Los indóciles caballos de vapor de Marina Perezagua

Los indóciles caballos de vapor de Marina Perezagua

  • Después de leer Caballos de vapor, uno entonces acaba preguntándose: ¿En qué piensa Marina Perezagua cuando escribe? Foto cubierta cortesía de Ediciones La Luz
    Después de leer Caballos de vapor, uno entonces acaba preguntándose: ¿En qué piensa Marina Perezagua cuando escribe? Foto cubierta cortesía de Ediciones La Luz

Si buscara un hilo conductor en los relatos de Marina Perezagua recogidos en Caballos de vapor (Ediciones La Luz, 2015) ese leitmotiv o motivo central recurrente sería la necesidad de sobreponer la muerte en sus múltiples aristas e interpretaciones: la angustia y la desesperación que esta produce; el umbral de la muerte, ese punto intermedio entre la vida y la ausencia de ella donde todo desenlace puede ser posible o al menos imaginable y, de por sí, concrecionable en la escritura. Todos —o casi todos— los relatos versan sobre eso: en ellos el dolor prevalece o es pretexto para diversos abordajes literarios en los que afloran, por suerte, como hálito de vida renaciendo debajo de los escombros, señales de la condición humana.

En los relatos de Caballos de vapor encontramos la perversa mirada–escritura de esta mujer que insiste en preguntarse: “Cómo contar un hecho que no se puede imaginar. Cómo escribir lo que, incluso para aquellos que sí lo presenciaron, se resiste a ser dicho. Pero siempre hay un átomo fácil dentro de la dificultad, y a él intentaré aferrarme”. A ese “átomo fácil dentro de la dificultad” se agarra Marina en la construcción —para nada arquetípica— de sus relatos: un total de 22 textos, bajo el cuidado editorial de Adalberto Santos, seleccionados de las colecciones de relatos Criaturas abismales (2011) y Leche (2013), ambos textos publicados por la editorial española Los Libros del Lince.

Después de leer Caballos de vapor —título tomado del cuento “Aurática”, el último de la selección—, uno entonces acaba preguntándose: ¿En qué piensa Marina Perezagua cuando escribe? ¿Qué pasa por la cabeza de esta inteligente mujer que la hace imaginar/escribir relatos tan perturbadores e ingeniosos? Preguntas ingenuas al fin y al cabo: los caminos de la imaginación (esos que conllevan a la creación artístico–literaria) transcurren en laberínticos pasadizos de la mente y el ingenio humano.

A Marina le obsesiona —además de la muerte y el sufrimiento— los estados límites del cuerpo, esos estados frontera que también pueden acabar siendo formas terminales. Ejemplo de ello son los cuentos “Nuevo Reino”, “La loba”, “La impenetrable”, “El alga”, “Trasplante”… Además, la perturba, en cierta medida, la niñez y sus condicionantes. Muchos de los cuentos tienen entre sus protagonizados a menores o estos parecen mover los hilos de la ficción. En “El testamento”, por ejemplo, el nacimiento de un niño y la palabra “mamá” (o su ausencia) condicionan la historia y su desenlace. Algo similar —el deseo, las pulsaciones incontroladas de tener un niño— ocurre en el magnífico cuento “Little Boy”, ambientado en los días —y los años posteriores, hasta la actualidad— del bombardeo atómico a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en 1945 (uno de los pocos cuentos en que podemos establecer claramente la ubicación geográfica–temporal del relato). En muchas de estas historias (“Las islas”, por ejemplo) los personajes persiguen una meta/objetivo —algo que los obsesiona e inquieta, y se aleja, como la utopía— que los hace ser crueles, incluso con sus propios seres queridos.

Por su parte, “Caza de muñecas” recuerda ciertos casos oscurantistas de juguetes malditos: aquí las muñecas provocan en los niños el despertar erótico–sexual más perverso, para terminar en amplias hogueras como en los tiempos inquisitoriales de la quema de brujas. Pero los niños de esta historia, coincidencia con El flautista de Hamelín de los hermanos Grimm, terminan pagando el rencor adulto contra los muñecos: “El único signo de vida no era siquiera el pulso, que no tenían, sino un ligero hilito de aire, casi imperceptible, que les salía de la nariz; la única brisa infantil que desde aquellos años ha soplado por estas tierras”. En estos cuentos, Marina es una narradora excepcional —además, excepcionalmente imaginativa— capaz de sorprendernos con la creación de imágenes literarias/cinematográficas en sus relatos. En la cubierta del libro, una ilustración de Yauri Ginarte Aliaga (diseño de Frank Alejandro Cuesta) nos advierte la fuerza de estas imágenes delirantes.

Vemos en la obra de Marina Perezagua, además, cierto interés por el desarrollo de la ciencia y la tecnología —a la par de la sociedad y el hombre— y las nefastas consecuencias de su incorrecta implementación: palpamos también énfasis en lo mecánico como suplantación/alternativa de la vida, en ocasiones en una sociedad posnuclear o, al menos, distópica o posapocalíptica. Así lo evidencian cuentos como “Iluminaria”, “Nuevo Reino”, “La loba”, “Caza de muñecas”, “Él”, “Aurática”, y “Homo coitus ocularis”, en cuyo primer párrafo leemos: “Los registros dicen que solo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de las demás especies, la extinción voluntaria”. En el texto “A modo de presentación”, añade su editor, Adalberto Santos: “…es en ese fuego íntimo, hecho para su disfrute en la callada profundidad de la lectura, donde ese mundo en escombro, donde esos seres, también en su devastación, adquieren su verdadera plenitud”.

El sexo también es complemento de una ecuación encaminada hacia lo sexual y sus límites inabarcables: “Iluminaria”, “Caza de muñecas”, “Homo coitus ocularis”, “La impenetrable”, “El rendido”, “Little Boy” y “Leche”, son ejemplo de ello. Encontramos aquí la balanza en equilibrio: Eros, pulsión de la vida y Tánatos, pulsión de la muerte, en franca oponencia en estos relatos donde la imaginación (lo advierto una vez más: Marina Perezagua es una narradora altamente imaginativa) es piedra de toque constante. Recomiendo, especialmente, en este orden, al lector perspicaz tres relatos: “Leche”, “Little Boy” y “La impenetrable”. Ellos son, grosso modo, además de excelentes relatos, compendio de las inquietudes creativas de su autora.

Marina Perezagua (Sevilla, 1978) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Durante cinco años impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York, donde cursó su doctorado en Literatura. Sus estudios en ese Departamento —como asegura la nota de contracubierta del libro— marcaron, en gran parte, la trayectoria de su carrera en la escritura de ficción. Luego de trabajar un tiempo en el Instituto Cervantes de Lyon, Francia, vuelve a los Estados Unidos donde alterna actualmente la escritura con la enseñanza en la New York University.

Solo Dios sabe —parafraseando uno de sus cuentos— cómo Marina Perezagua adora la vida. Quizá por eso insiste en recordarnos los vericuetos insondables de la muerte. En todos estos cuentos, desilusionadores, tenebristas, melancólicos, posapocalípticos, terribles, sinceros, en todos, sorpresa, curiosa extrañez, hay un soplo de vida que permanece y que nos sobrecoge. Ese parece ser, finalmente, el resumen bienhechor de un libro como Caballos de vapor.