallace Stevens.

[4] George Santayana: El último puritano. Memoria en forma de novela. Traducción directa del inglés por Ricardo Baeza. 2 Tomos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1940, p.21.

[5] Ibídem, p.165.

[6] Ibídem, pp. 206-207.

[7] Ibídem, p.256.

[8] George Santayana: Tres poetas filósofos. Lucrecio, Dante, Goethe. (Traducción del inglés por José Ferrater Mora). Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1943, pp.119-120.

[9] De las «convicciones básicas y complementarias» de la filosofía de Santayana recomiendo de Fernando Savater: El discreto encanto de George Santayana, en Limbo Nº 1 (1996), pp.3-8.

[10] George Santayana: El último puritano: ob.cit, p.437.

[11] Ibídem, p. 266.

[12] Ibídem, p. 267.

[13] Ídem.

[14] George Santayana: El último puritano: ob.cit, p.354.

[15] Oliver ha sido convencido por Irma de que Goethe entendió la belleza de vivir de acuerdo con la naturaleza. Pero igualmente le comunica Irma la insistencia goethiana en la renuncia: Entbehren sollst Du, sollst entbehren! [“¡Renunciar debes tú, debes renunciar!”]. Esta mujer es así una fiel servidora del credo puritano a la vez que subversiva de él. La división del alma de Oliver está ya presente en la formación que ella le dio, en Irving Singer: “Nuevas reflexiones sobre El último puritano”, en Limbo Nº 2 (1997), p.20.

[16] Hernán Sánchez M. de Pinillos en “Santayana, Cervantes y El último puritano” plantea: «El destino de Oliver a llevar el puritanismo a sus últimas consecuencias en un mundo secularizado. Como don Quijote tenía su complementario en Sancho Panza, el puritano Alden, encarnación de un espíritu patético en el mundo de las realidades materiales, lo encuentra en su amigo Mario, un hombre natural, de temperamento «latino», impulsivo, carente de escrúpulos, vital, alegre y despreocupado», en ANALES CERVANTINOS, VOL. XL (2008), pp. 243-264.

[17] Irving Singer: ob.cit, p.3

[18] Prefacio de George Santayana a El último puritano, en Limbo Nº 28 (2008), p.142.

[19] Jorge Loza-Balparda en su magnífico texto El último puritano sostiene: «Si el lector pronto se encariña con Oliver —una persona que nunca llora—, es por la ternura que se percibe en su buena persona, pero también por una sensibilidad que pone continuamente en cuestión su forma de vivir», en SERIE DORADA de Foro Interno Nº 11 (2011), p.165. (http://dx.doi.org/10.5209/rev_FOIN.2011.v11.37012)

[20] George Santayana: El último puritano: ob.cit, p.601.

[21] Hernán Sánchez M. de Pinillos: ob.cit, p.246.

[22] «En Santayana se da el filósofo y el escritor. Si como lo primero se puede decir que no ha aportado nuevas ideas a la filosofía, en cambio ha intentado, al replantearse los problemas metafísicos, aunar en un sistema ecléctico las más opuestas ideas filosóficas y religiosas: materialismo e idealismo, clasicismo y romanticismo, catolicismo y paganismo. Ha estado, según su propia expresión, “luchando por la luz entre las espinas”». (J. López Clemente: Santayana, poeta, en Cuadernos Hispanoamericanos Nº 36 (1952),   p.238.)

[23] De sus obras más conocidas figuran los cinco tomos de La vida de la razón, que fue acompañada con el subtítulo o las fases del progreso humano (La razón en el sentido común, La razón en la sociedad, La razón en la religión, La razón en el arte y La razón en la ciencia).

[24] Recuerda Fernando Savater en su artículo George Santayana, pensador errante: En Harvard fue discípulo de Josiah Royce y de William James; este último le miraba con decidida hostilidad y condenó su tesis doctoral como «la perfección de la putrefacción».