Los bosques de la existencia y del minimalismo

Los bosques de la existencia y del minimalismo

  • El poeta José Rolando Rivero con sobriedad y estilo, va reescribiendo pero sin ser lúdico.
    El poeta José Rolando Rivero con sobriedad y estilo, va reescribiendo pero sin ser lúdico.

José Rolando Rivero (Ciego de Ávila, 1957) es un poeta que trabaja la metáfora desde las artes plásticas y la imagen visual desde la poesía. Es un poeta minimalista porque nos regala extensos discursos en páginas casi desprovistas de su principal atuendo: las palabras.

Minimalista en su sentido verdadero, que es como sinónimo de esconderse. Además de despojarse de todo lo superfluo. El lenguaje también pudiera ser superfluo. José Rolando quiere deshacerse lo más posible, de la palabra y hacer catarsis con un puñado de vocablos.

Así consigue una poesía clara, precisa, en este libro Bosques fractales, publicado por Letras Cubana en 2016 y que fuera el Premio de Poesía Nicolás Guillén de ese año.

El poeta parece desbocado de sí mismo, experimenta un aliento diferente en su poesía, pero sin dejar de ser él. Se ahoga en parsimonia y parece a ratos que la voz lee en la mente con cada verso. Le duele a veces los artículos, las conjunciones. Y por eso prescinde de ellos. O los cambia por signos, símbolos ortográficos. No solo está diciendo cosas, las hace vivir.

Con sobriedad y estilo, va reescribiendo pero sin ser lúdico. Si acaso juega, lo hace con marcada seriedad y una manera muy filosófica. Porque nos recuerda a los budistas, al sofisma, la teología de Hermes Trimesgisto, y a muchos otros sabios que hicieron academias. También encontramos las formas propias de las artes plásticas asiáticas. El “Sumi-E”, con sus manchas de tintas, con sus grises; el minimalismo; el existencialismo; y hasta el nirvana, en donde la ausencia de todo lo terrenal parece ser la meta de la vida.

—lo que acontece— las mareas

del cuerpo —sus pulsaciones—

duran lo que sostiene el aire

es simple

—inhalar/ exhalar—

transcurrir en breves intervalos.

Lo que vive desaparece sin ti.

Cada verso es como un diálogo con todo lo vivido en cada parte, en cada patria visitada. Así muchas otras tierras están presentes. Y es José Rolando una especie de viajero que no se acomoda más allá de su ambiente familiar, de su rutina y sus juergas. Pero que le gusta encontrarse con otros espejismos y seguir viviendo en el espacio y el tiempo que le toca.

Todo aquello que realmente nos asusta/

…/ está allí/…/

En el peso simbólico de la marcha/

En los cuerpos que la luz deshace/

Y ahí vemos múltiples ciudades de los Estados Unidos Norteamericanos, pero no como si las buscáramos en un mapa, si no, como si lo halláramos en las vivencias de este artista de la plástica que consigue, con el verso, teñir paisajes. Ahí están New York, Maine, Pennsylvania, Maryland, Barriers, Nevada, y otras dibujadas desde la perspectiva de un poeta que reconoce al minimalismo como una forma de vida más que aceptable.

Y están, por supuestos los paradigmas como Cernuda, Baquero, Lima, Pound, Whitman.

Hay silencios también en este libro de José Rolando. En diseño, los espacios en blanco son como los silencios del alma, el aire que se necesita para que los seres vivan. Una raya, un punto, una imagen o una letra, son seres que viven y hacen vivir. Rolando llena las páginas de silencios para que ellos mismos se escuchen entre sí, para que ellos mismos respiren y nos respiren.

A través de los ojos se introduce en el silencio/

 —para permanecer— como si alcanzara la plenitud con tacto de ciego/

Dividido en cuatro secciones y una apostilla, este libro también se me figura como una especie de jazz session en donde en donde la poesía no se improvisa pero sí se reescribe. Se juegan con símbolos reales del cine, de la propia música, ídolos de la literatura y de la plástica, para ir levantando una especie de auditorio y, a la vez, de claustro de profesores fantasmas. Esta escritura del autor, que se mantuvo por 15 años, es como las secciones de jazz en los que se perfilan las técnicas instrumentales, se prueban formas modernas y, por sobre todas las cosas, provoca deseos de vivir una vida diferente.

Textos escritos en distintas ciudades como La Habana, Medellín, West Palm Beach, New York, Ciego de Ávila, tienen la impronta de la humanidad.

Lo hace desde el respeto y la persuasión. Coloca el poeta símbolos que dicen mucho más que extensos versos: círculos, ciudad, ámbar, isla, calles, silencio, tatuaje, documentos, habitación, noche y muchos otros. Son palabras comunes que, alejadas de su contexto, se vuelven poderosas e inevitables. Pero no prescinde del poema de largo aliento. Porque la poesía también necesita de versos tan profundos como largos, y de barroquismos o juegos con el lenguaje.

Y en este libro nada se desaprovecha. Las distintas secciones permiten que el poeta se reconstruya así mismo en disímiles personajes. Y siempre consiga llegar a nosotros con la palabra diáfana, el preciso verso, el ritmo sosegado y emotivo.

Solo lamento que el libro no estuviera apoyado por las imágenes de las obras plásticas que el propio poeta ha realizado y que menciona en las «apostillas».

Con ello se cierra el círculo. Se abre la mente a nuevas experiencias. Se consigue la metáfora que tal vez en los poemas no se ha querido emplear a fondo. Y es que José Rolando tiene la ambigüedad de los grandes artistas que se mueven entre dos manifestaciones. Como el ying y el yang, a veces es luz y otras, sombra. Es fotógrafo y es poeta, narra y proyecta, dibuja y cuenta, describe y dimensiona. Este libro gana en solidez y se vuelve contundente solo comparable con las enciclopedias.

Forma y contenido, aquí mismo, son uno solo. Hubiera sido un libro preferido por Borges, quien gustaba de la conversación poética y, a la vez, de la sabiduría, de esa forma de vida asiática que ansía el encuentro del Hombre con Dios y la existencia.

Bosques fractales es también un libro existencialista. El poeta vive para escribir los poemas y luego reescribirlos. Parece interesarle el significado de las cosas vividas y se lanza preguntas que por momentos no responde o no tienen respuesta hasta que el lector, desde su propia vivencia, levanta la página leída y da la respuesta ansiada. Su respuesta.

Has visto el rostro —al fin—

en la vida que escuchas

advertido la impostura del silencio

el vacío —la luz—

acaso algo que te hubiera sido negado.