Los íngrimos amores del Padrazo

Los íngrimos amores del Padrazo

  • Intensos y tortuosos fueron los vínculos amatorios que sostuvo el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes. Foto tomada de Granma
    Intensos y tortuosos fueron los vínculos amatorios que sostuvo el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes. Foto tomada de Granma

Desde hace días el hombre visita con frecuencia el rancho de Panchita. Desayuna y se va muy alegre como si tuviera veinte años. Es el consuelo que ha encontrado al abandono de los principales jefes y diputados de la guerra, y al abatimiento que lo acompaña después de las aciagas jornadas de finales de octubre de 1873. 

Las intrigas, miserias e ingratitudes de una contienda sin final, los lacerantes celos de Anita, vertidos en cartas donde apenas emplea una frase amorosa, el recuerdo de la  ardiente Cambula, en vuelo tras él hasta los inextricables rincones, con todos los atributos que convierten a una mujer joven, aun después del paroxismo de los cuerpos, en las figuraciones de un deseo ígneo que ante lo ilusorio de un nuevo y febril encuentro necesita ser mitigado en el lecho, no de un espejismo de sensualidad sino de una personificación de la belleza y carnales impulsos; todo se ha magnificado en la conspiración para que el héroe se deslice furtivamente entre los muslos de una jovencita, capaz de hacerle menos agria la estancia resentida y miserable en el olvido otorgado por sus contemporáneos como gran premio al martirologio al que fue confinado en la bien escabrosa y frustrante Sierra Maestra.

En la encrucijada adonde lo han conducido los encontrados ánimos de la guerra, las pasiones dilatan su urdimbre para que ocurra lo que en lo más hondo del espíritu necesita el hombre del 10 de octubre, estremecedor y ruborizante fragmento traspapelado hasta la fecha en los archivos de su primogénito.

“Domingo 15. = Sin salir el sol café, plátanos hervidos y a forrajear. Siguen las afectaciones con la manutención. Salí en busca de Lacret para acordar asunto de la vigilancia. El hombre, que ya sabía el recado, enviado por mí la noche anterior, me esperaba en su rancho. Conversamos largo con humeante jícara en la mano de una bebida que hizo a base de hojas de naranja con muy poca azúcar. La gente tiene escasas armas y municiones, pero no vamos a descartar así como así el cuidado de los flancos como dijo mi padre, cosa en que estuve de acuerdo é insistí. Al regreso me ofrecieron un tosco almuerzo a base de viandas y jutía en casa de las viudas, que ya son como de la familia, y al enfilar hacia la casa estuve a punto de cometer indiscreción con mi padre, entretenido con los suspiros y lamentos de la mujercita que se conquistó casi desde los primeros días de nuestra llegada al rancherío. Si no es porque la ventana solo estaba a medio abrir como para divisar poco el interior no me imagino qué hubiera sucedido y la vergüenza de todos. Salí a caminar de prisa por el trillo de las mujeres solas y del tiro fui a parar junto al arroyo donde tomé un baño y me mantuve casi hasta el atardecer, sentado en una piedra pensando en mi madre. En el baile de la noche me sentí pesaroso, distante, después conversé con una liberta que hace poco llegó a la zona y con M. Torres hasta que me uní a mi padre y nos recogimos temprano a dormir”. [2]   

Intensos y tortuosos fueron los vínculos amatorios que sostuvo el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes.

En varias compilaciones de los más significativos documentos cespedianos, las cartas cruzadas con su esposa Ana de Quesada y Loynaz, de las que hasta la fecha se conservan 32 de Céspedes y 4 de Anita[3], sus diarios correspondientes a los meses de julio, 1872-enero, 1873; 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte ocurrida en San Lorenzo el 27 de febrero de 1874, últimos apuntes conocidos como el Diario perdido,  donde el presidente de la República en Armas consignaba los avatares de la irregular guerra comenzada el 10 de octubre de 1868, de vez en vez aparecen los nombres de Anita, su segunda esposa y madre de tres de sus hijos; el de Candelaria Acosta, a quien llama cariñosamente Cambula, madre de una hija suya; y el de Panchita Rodríguez, a quien menciona algunas veces en los días finales por haber sostenido con ella un romance del cual nacería Manuel Francisco. Mujeres que fueron espiritual refugio del primer mambí cubano, sobre el que recayeron todas las glorias del levantamiento patrio y las controvertidas pasiones e interpretaciones de la mayoría de sus contemporáneos.

El erudito en fuentes latinas, licenciado en leyes, poeta, escritor, periodista, promotor y director cultural, conocedor de varios idiomas que, a la edad de 49 años, emprendió el definitivo rumbo de la insurrección contra el régimen colonial español, capaz de asumir el liderazgo que lo convirtió en el centro de un movimiento sin precedentes en el itinerario insular, debió pagar el altísimo precio de perder sus propiedades, su familia y su vida. Envuelto en intrigas, controvertibles decisiones y deslices, a pesar de sus condiciones físicas robustecidas por haber practicado la gimnástica y la equitación en su juventud, junto a los sublevados padeció los rigores de una devastada manigua que apenas le ofrecía sustento a los patriotas rebeldes y permanentemente le imponía insospechados riesgos, como es el caso de sus escritos del viernes 23 de agosto de 1872 en los que describe un accidente al cruzar un río.

“[…] pasamos el Contramaestre por encima de los peñascos, y al llegar cerca de los baños, volvimos a pasarlo. El vado era todo de lajas; pero como vi que los caballos sin jinetes no resbalaron, resolví pasar sin desmontarme para no mojarme los pies, ni dejar que me cargaran. El caballo era nuevo y se resistió a seguir a los otros, sino quería tomar el declive de la laja, por más que yo le tiraba de la rienda al lado contrario. Resbaló al fin y cayó de costado, dándome un golpe en la rodilla derecha; trató de levantarse otra vez y entonces, al caer de nuevo, me abatió sobre la laja, rompiéndome el carrillo derecho, la boca y dos dientes del mismo lado: por fortuna en aquel momento logré salir de la silla y desprenderme del caballo que continuó dando caída  hasta cruzar el río, mojando la silla y las alforjas”. [4]

Apasionado y abatido esposo, inmerso en la dirección de una guerra de guerrillas poco organizadas y peor pertrechadas, que aspiraban a derrocar en poco tiempo el poderío español y se vieron involucradas en un filme que no parecía llegar nunca a los créditos, unos meses después de la separación forzosa de Anita, debido a las inclemencias de la contienda independentista, el 15 de diciembre de 1870, con dolor extremo Céspedes le dice en una carta fechada en Camagüey el 23 de junio de 1871:

“Hace más de seis meses que te separaste de mí: no creo volver a verte más en la tierra, pero mi corazón es tuyo y te amo sinceramente. No dejes de escribirme con frecuencia y sobre todo acuérdate de mí para seguir siempre el buen sendero y no desacreditar nuestro nombre con alguna imprudencia, que no soy capaz de suponer otra cosa. Ya ves que yo te abro mi pecho y te cuento todo lo que me pasa. Tú sé lo mismo conmigo y como Eloísa y Abelardo si hemos de ser más que el uno para el otro, seamos para la historia amorosos y puros”.

Poeta romántico, aunque de dotes poco desarrolladas si tomamos como referentes las obra de sus contemporáneos Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) (1809-1844), José Jacinto Milanés (1814-1863), Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867), Juan Clemente Zenea (1832 -1871) y Luisa Pérez de Zambrana ([1835?]-1922), debido al mínimo empleo de su talento lírico y al cúmulo de intereses dispares de quien puso la libertad de Cuba por encima de cualquier incentivo personal, en medio de las ínfimas treguas que le ofrecían las circunstancias y el entorno, en sus raptos nostalgiantes, Céspedes hace alusión en sus diarios, antecedentes directos de los de José Martí, a los encantamientos de la naturaleza, estableciendo afectivos paralelos entre sus estados de ánimo y los recuerdos íntimos. “Un ruiseñor se posa todas las mañanas en algún árbol a la orilla del río y me envía sus amorosos trinos, que aunque de lejos, percibo perfectamente. Libre avecilla. ¡No puedes suspirar sino de amores! ¿Acaso está ausente tu compañera?” [5]

Otra invocación a los esplendores y misterios del entorno natural y las aves del monte, pero en este caso no para recordar a la amada sino para dar rienda suelta a la urdimbre de supersticiones propias de una época y de una cultura en formación, se corresponde con su observación del 9 de octubre de 1872, jornada anterior a la celebración del cuarto aniversario del alzamiento de La Demajagua.

Hasta ahora no habíamos oído ruiseñores en este campamento pero hoy desde muy temprano una bandada de ellos se presentó casi encima de nuestros ranchos y empezó con sus cantos a llenar de armonía el espacio. Como es la víspera del inolvidable aniversario de nuestro glorioso alzamiento esta galantería de los ruiseñores de Cuba se recibió con expresivas muestras de alborozo y a guisa de los antiguos romanos se interpretó como un feliz presagio. [6]

Los amargos presentimientos, lógicos en el individuo consciente del peligro al que cotidianamente se expone, surgen una y otra vez en sus escritos como indefectibles y desgarradoras presencias, en muchas ocasiones asociadas a la memoria de ilícitos amores, como es el caso del recuerdo de su amante, la bellísima joven que en Yara cosió para él y para la patria la bandera de la insurrección, quien en más de una ocasión es mencionada y recordada con ternura en estos escritos de campaña.[7]

Es importante significar la estremecedora relación de estos apuntes, hechos dos años antes de su inmolación en un remoto barranco del caserío San Lorenzo, estigmatizado por quienes habían sido sus compañeros de viaje en la ruta de la independencia y apartado de sus funciones al frente del gobierno cubano. 

“Hoy hace un año que no veo a Cambula ni a mi hijita. En todo este tiempo me he hallado solo como en el mundo, como si hubieran muerto todas las personas que me profesaban y a quienes yo profesaba un verdadero cariño. Desde ese día he gozado solo todas mis alegrías y solo he sufrido todos mis pesares. Ni una lágrima secreta para mezclarla con el raudal de mis ojos en las noches de insomnio y aflicción; ni una sonrisa cordial en un rostro entristecido para saludar mis venturas; ni una mano blanda y amorosa para enjugar el sudor de mi frente en las horas de cáliz o de enfermedad; ni una voz simpática y suave para consolarme en mis adversidades, o en las injusticias de los hombres; todo esto se acabó para mí y tal vez nunca más volverá a ser. ¿Y la falta de vista de mi hijita; sus gracias infantiles; el afecto que ya sabía demostrarme: el gusto que yo sentía en velar por ella, en descubrir los gérmenes d los buenos y elevados sentimientos en su tierno corazón? De todo no queda más que un amargo recuerdo, recuerdo que evoca todas las grandes amarguras de mi alma. ¿Y el porvenir? ¡El porvenir se me presenta sombrío! Yo expirando, abandonado en la roca de Prometeo; mi honor mancillado; mi patria pobre y esclava; mis hijos con el sombrero del pordiosero en la mano, o en los cubículos de la prostitución! ¡G…A…D…M…! Aparta de mi vista ese horroroso cuadro: no castigues tan cruelmente mis culpas: mira tan solo a la pureza de mis intenciones. ¡Extiende tu mano poderosa sobre esos débiles seres!”[8]

En otra miserable jornada, a tenor de lo sucedido en la inclemente noche, Céspedes refiere uno de los sueños que ha tenido asociados con su esposa y sus hijos: “Anoche me mortificaron bastante las pulgas q. vienen de los otros ranchos; po. en el momento q. dormi tuve el agradable sueño de q. mi Anita me había enviado las estatuitas de mis niñitos en terra cotta.”[9]

Pese a los horrores que le rodean no faltan los saludos, despedidas y párrafos cariñosos y estremecedores en las cartas que dirige a su esposa. Entre múltiples y efusivos requerimientos y cumplidos la llama “Mi muy querida Anita de mi corazón”, “Mi muy idolatrada esposa”,  “Mi muy adorada mujercita de mi vida”, “Mi queridísima Anita de mis ojos” e incorpora apasionados cierres como el del final de la misiva fechada en Bejuco el 18 de octubre de 1871:

“Para concluir, alma mía, tú sabes que soy tuyo, ¡que te quiero más que a mí mismo, y que jamás podré olvidarte, que tu separación me es más dolorosa que la muerte; pero te repito que no puedo mandarte venir por las razones que te he expuesto y ahora menos que nunca. A nadie le es más sensible que a mí; pero es preciso conformarse con la suerte y esperar días más felices. Mientras que se realiza tanta ventura, me despido de ti, enviándote mis suspiros amorosos, mis besos que se pierden por el aire…Tuyo eternamente”

Desbordes emocionales del hombre que, hasta en los fenómenos naturales aspiraba a encontrar la presencia de su amada.

“El día 4 de este mes, a las seis y media de la noche vi una especie de incendio al N.; lo avisé a los demás y aunque pensaron que era un vasto incendio, la generalidad opinó que teníamos a la vista una aurora boreal. No pudimos observarla bien por los árboles del bosque donde vivíamos. A las siete y media pareció disiparse; pero luego volvió a encenderse entre N.N.E. y N.E. y duró hasta media noche. Si efectivamente se presentó ese fenómeno y, como es natural, fue más patente en esas regiones polares con respecto a nosotros, y, como también es natural, tú te pusiste a contemplarlo, tus ojos y los míos a la misma hora estaban fijos en el cielo, donde algún día, si esa es la mansión de las almas, podrían encontrarse. Esa fue una de las más gratas ideas que me asaltó en aquel momento”.[11]  

Son también conmovedoras sus notas del diario del 13 de diciembre al recordar el tercer aniversario de la separación de la esposa:

“Cumplen tres años justos q. me separé de mi Anita. […] Nunca he estado tanto tiempo separado de una persona amada. Demi primera esposa solame , lo estuve dos años, cando fui a concluir mis estudios mis estudios en España. Eran también distintas las circunstancias. Ella quedó en casa de sus padres y yo fui con bastantes recursos á un país civilizado, sin tener pendiente una cuestión de vida o muerte. Ahora, aunque mi Anita vive con su familia, todos están en un país extranjero y sin más medios de subsistencia q. los q. mi posición les proporcionaba. Muchos amigos les volverán la espalda; pr. q. he dejado de ser Presidente. […] No conozco á mis propios hijos nacidos en el destierro y es muy probable q. jamas vea a esos objetos tan queridos”. [12]

Presentimientos que, en la recta final de su vida, también vierte en sus cartas:

“Yo estoy bien persuadido de que no he de volver a verte; porque moriré en la guerra, o alguno me matará antes. Nunca conoceré a nuestros hijitos mas que por retratos; pues también su tierna edad los expone mucho a una desgracia. Tú misma padeces; y así es que siempre estoy esperando que cada correo me traiga la noticia de un funesto acontecimiento. MI corazón me presagiaba la enfermedad que ahora han sufrido y todo esto se añade a mis penas; porque los amo y a ti lo mismo aunque no quieras creerlo.[13]

En el declive de la vida cespediana, consignada en las cuartillas del Diario perdido, los apuntes relacionados con sus grandes pasiones se tornan abundantes y traslucen el tono desesperado de la mano que selecciona y consigna acontecimientos. Los permanentes relatos de la precaria situación montuna, el agobio del hambre como uno de los mayores enemigos de las tropas mambisas, sus jaquecas y fiebres frecuentes, las contradictorias y luego muy pesarosas notas relacionadas con su deposición, las mordaces críticas a la mayoría de quienes lo acompañaron en el mando, incluso a otros con los que tuvo nexos filiales en algún periodo[14] y al cúmulo de decisiones tomadas por el nuevo gobierno, ocuparon el centro de la atención de quien vivió largos meses de pesadilla, primero al frente de la República en Armas, luego al ser lamentable y abyectamente relevado en el liderazgo de su trascendental trayectoria revolucionaria, que concluyó con la total intromisión en su vida privada, la supresión de casi todo contacto con el movimiento insurrecto y con su familia. De muy respetado héroe a mártir en vida, la existencia del caudillo en desgracia se transformó en sórdidos jirones como los atuendos que vestía y calzaba.

Entre sostenidas tribulaciones, una y otra vez se deslizan por las sombrías cuartillas los esperpentos de sus dispersas y balbuceantes querencias.

“La vista de mi portamonedas me produjo un disgusto q. duró todo el día. Recordé que había pertenecido á C…desde antes de la revolución. Me trajo á la memoria aquellos días. En ellos tenia penas ciertame . po. q. eran en comparación de las q. ahora me atormentan? En recompensa, cuantos días felices! Y su antigua dueña, que es de ella? Vive ó ha muerto? Observa buena ó mala conducta? Es feliz ó desgraciada? Se acuerda de mi y me perdona? cualquiera q. sea su situación, no le deseo mas q. consuelo y ventura, y q. pueda ver á sus hijitos buenos y dichosos. En cuanto a mi, soy una sombra q. vaga pesarosa en las tinieblas. Para mi, ni un dia de sol! [15]

Junto a mínimas referencias a la correspondencia que sostiene con su esposa y al recuerdo doloroso de sus hijos, la imagen de Cambula es frecuente hasta pocos días antes del fatal desenlace.

 El lunes 2 de febrero de 1874, después de que una vecina de San Lorenzo le obsequia unos dulces, escribió en un largo lamento desbordante de culpa:

“No puedo menos que traer hoy á C…fuerteme . mi memoria. Me temo que se halle enferma y pobre, viendo padecer necesidades á sus hijos. Cuando pienso en q. de tantas personas interesadas en denigrar su conducta, ninguna me da de ella malos informes, creo q. se comporta bien y no da lugar á ellos, á pesa de sus cortos años y mas cortos alcances. Si es así, Dios la premie y me perdonen á mi el haber corrompido un corazón de q. pudo haber brotado una buena esposa y una buena madre. En reparación y sin embargo de la q. amo tanto, juro que en adelante la respetaré como á una hermana y me esforzaré en labrar su dicha y la de sus inocentes hijitos. Seré feliz, si puedo hacerlo”. [16]  

En otra fecha, el miércoles 25 de febrero, dos días antes de su muerte, entre los abundantes presentimientos y ensoñaciones que auguran las postrimerías, cuenta en su diario un inquietante sueño de la noche anterior acerca de la boda que tiene con una mujer irreconocible, y en el que interviene su primera esposa:

“Se efectuó la ceremonia y cuando yo estaba mas confuso y apurado, se abrió una puerta y entró mi difunta Carmen, tan seria como ella era y seguida de otra mujer q. no tengo presente si era una hermana suya. Ello es q. aquí crecieron de punto mis apuros y los murmullos de los circunstantes, y no tuve mas remedio que arrodillarme muy contrito á los pies de la aparición (si lo era) pidiéndole perdón por lo q. estaba pasando. Por mi suerte desperté entonces y me evité el resto de la desagradable escena”. [17]

Tras las bambalinas del desigual combate, entre las sierpes de la injusticia, las rencillas, los celos y la envidia que lo excomulgaron, no bastaron el vértigo de sus amores invocados ni la incesante búsqueda y consecución de compañía carnal para acallar la elevada cifra de desesperos que Céspedes padeció  y los ensañamientos de que fue víctima.

En la inquietante expansión de barruntos que parecía poseerlo, quién sabe en qué instante  pudo robarle tiempo a “la nueva religión del trabajo y del ruido” para escribir un clásico soneto, por un lado reflejo de sus diálogos de antaño con la arquitectura lingüística del Siglo de Oro y por otro refracción de las alucinantes circunstancias donde se hundía su aqueo fatum.

 

Separado de todo cuanto existe / en armonía y transcurrir sereno, / busco en la grácil forma de tu seno / carnal remedio á mi existencia triste.

 

En la fatalidad nada me asiste / como tu cuerpo femenil y pleno. / Sin ti mi alma es aluvión de cieno, / pero contigo el vendaval persiste.

 

Abrasado de ausencias abismales / no me alientan las gracias vegetales / de la selva enigmática y sombría.

 

Espectador del torrencial que viene, / ya la palma mi empeño no sostiene / ni el ruiseñor presagia mi alegría.[18]

 

Consciente desde su experiencia personal y de la poesía que pergeñó alguna vez del inevitable desprecio del mundo[19], hasta el último minuto de su defensa ante aniquilantes fuerzas irreconciliables, el  Padre de la Patria debió enfrentar el odio sin tregua del enemigo y los resentimientos de quienes debían protegerlo para no entrar, nuevamente en la historia, aunque esta vez de un modo inmerecido, precipitado por quienes sin piedad lo depusieron.

La monumental obra de amor patrio que Céspedes emprendió fue suficiente para indultar, si es que era necesario y tenía sentido hacerlo, los controversiales e infortunados amores que lo aliviaron en su insigne tránsito. 

 

Notas:
[1] Una de las maneras de llamarle con admiración al Padre de la Patria de Cuba Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo (Bayamo, Oriente, 18 de abril de 1819- San Lorenzo, Sierra Maestra, 27 de marzo 1874). Mayor General, abogado, poeta, gimnasta, ajedrecista, conocedor de varios idiomas, iniciador de las contiendas independentistas el 10 de octubre 1868.

[2] Anotación del diario de Carlos Manuel de Céspedes y Céspedes correspondiente al domingo 15 febrero de 1874. 

[3] Datos que constan en el Tomo III de Carlos Manuel de Céspedes. Escritos.

[4] Esta anotación se encuentra en la página 350 del Diario de Céspedes, incluida en Carlos Manuel de Céspedes. Escritos de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. Tomo I. También Céspedes la cuenta a su esposa en su extensa carta fechada el 13 de septiembre de 1872, incluida en el tomo III de los Escritos de Céspedes, pp. 152- 160, de los mismos autores.  

[4] Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, tomo III, pp. 63-64.

[5] Anotación tomada del Diario de Carlos Manuel de Céspedes, julio de 1872-enero de 1873, Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, Op. cit.,  p. 353, correspondiente al domingo 1 de septiembre de 1872 que Céspedes también contó a su esposa en su extensa carta fechada el 13 de septiembre de 1872.

[6] Anotación correspondiente al miércoles 9 de octubre de 1872, Ibid, p. 361. Esta misma relación de las aves con los presentimientos la había realizado Céspedes en carta a su esposa Anita, fechada en costa Norte de Oriente, entre Lucrecia y Mayarí, el 11 de octubre de 1872, p. 161, en la que refería: Ayer saludamos el 4to aniversario de nuestro glorioso alzamiento; y aquí vino de molde aquello de los pajarillos de los poetas que “al alba se levantan festejando tu día”; pues en este campamento no habíamos oído ruiseñores y sin embargo la víspera muy temprano una bandada de esos cantores se presentó casi encima de nuestras cabezas y empezó con sus trinos a llenar de armonías el espacio. Esta galantería de los ruiseñores fue recibida con expresivas muestras de alborozo; y como esos pajarillos son cubanos pur sang, a usanza de los antiguos romanos se interpretó como un feliz presagio.

[7] El domingo 27 de julio de 1873 Céspedes anota: Se despachó corre pa. el extranjero pr Raquin. Escribí  a Pedro, Borjita, Caridacita, Eulalia y Cambula. Más adelante, el 2 de septiembre de ese mismo año se incluye este apunte que al parecer se refiere a la misma persona, aunque solo lleva la inicial del sobrenombre: “Recibí carta de C… fha 15. de julio. Está enferma. Desgraciada. C. y M. estuvieron indispuestos: po. ya están buenos. Pobrecitos! Parece que C. ha recibido una carta ofensiva de P. Trato de averiguarlo y si es cierto, no se lo toleraré. Con que dro. se mezcla en mis asuntos privados. Leal, Eusebio, Diario perdido, p. 98.

[8] Nota correspondiente al día lunes 9 de septiembre 1872, Portuondo, Fernando y Hortensia Pichardo, Op. cit., p. 355.

[9] Apunte del 23 de agosto de 1873 en Diario perdido, Op. cit., p. 91.

[10] Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, Tomo III, pp. p .92-93. 

[11] Ibid., pp. 102-103.

[12] Anotación del 13 de diciembre de 1873, Ibid, p.220-221.

[13] De su carta fechada en Cuba Libre, agosto 9 de 1873, incluida en el tomo III de los Escritos, p. 192.

[14] El 29 de enero de 1874, ya trasladado a San Lorenzo, comenta el hallazgo de un libro e inmediatamente arremete contra su autor: En el rancho de Abreu encontré un tomo maltratado é incompleto de las poesías de José Fornaris q. dicen perteneció a Rafael Morales. Me lo traje pa . tener algo en q. leer, sin embargo de q. ya conocía su obra y de q. su autor me es antipático, á pesar de ser tan cercano pariente mio. Es la causa q. pr . experiencia conozco el mal fondo de su alma y sé que todos sus sentimtos . son mentidos. Para él o hay amor, amistad ni parentesco. Mas cínico que Byron y Espronceda, tiene la debilidad de ocultarlo; po . lo venden sus acciones, como él ha vendido á su patria. Cantor del Siboney, come el pan y lame las manos de la raza opresora, q. después de destruir á los aborígenes de Cuba, aspira á hacer hoy lo mismo con sus propios descendientes;  pr. q. se esfuerzan en romper la cadena de la esclavitud con que oprimia sus cuellos como un dia los de los inocentes indios. Siento tener que estampar este severo juicio: hubo un tiempo en que sincerae . lo amaba; pr . q. todavía no lo había penetrado. Leal, Eusebio, Diario perdido, Ibid, pp. 268-269. 

[15] Anotación del 12 de enero de 1874, Ibid, p. 251.

[16] Ibid, p. 269.

[17] Después de la anotación de ese día, a pie de página, se lee esta nota perteneciente a alguna persona de las que tuvieron el diario en su poder antes de su publicación por Eusebio Leal en 1992: Que estraños son estos sueños de muertos y aparecidos en un hombre que le restaban 48 horas nada mas de vida… Leal, Eusebio, Op. Cit., p. 297. 

[18] Soneto sin precisar fecha de escritura encontrado en la abundante papelería de Carlos Manuel de Céspedes y Céspedes.

[19] Uno de los poemas que escribió Céspedes es el titulado “Sobre el desprecio del mundo”, sin fecha de escritura precisada, incluido en 1944 por los autores de los cuadernos de cultura en el titulado De Bayamo a San Lorenzo, recogido después por Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo en el Tomo I de Carlos Manuel de Céspedes. Escritos.