Fundador de todo

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Tengo un buen amigo que siempre dice que él fue fundador de todo. Y es que nuestra generación tuvo el privilegio de iniciar lo que pudiera llamarse la construcción del proyecto revolucionario. Y participamos en instituciones que ya no existen, pero que jugaron su papel entonces, como la Asociación de Jóvenes Rebeldes, la Policía Juvenil que se hizo en contraposición de los Boys Scouts, de las milicias Nacionales Revolucionarias, de la Brigada de Alfabetización, de las ORI primero, luego del PURS, y al final del PCC. En fin, fundadores de todo, como dice mi amigo.

Y ahora quiero compartirles un recuerdo grato para mí en lo personal, y seguramente simpático para ustedes.

Vamos a darle marcha atrás a la vida y estamos en Varadero preparándonos como Brigadistas “Conrado Benítez”.

Yo tendría 15 o 16 años, no recuerdo, y mi amigo Barnés quizás fuera un año menor que yo, y en esa época de la vida un año tiene mucho peso, por lo tanto era el cabecilla de la pareja. 

Barnés era muy creativo y como se diría hoy, muy emprendedor. En el campamento donde nos entrenábamos había un kiosco que vendía Malta Hatuey, y él se puso de acuerdo con el dueño para que si le recogíamos las botellas vacías desperdigadas por el lugar nos diera maltas gratis.

Teníamos un grupo de inspectores que nos enseñaban y también nos protegían, impidiéndonos salir del lugar donde pernoctábamos, incluso, cuando nos llevaban a la playa habían unas sogas indicando el lugar para bañarte y nadar, y no te permitían pasarlas. Pero como tanto Barnés como yo éramos hijos de pescadores, y el mar nuestro elemento, metíamos una larga zambullidla, atravesábamos por debajo las sogas, y nos íbamos a intercambiar con las muchachas que se bañaban más allá.

Yo entonces conocía muy bien Varadero. Había estado un año estudiando en el Colegio Presbiteriano La Progresiva de Cárdenas, y casi todos los domingos íbamos a Varadero a jugar bolos y tomar cerveza, por tanto, para mi era muy familiar el lugar.

Pero donde si Barnés le puso la tapa al pomo fue con el asunto de los instructores nuestro, que usaban el mismo uniforme que nosotros, pero tenían una credencial plástica que los identificaba. No sé donde el loco encontró una vieja placa y la lavó muchísimo hasta que se puso transparente, y con ella nos hicimos dos credenciales. Ahora éramos “instructores” y salíamos cuando no diera la gana. Y una tarde se apareció un equipo que empezó a chequear la veracidad de las credenciales. Nosotros nos dimos cuenta  y sin pensarlo mucho entramos en el portal de una casa donde se sentaban varios familiares. Saludamos como si nos conociéramos y al momento nos dimos cuenta de los jóvenes presentes eran de Caibarién y amigos nuestros. Ahí nos pusimos a conversar animadamente y cuanto pasó la comisión investigadora no nos molestó.

La entrada al campamento fue otra odisea, pero eso quizás se los cuente luego.